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“La idea fija” en El Portón de Sánchez.-

Estéticamente pop y políticamente rock, la obra de Pablo Rotemberg es una secuencia de movimientos mecánicos y tics de arrebato lisérgico. Sexo individual y grupal, heterosexual y homosexual, manifiesto y anónimo, democrático y autoritario. Pero con un factor común: el sexo siempre crudo.

Por Facundo Gari
Fotografía gentileza de La idea fija

Buenos Aires, septiembre 22 (Agencia NAN-2010).- Hay personas que hacen todo tan bien que, al percatarse, otras estarían dispuestas por un instante a otorgarles sin tapujos la crianza de los hijos propios para salvarlos de una catástrofe loser. Pablo Rotemberg es de los primeros: concertista de piano, actor, dramaturgo, director teatral y cinematográfico, la suma de sus propuestas goza de una organicidad envidiable. No obstante, lo primero a observar en La idea fija, obra de teatro-danza sobre sexo que dirige los sábados a las 23.30 y los domingos a las 20.30, es la tarea de Fernando Berreta en iluminación y de Gastón Taylor en música. “Lo primero” por orden de aparición desde el momento en que los asistentes se (auto)distribuyen incómodamente en las más de cien localidades de la platea de El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034, Ciudad de Buenos Aires).

La puesta arranca con unos violines al mango en una total oscuridad, y es un hilito de luz el que desciende en vertical sobre el escenario –un Edén con lockers– para conducir la vista hacia un centro, que primero se presenta deforme. El espectador (al menos uno ubicado en la mitad superior de la escalinata) no sabe si lo que observa es una cola, una cabeza, unos senos o todo ello por duplicado. Y esa deliciosa sensación es buscada, por cuanto la situación es destilada como gotas de agua en las fauces de un sediento (primer atisbo de hedonista).

Por tanto, no pronto pero al cabo de esos minutos agónicos la vista descubre la silueta de un cuerpo desnudo penetrando la Nada, un hombre que pronto se incorpora y con quiebres agresivos en las articulaciones que recuerdan a la fantasma pelilarga del film The ring, se desliza frenético por el espacio, con movimientos mecánicos y tics de arrebato lisérgico que serán base del lenguaje coreográfico en la sucesión de imágenes de la obra: sexo individual y grupal, heterosexual y homosexual, manifiesto y anónimo, democrático y autoritario, escenas interpretadas con entrega por tres actores (Alfonso Barón, Juan González y Mariano Kodner o Diego Mauriño) y dos actrices (Rosaura García y Vanina García), cinco andróginos de a ratos, todos calientes, cuyas interpretaciones le meten vértigo incluso a los escasos momentos de cierto romanticismo.

En esta osada obra de Rotemberg, los cuerpos (que son siempre solos y circunstancialmente acompañados) son desmoralizados, se desprenden de la parafernalia del recato y aparecen, así, en bolas. Y no es precisamente erotismo lo que despiertan, porque allí la verosimilitud corre sin bombacha. Tampoco el espectador es un voyeur privilegiado. La desnudez primero y el sexo como acto después aparecen sin vestiduras de solemnidad, se los ofrece crudos, puros, y aunque el ojo pase de la bondad a la perversión, centra su atención en lo que se muestra como esencial (o constante) antes que en lo accidental (o variable); es decir, en una crítica de la mecánica sexual antes que en sus actos propiamente ejecutados, mayormente acompañados por música circa ‘80.

Es que La idea fija es estéticamente pop y políticamente rock, y esa combinación mantiene al espectador en vilo durante todo el desarrollo, aún a pesar de que la cohesión roce la monotonía.