
Por Paula Sabatés
Desde chica hace talleres de pintura y dibujo, y hasta estudió en el IUNA unos años pero no se recibió. “Si te recibís de artista, matate: ¿qué más vas a descubrir?” Hace tiempo Letali, pseudónimo artístico de Lucila Lintezky (30), descubrió que la falta es lo que la moviliza. “Digo que soy artista pero en realidad creo que no lo soy, que busco serlo. Es la ausencia la que te empuja. Si ya estás completo no te moves más”, dice a NaN. Diseñadora como otra profesión, también entendió que no hay relación entre lo que tarda en hacer un cuadro y el precio al que podría llegar a venderlo, por lo que se contenta con mostrar su obra y “producirle algo al que mira”.
Con un estilo muy personal, la obra de Letali mezcla mundos imaginarios con objetos o sujetos bien realistas (“Cuanto más realista una obra, más surrealista es”, dirá). Sus figuras tienen cabeza de flor o vomitan pétalos, tienen distintos colores en el cuerpo, poseen tallos o nacen de huevos. La gran mayoría son mujeres, a quienes la pintora concibe portadoras de belleza más que los hombres. Además de los cuadros y dibujos, también escribe y filma videos que comparte y que terminan de darle forma a su universo poético.
Resignada a la tiranía del mercado del arte, los museos y las galerías, desde hace un tiempo exhibe su producción en las redes sociales, principalmente en Facebook y Taringa!, donde su perfil tiene más de 10 mil seguidores y 70 mil puntos, lo que la ubica en el rango “Platinum”. El año pasado, sin embargo, ganó un concurso de artistas emergentes organizado por el Banco Ciudad, lo que le abrió las puertas para participar de subastas que organizó la institución y la llevó a exponer en la muestra colectiva del Espacio de Arte Banco Ciudad, que se inauguró este año y se puede visitar todos los días.
—A priori es difícil pensar en la compatibilidad entre el arte y los bancos. ¿Qué pensás al respecto?
—Nadie me abrió las puertas en ningún lado como acá. Las galerías no me dieron lugar nunca porque buscaban obras más comerciales y las mías son difíciles de colgar en una pared, no son para un living. El de la galería es un comerciante y busca vender, forma parte de un mercado muy cerrado. Para entrar a una galería tenés que ser muy comercial, muy consagrado o el hijo de alguien, por eso siempre te chocás contra la pared. En cambio al banco eso no le importa porque su ganancia no viene de ahí. Entonces se preocupa más por difundir obras buenas y no comerciales, por darle impulso al artista emergente. Por eso mi incentivo es únicamente mi necesidad de pintar. Nunca quise corromper mi imagen para poder venderla o pertenecer a un grupo. Llegó un momento en el que entendí que no vendería cuadros y fui buscando otras alternativas, lugares abiertos a ideas nuevas.
—Internet fue uno, ¿no? Exponés permanentemente tu obra en las redes sociales, sobre todo en Taringa!
—Sí, totalmente. Con Taringa! crecí un montón como artista porque me vuelve mucho de la gente. Como el retorno es directo, salteás al intermediario de la galería, a la burocracia del medio. Es la idea, compartir lo que uno hace y piensa, y conocer sin filtros lo que el otro piensa de tu obra, porque eso la modifica y te modifica a vos.
—¿No te importa que se vea afectada la materialidad de la obra?
—Es una desventaja, sí. Tengo cuadros que son gigantes y no es lo mismo verlos en vivo que en chiquito en el Facebook o en Taringa! Pero eso no me frena, sigue siendo algo menor frente a la ventaja de poder mostrarlo.
—El año pasado hiciste una muestra solista en Casa Brandon, centro cultural que trabaja por la visibilidad, igualdad y construcción de una identidad LGTB. ¿Un lugar así condiciona de antemano la interpretación que hace el público de la obra?
—Sí, seguro, pero no me es relevante. Si alguien piensa que por exponer en Casa Brandon mi obra es gay, no me afecta. No lo tengo en cuenta a la hora de hacerla ni al decidir si la expongo en un lugar.
—En esa muestra expusiste la serie “Las Meralais”. ¿Te interesa más el trabajo en serie?
—En realidad empecé a hacerla hace tres años más o menos porque me daba cuenta de que mi característica de artista no existía. Con cada obra era otra artista, no tenía identidad, era como si fuera distintas artistas. Me empecé a ordenar por series para encontrar una identidad. En este momento ya me siento más segura con esa identidad y me estoy dando el lujo de no hacerlas. El problema de las series es que me quedaba afuera mucho. Cada obra me puede llevar hasta tres meses y una serie, más de un año. En el camino dejaba muchas cosas que me interesan y que terminaban quedando como bocetitos.
—¿Cuál es esa identidad que encontraste?
—Hay algunas cosas que se repiten. Me gusta lo sensual, lo femenino. También lo surreal y lo real a la vez. Me interesa la belleza, la busco en todos los sentidos posibles. Me gusta hablar de lo que siento, de las cosas que me pasan. Intento hacer una fotocopia de una sensación, sacarla afuera. Trato de buscar la unidad mínima de sentido, ser sintética, lo cual me hace ser abstracta porque al despojarme del ornamento queda lo esencial, lo abstracto. Busco la limpieza del sentido, de la forma de representar una sensación. Y además hago una obra autorreferencial, siempre.
—Lo femenino de tu obra puede confundirse con lo feminista, ¿te lo dijeron?
—A veces, pero no es algo que busco. No busco el feminismo, de hecho no me gusta ningún “ismo”. No me gusta tener camisetas, porque son prejuicios. Hacerse de un equipo es estar un poco ciego. Es tener que pensar de un modo porque el grupo al que pertenecés lo hace. Igual a veces no se puede evitar, pero lo intento.
—Tu obra incluye otros paratextos además de los cuadros, tales como cuentos o videos. Es curioso.
—Es que me gusta probar distintas formas de fijar las cosas. Si te dedicás a pintar o a escribir, te quedan cosas afuera. Hay que ser abierta a lo que surge, estar siempre de cacería, siempre alerta.
—¿Cómo trabajás la combinación entre realismo y surrealismo?
—Se complementan. Cuanto más realista una obra, más surrealista es. Y viceversa. Bah, no estoy segura si viceversa. Cuando uno habla de un sentimiento, por más que lo quiera expresar de forma realista, ya es una imagen surrealista porque es algo muy interno, muy de uno, onírico.
—¿Tenés referentes en la pintura?
—No. Bueno, quizás Dalí sin querer. Pero me gusta ver pintura para abrir la cabeza, no para sacar ideas. A lo mejor a veces te sale solo, porque sos parte del mundo y lo construís a partir del stock de imágenes que viste. Por eso también es importante el artista, porque representa un mundo a través de sus imágenes.