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La otra invasión de hormigas

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Las tres bandas fueron la heterogénea propuesta de una fría noche porteña en El Quetzal. Rock, indie y cumbia se sucedieron en el aire de ese hormiguero que el cronista vislumbra en la nota, acaso por influencia de los hongos y los duendes que decoran el centro cultural. Fotografía: El Telescopio Under

Por Facundo Desimone
@delfindecielo

“En tu flash carmesí dejás la noche en el altar, lo demás quedó ahí, y ese viaje se quemó sin despegar; y es así”, sentencia con su martillo vocal Henri Martín “El Tío” Osorio, cantante y compositor de la banda de rock quebrantahuesos Hormiga Sube al Árbol. La canción se llama “Carmesí” y, de alguna manera, reinventa la noche del miércoles 10, extrañamente fría para un diciembre porteño. En el evento semiacústico organizado por Casa de la Cultura de la Calle para recaudar fondos, también participaron Oniria Dúo y La Chusma, agrupación que sabe combinar la cumbia con la denuncia social e ideales políticos bien claros y definidos. Los ritos de pasaje conjurados para desterrar al frío desubicado, que aparece cuando se le da la gana sin respetar estaciones ni nada, fueron llevados a cabo en el lisérgico y mítico Centro Cultural El Quetzal.

Las esculturas de metal que adornan la entrada —una especie de héroe anónimo y un quetzal que cuelga de una chapa con su mismo nombre— y el caballete con el menú gastronómico-sonoro no anticipan, no pueden anticipar nada de lo que está por ocurrir adentro. En el interior del centro cultural, todo parece estar planeado para que las imágenes inflamen de inmediato el sentido de la vista, que lo noqueen para que las astillas de la desorientación puedan incrustarse en el cerebro y adormecerlo un rato. Para que, así, quizás, el alma pueda disfrutar del arte de una manera más intuitiva.

Lo primero que se aprecia es una barra lateral, con un fondo verde que se mezcla con un sinnúmero de botellas transparentes, y hace pensar inevitablemente en la planta conocida como artemisia absinthium. Y mientras Oniria Dúo termina de acomodar un teclado Korg y comienza tímidamente su recital en la sala de al lado, a lo lejos se distingue una hormiguita llamada Henri Martín Osorio Villalba, que carga con una guitarra y desciende, contrario a su naturaleza, la escalera que termina en el patio.

Mientras la hormiguita atraviesa los escalones como un rayo olímpico en dirección al tétrico y patético mundo de los humanos, seguida por otra hormiguita más pequeña que carga un cajón peruano, se recorta de fondo un gigantesco mural con tonos más bien acuáticos, en el cual se distingue claramente un hongo gigante y una especie de bicho-duende colgándose de ese sutil elemento del Reino Fungi.

Al lado, un teclado que se destaca con sonidos que podríamos llamar jazz-fusión-progresivo-postmoderno en las manos de Nicolás Russo y una voz de soprano que escapa de la suave y potente garganta de Clara Dell’Oro fermentan a Oniria Dúo (agrupación “indie dueto”, como ellos mismos se definen), creando un ambiente mágico-irreal-spinettoso que destruye todo sonido externo y deja luego una capa de silencio para que corra libremente la música, una vez adormecido el cerebro (las imágenes han cumplido con su función). Todo lo cual deja a los humanos preparados para que puedan absorber el video institucional de Casa de la Cultura de la Calle, que se proyecta a continuación.

“Para nosotros es un formato raro, es nuestro primer acústico oficial”, confiesa Osorio, cantante y creador de la banda, antes de que arranque el arpegio de “Nave Azul” desde las manos de Federico “Tata” Busse y las doce cuerdas metálicas de su compañera de madera. “El vidrio de tu voz descompone la luz”, canta Osorio, encendiendo otro motor, y la nave va. Las otras hormigas-tripulantes de este submarino de otoño tardío son el baterista Matías “Billy” Lombardo, que en este caso encara el cajón peruano; el guitarrista Christian García Ríos, quien tocó con Juan Acosta y grabó con Sergio Rotman; y Axel Seyler, quien le saca jugo a su bajo electroacústico.

Y así arranca precisamente Frenesí, con una loca línea de bajo que es como si una hormiga se moviera frenética de arriba abajo por el instrumento, y un scratch artesanal cuyos artífices son el señor García Ríos y su beba de seis cuerdas. A su vez, la voz arranca cronometrada con las guitarras, el cajón y las palmas que Osorio golpea en sus piernas, como para darle más énfasis al asunto. “Con Axel tocábamos juntos en una banda que se llamaba Trim”, recuerda el cantante. “Con Chris ya éramos amigos, y él estudiaba en la EMBA con ‘el Tata’ y con ‘Billy’.”

