
Por Facundo Desimone
facumdesimone@yahoo.com.ar
Una imagen era, para Platón, Sócrates o quien fuese que estuviera detrás de esa pluma mágica, una copia inexacta y defectuosa por naturaleza de la idea o concepto original. Es decir: hay un modelo o arquetipo esencial de, por ejemplo, una silla, y todas las sillas materiales del mundo son hechas mirando hacia, imitando las características de ese modelo originario. Para los antiguos romanos, primer eslabón de la cadena involutiva del ser humano, una imagen —imago, en latín— era la representación visual de un objeto, ya fuera real u imaginario. Los iconoclastas bizantinos cristianos destruían todas las imágenes que hicieran alguna referencia a la religión que profesaban, por encontrarlas blasfemas. ¿Qué pasa cuando en un tranquilo pueblo del conurbano bonaerense un grupo de personas afirma que la cara de Cristo ha sido plasmada, de manera mística, sobre un corte de carne vacuna? Ése es el dilema que plantea Imago, la obra teatral de la directora Ana Laura López que recientemente, tras dos temporadas, se despidió de Del Borde Espacio Teatral.
“Imago fue naciendo desde la improvisación”, confiesa López. “Trabajamos a partir de unos textos seleccionados de unos libros que encontramos en una valija tirada en la calle, cerca de donde ensayábamos una obra anterior.” En el salón de entrada de Del Borde Espacio Teatral, justo al lado de la boletería, en donde hombres y mujeres de entre veintilargos y cincuenticortos aguardan a que “den sala”, hay una especie de maqueta con animales de granja y autitos de plástico. Hay sillones y muebles antiguos, anacrónicos. Se escucha a alguien hablar en inglés. “Esta obra es el resultado de una búsqueda grupal. Usamos varios disparadores”, cuenta la actriz Gisela Corsello, quien encarna al personaje de Cé, quizás el más enigmático y misterioso de la obra. “Luego de encontrar la valija con los libros, apareció la noticia real del hallazgo de un churrasco con la cara de Jesús en un pueblo del norte del país que terminó de unificar nuestro imaginario”, amplía.
Al entrar a la sala suena música de cumbia. La acción ya está iniciada. Se trata de una especie de fiesta. Ovidio, el joven comisario del pueblo, interpretado por Cali Mallo, le da la bienvenida al público y hace las veces de anfitrión, incorporándolo a la ficción. La sala se llena, no queda un asiento vacío. Prosperina, la mujer del carnicero, actuada por Marta Cosentino, ofrece comida al público, sentado en varias hileras perpendiculares a lo largo y ancho del salón, de unos tuppers que forman parte de la utilería de la obra. “En los ensayos por lo general no faltaban los manís con chocolate, las galletas de arroz y los mates”, cuenta la actriz, quien agrega que todo el staff de Imago desea el éxito en conjunto de la producción, sin resaltar individualidades.
Imago es la segunda obra que dirige López. Si bien la pieza tiene carácter de creación colectiva, la pluma detrás del guión estuvo a cargo suyo. “De este proyecto lo que más destaco es la generosidad de mis compañeros, la posibilidad de compartir escenario con gente tan talentosa y la confianza de Ana cuando me convocó”, rescata Sandra Martínez, asistente de dirección de Harpías, la ópera prima de Ana Laura como directora, puesta en escena en 2012. En esta ocasión, Martínez se luce como actriz en el personaje de la profesora Báez, una especialista en estudios relacionados con milagros y manifestaciones divinas, que se mueve entre el campo de la ciencia y la fe, en esa eterna contradicción que ya no es posible resolver en el mundo moderno. “En cuanto a la composición del personaje, fue una búsqueda desde un estado de enrarecimiento del cuerpo, alejado de mis patrones de conducta cotidianos”, revela. “Traté de encontrar ciertas características físicas que denotaran este bicho raro de laboratorio que, a la vez, tiene creencias religiosas muy profundas.”
Corsello, Cosentino y Natalia Urbano, quien hace el personaje de vegana y aparentemente periodista Margot, también habían trabajado con Martínez y López en Harpías. “Fue una muy buena experiencia compartir esa pieza con ellas”, rememora Corsello. “Contábamos con un texto de Jorge Moreno. La obra ya estaba escrita desde el principio, entonces el proceso tuvo ahí su principal diferencia con Imago, ya que ésta es el resultado de una búsqueda grupal.” Por su parte, López confiesa que ella elije a sus equipos de trabajo de un modo que, quizás para otros, puede llegar a ser de los menos profesional, pero que a ella siempre le da excelentes resultados: “Mesa, café de por medio y la pregunta ‘¿tenés ganas de hacer una obra?’”. Para la directora de Imago, lo principal son las ganas de encontrar personas que sean capaces de generar un buen clima grupal ya que, según comenta, todo lo demás se construye trabajando. “Los procesos son largos, llenos de dificultades y, si no se encaran con buena onda y alegría, no me sirve de nada conseguir a los actores o actrices más codiciados, si eso va a dar pie a divismos, roces o individualismos muy marcados”, profundiza. También cuenta que a Cosentino la conocía de haber compartido algún café concert y por amigos en común, y que Cali Mallo fue compañero suyo cuándo ella era asistente en Oeste Estudio Teatral. “Los chicos pusieron su creatividad y talento como actores; yo aporté mis conocimientos de escritura y mi trabajo de articulación y creación desde ese lugar”, sintetiza Ana Laura.
La música y su omisión juegan constantemente entre lo diegético y lo extradiegético. “Ismael, ponete algo de música”, grita hacia el público el personaje de Ovidio, en un momento de silenciosa tensión dramática, y ahí nomás arranca a sonar música tropical. Los actores utilizan todo el espacio escenográfico, creando situaciones de actuación en simultaneidad, ya sea en parejas o en solitario. El ritmo de acción de la obra es manejado de manera tal que, cuando pareciera haber peligro de que una escena se estanque, las acciones cuadriplican el tempo, la música explota. La versatilidad de los actores les permite crear intensidades muy cargadas de drama y pasar en milésimas de segundo a la comedia. El juego de luces —más cálidas o más frías, puntuales o generales— también ayudan a intensificar y destacar momentos. No parece haber ninguna intención de que el público se aburra y, a juzgar por las reacciones, el equipo de Imago logra su cometido.
“La verdad que me sorprendió, es una obra muy dura y muy graciosa a la vez, trabajan todos muy bien”, ilustra Silvia, actuaria. “Yo salí lleno”, admite Miguel, sociólogo, quien explica que es muy difícil meterse con temas religiosos, pero que está muy bien logrado en la obra. “Los ridiculizan y está muy bien que lo hagan.” Pero quizás nada refleje mejor los resultados de la producción que las palabras de su directora al respecto: “Me siento orgullosa de que este grupo se haya construido en torno a una mesa de café y de la pregunta ‘¿tenés ganas de hacer una obra?’”, concluye. “Es maravilloso todo lo que puede disparar esa pregunta. Imago es la prueba de eso.”