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La otra “Operación masacre”

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Fue hace diez años. Tenía 15 cuando lo encontraron muerto en un basural de José León Suárez. Alicia Dujovne Ortiz reseña el caso en “¿Quién mató a Diego Duarte?”.     .

Por Esteban Vera

Un caso que nunca fue esclarecido conmocionó y arrancó a la periodista y escritora Alicia Dujovne Ortiz de su confortable ecosistema pequeñoburgués y la arrojó a un hábitat fuera del contrato social. Un entorno en el que los desechos recogidos durante el día se convierten en un botín preciado una vez depositados en rellenos sanitarios. Como Lilly Rush en la serie Cold case, Dujovne Ortiz trató de resolverlo. En ¿Quién mató a Diego Duarte? Crónicas de la basura (Aguilar), reconstruye el asesinato de un pibe de 15 años que murió el 15 de marzo de 2004 sepultado por toneladas de desperdicios, en un hecho que supera la demasía de cualquier ficción.

El crimen sucedió mientras buscaba, con su mellizo, metales en una montaña de residuos para revender y hacer unos pesos para las zapatillas de Federico, su hermano, quien comenzaba la escuela al día siguiente. Pero cuando incursionaban en una colina de basura, llegaron dos policías y la seguridad privada de la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (Ceamse). Unos diez minutos más tarde, Diego, oculto bajo un cartón, falleció bajo un alud de residuos. Desde entonces, su cuerpo está desaparecido.

La escritora se acercó a los familiares, se contactó con cooperativistas que reciclan, convivió con ellos en sus asentamientos y se camufló de cartonera. Pero también hurgó en el expediente, cajoneado y cargado de polvo: se creyó detective, actuó “como maestra que subraya en rojo”, deseó pescar al culpable y “hacerlo trizas”. “Al leer las actas del proceso es evidente la desidia de la Justicia y la complicidad entre la Ceamse y la Bonaerense”, le dice a NaN Dujovne Ortiz, sentada en un sillón, rodeado de cientos de libros que dominan un departamento anónimo de Palermo.

—¿Por ello fue archivada la causa?
—Claro. La Ceamse es un negocio muy gordo. Cuando empecé la investigación, un editor me dijo que él con la Ceamse no se mete. Es un negocio tan grande que cuando Alicia Duarte, hermana de Diego, buscaba abogado, todos rajaban porque ninguno quería meterse con esta empresa del Estado. Creo que el Poder Judicial tiene una parte de complicidad, porque cuando la abogada de Alicia pidió reabrir la causa, los careos y que se analicen las incongruencias, la Justicia respondió que el caso ya no lo ameritaba. Chau, fue archivado.

—En torno al expediente, ¿descubrió algo?
—Me dan risa un par de repuestas de los policías, que tienen una inteligencia de chicos de cinco años: les preguntan si había cirujas en la colina cuando llegaron la noche de la muerte de Diego y dicen: “Nadie”. Luego le preguntan a uno de los policías por qué se había separado de su compañero y responde: “Para que no sospecharan que los estábamos vigilando.” ¿Quiénes? Nadie se lo preguntó. Ni el abogado del Partido Obrero que asesoraba a Alicia ni el fiscal. Si el Poder Judicial tuviera voluntad, sería extraordinariamente fácil poner en contradicción a los policías y al maquinista que sepultó con basura a Diego.

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“Hay muchos Diego Duarte: la Policía sigue asesinando y eso no aparece mucho en los diarios”, observa Dujovne Ortiz. Fotografía: Stefanía Sbruzzi

El asesinato de Duarte ocurrió en un basural de José León Suárez (partido bonaerense de San Martín), 48 años después de la carnicería narrada por Rodolfo Walsh en Operación masacre. Dujovne Ortiz no sólo se dedicó a descifrar la trama policial, siguiendo una madeja de declaraciones contradictorias de los uniformados, sino que también hizo foco en la creación de las cooperativas que reciclan, el rol de los punteros y la organización surgida en los asentamientos habitados por migrantes internos e inmigrantes que buscan nuevas oportunidades de vida.

—Usted sostiene que “un modo de barrer a los cartoneros del mapa y de eliminar con ellos los propios miedos, consiste en obligarlos a ensuciarse hurgando de más”.
—Cuando subí a la colina de basura de la Ceamse, no podía creer lo que estaba viendo, porque había cosas en perfecto estado de conservación. Por entonces yo vivía en España, donde hay flor de crisis y los supermercados sacaban afuera las cosas que aún estaban comibles. Acá, ¿por qué las tiran? A la comida la tiran porque les importa un pepino que alguien pueda aprovecharla. Es una falta absoluta de solidaridad. Y tirar electrodomésticos me resulta más loco aún. Vi ventiladores embalados. A las empresas no les conviene poner el descarte a disposición de la gente. Quieren vender el modelo de este año. En esa colina me encontré con el vómito del capitalismo, que muestra el absurdo del sistema al imperar la crueldad.

–Increíblemente hay personas que sobreviven en ese paisaje…
–Me contaron que la basura puede ser una solución para no morir. Y lo es, puesto que no se han muerto. Sólo piden un acompañamiento del Estado para poder reciclar, lo cual es bastante revolucionario. Hay mucha gente de clase media que dice: “Ay, qué horror, por qué no le dan un trabajo normal”, pero éste es un trabajo que puede estar organizado y al que hay que darle el valor que tiene: es un trabajo de interés ecológico. Lo que la gente y el Estado tienen que admitir, con franqueza, es que no hay trabajo para todos. En uno de los últimos discursos que dio François Mitterrand, antes de morir, les decía a los franceses: “Invéntense la vida.” Les decía literalmente que aprendan a arreglárselas con laburitos porque en el mundo que se viene no hay trabajo para cada uno como sucedía antes. Esto es más que un laburito, esto es una experiencia relacionada con un tema clave: la basura. Lo que pasa es que los emprendimientos de los cartoneros chocan con los negocios de la Ceamse, porque a ésta no le interesa que avancen, ya que gana dinero por tonelada de basura enterrada.

—En la crónica, una de las cooperativistas afirma que la necesidad está por encima de la ideología.
–Lo dice Lorena Pastoriza, de la cooperativa Ocho de Mayo, una chica uruguaya de clase media muy lúcida. Dijo: “Nosotros no tenemos ideología, tenemos necesidades.” Para mí es la máxima ideología: se trata de juntarse para hacer. Me interesa el asociativismo, lo comunitario, esas construcciones subterráneas. Voy a escribir un segundo libro sobre esas construcciones, dado que hay centenares de proyectos que funcionan. Quizá no definitivamente, pero que hoy están en marcha. Son como las comunas anarquistas. Estuve en un asado por el Día del Trabajador y todos eran inmigrantes paraguayos muy discriminados por los argentinos. Ellos organizaron un bingo para comprar cables para el tendido de luz. Eso es un germen de anarquismo: no están esperando nada del Estado, se las arreglan solos y bien, y es muy valorable eso.

El punto final de la crónica, narrada en primera persona, está fechado el 25 de Mayo de 2010. “Me pareció un símbolo terrible, que 200 años después haya historias de miserias, cartoneros y un chico asesinado por la Policía. Hay muchos Diego Duarte: la policía sigue asesinando y eso no aparece mucho en los diarios. Hace poco me escribieron desde Neuquén por mi libro, y me contaban que un chico neuquino murió de la misma manera. Y no fue noticia en los medios de Buenos Aires.”

 

Fuente: NaN #1 (marzo-abril 2011)