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Libros: «Carne al sol» (Nicolás Olivari, 1922).-


Recorrer los diez cuentos del autor que, cuando la selección fue publicada por primera vez recién estrenaba apenas una veintena de años, es internarse en una Buenos Aires sucia y corrompida por sus transeúntes, vendedores, prostitutas y vagabundos jadeantes y sedientos de sexo.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, agosto 31 (Agencia NAN 2009). Amén de los objetivos comerciales y los criterios conceptuales, la reedición de la obra de un escritor o poeta que en la actualidad no goza de la popularidad que podría tener si fuese contemporáneo, hace que, precisamente, los libros de antaño aparezcan en las librerías acomodados a la par de los que aún hoy escriben, con tapas más modernas y llamativas para el ojo consumista que las rústicas y poco particulares de las anteriores. No hace falta que el paratexto sea demasiado suntuoso, puede ser incluso sencillo, como es en el caso de Carne al sol (El 8vo Loco), la primera decena de cuentos publicados por Nicolás Olivari, en 1922, cuando éste tenía apenas 22 años.

En resumidas cuentas, el libro goza de dos aciertos y un desfase. Los primeros son la elección del escritor, un ejemplar de los más relegados de la caterva de los grupos de Boedo y Florida, contemporáneo a Roberto Arlt y los hermanos González Tuñón; y la inclusión de un exhaustivo prólogo de Ana Ojeda, con detalles bibliográficos del autor y análisis metatextuales, recurso que los editores deberían frecuentar en lugar de recurrir a preámbulos tibios que poco aportan.

El segundo es la decisión editorial de «mantener las erratas», como «la acentuación tipográfica de monosílabos y del grupo ‘ui’, la falta de tilde en las mayúsculas o la apertura de signos de interrogación o exclamación que no cierran». La riqueza de la obra no se encuentra en un signo ausente, pero al tratarse de una reedición hubiera sido saludable optar por eliminar los errores ortográficos más groseros. Claro que no se trata de un cover y se debe respetar la integridad del texto original, pero también resulta importante presentar una obra actualizada para que cualquiera pueda tener acceso a la lectura sin confusiones. Así, las «particularidades tipográficas de la época» deberían estar, además de señaladas como lo están, apuntadas al pie de la página o en un glosario aparte.

Resuelto ese escollo, los diez cuentos que componen el libro son, además del manifiesto de un escritor irreverente, el diario íntimo de un adolescente en su mediodía sexual. Al igual que los González Tuñón y Arlt, Oliviari construye personajes urbanos (prostitutas, vagabundos, vendedores) que, enmarcados en una picaresca local en épocas de inmigración europea hacia el Río de La Plata, hacen de sus pulsiones sexuales los ordenadores de la trama.

Olivari escapa de los cuadros duros del realismo ortodoxo y hace de la ciudad una red de vínculos cuyo origen y fin es el deseo: una urbe fétida, símil a la que el alemán Patrick Suskind concibió para el El perfume (Das Parfum, 1985), que se mueve por los hilos de la urgencia carnal. Y lo hace edificando espacios claustrofóbicos y grotescos, como lo es la microsociedad mugrienta de «Un festín en el Bajo Belgrano», donde Marisarda, aunque puta y sucia, encarna la pureza, entre hombres que, sucesivos, le saltan encima. O como el del salón Italia Unita, en «Revelación», donde un vendedor de caramelos primero se relame ante el sugestivo escote de una muchacha y, una vez suya, escapa de la imagen rendida del orgasmo consumado.

Tal vez el título que más llame la atención, por la prosa distendida, el tono desafiante y la temática disonante respecto del resto del libro, es el primero con el que el lector se encuentra luego del preámbulo: «El inevitable prólogo», en el que Olivari grita a los cuatro vientos que no necesita de nombres rimbombantes que engalanen sus primeras hojas ni la mano en el hombro de poetas condecorados. «Yo me lanzo solo, sin prólogos ni palabras liminares de nadie, ni sonetos donde me elogien, ni fotografía que me muestre ñato y feo como soy», exclama al comienzo, en una época en la que el reconocimiento se asociaba a las amistades por conveniencia. Es más, Olivari se ríe, hirsuto, de esos códigos de comportamiento y se planta malogrado, marginal, con la frente en alto.