Pero quien en realidad los convenció de grabar el disco y formar la banda fue Gustavo Fierro, anterior baterista. Lo contará Osorio más adelante. Ahora canta con los ojos cerrados y los sonidos son como una onda expansiva que se mueve por toda la sala. “A ver, sí, vas a ver; a ver lo que no ves”, dice el estribillo del tema, una fuerza viva que va llenando todo el espacio, que empuja las puertas-persianas y se va volando por los aires.
“Hormiga Sube al Árbol es un plato de comida china”, narra, entre risas, Osorio. Cuenta que estaba la banda comiendo y hablando de comida, y salió a relucir ese nombre, hubo risas y jolgorio. Al igual que Los Borbotones, un nombre que suene gracioso, pero que sea menos gracioso cada vez que se escuche. Pero no hay tiempo para distraerse, porque otra vez suenan las guitarras afiladísimas y es imposible no reconocer el comienzo de “Imágenes paganas”, mítico tema de Virus. Demás está decir que, en esta versión, los teclados han sido reemplazados por guitarras que se bailan como hormigas metafísicas. “Mis propios dioses ya no están, espejismos”, ilustra la canción.

Y de pronto la nave emerge del mar, levita y es como si todos tuviesen hormigas en los dedos. Sobre todo Lombardo, que trata al cajón como si fuese una batería efectiva, con fills y todo, y es la base del vehículo que empieza a girar sobre su propio eje. Pero antes de irse volando por el aire y abandonar la sala, la guitarra de doce cuerdas de la hormiga Busse deja de sonar lírica y angelical, y empieza a sonar como tiene que sonar, como podría haber sonado Hendrix si nadie nunca le hubiese conectado su amiga a un ampli. Y es recién con el último tema, “Salvaje y animal”, que se empiezan a sentir los diques de contención que tuvo que poner la banda para poder armar el acústico, todo el rock que late irrefrenable atrás.

“Nos volvemos tibiamente obscenos. Venus nos mezcla, un dulce Averno”, canta Osorio, tranquilo, confiado, tal vez porque no ignora que sus cuatro hormigueantes compañeros le van a corear sin ninguna duda y con toda la potencia el estribillo. De alguna manera, ya no hace más frío adentro de la sala. Antes de que la nave se pierda en el aire con dirección hacia los confines del universo, Osorio promete que volverán a los escenarios el próximo viernes a las 21 junto con Mil Delirios y Viejos Maderos, en la Asociación de Fomento y Biblioteca Popular Manuel Belgrano (Tres Arroyos 3861, Ciudad de Buenos Aires). “Y desde nuestra web se pueden bajar gratis el disco, ¡que es eléctrico!”, grita antes de fusionarse con la noche.

Todo podría terminar aquí, pero aún falta la frutilla popular del postre. Son tantos que no entran en el escenario. Por eso Cholo, el cantante y guitarrista, el trompetista Coyo y el saxofonista Adrián tocan desde abajo. “Cumbia para mi tierra y cumbia para mi amor”, declara la primera canción. Desde arriba del escenario, el Tano en el bajo, Miguelito, Arco y Lelo en percusión, y un extraño y misterioso tecladista. Todos en conjunto crean un clima como de selva subtropical, y la canción se va dibujando en una especie de cumbia-reggae latinoamericano. Antes que nadie se de cuenta de nada, la política y la conciencia social invaden el segundo tema, que arranca con una armonía de guitarra estilo Onda Vaga.

“Que alguien me diga si ha visto a mi esposo, pregunta la doña”, canta el Cholo. Los vientos, en este tema, optan por no tocar sus instrumentos y en cambio acompañarlos con coros. El tecladista se ha retirado del escenario. Para la canción siguiente, aparece Semilla, de la murga Los Inevitables de Flores, bailando entre la gente, ostentando un traje blanco, verde y rojo, que lleva dibujado un tigre. “Si no hay conciencia, hay capitalismo”, canta el Cholo, poniendo toda su alma en la voz. El tema arranca con unos teclados medio dub, pero la energía va increscendo y recuerda por momentos a Shaman & Los Hombres en Llamas, un poco a Manu Chao, tal vez y, hacia al final, a esa versión tan potente de “Gente que no” de Los Cadillacs.

Volver a la calle es volver al principio, la rueda del Dharma, el concepto del tiempo circular, como querían los antiguos griegos, y no una mera línea, con un principio y un fin. Ahí están otra vez el caballete con el menú artístico-culinario y las esculturas del héroe anónimo y el quetzal. De todos modos, algo ha interrumpido el ciclo. Una sensación de girar sobre el mismo eje, es cierto; pero como algo que vuelve enriquecido, un bumerang que, a su vuelta, trae sobre su lomo un cóctel de frutas tropicales. Puede que haya algo de cierto en la milenaria frase heraclítea: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Será cosa de la música, o de los quetzales, vaya uno a saber.