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Libros: «El cielo es de quien lo vuela» (2001).-

Un universo que sucede acá y ahora, que no tiene reglas –ni las mínimas—y en el que todo es posible es el escenario en el que se que perfila esta historia, protagonizada por un hombre joven con la valentía de convertir todos los no del mundo en sí.
“Estas  son las obras de un niño loco.
Un niño con mirada de diamante y capaz de todo.
Un niño mirando por primera vez un rayo.”
GdP
Por Ailín Bullentini
Buenos Aires, abril 23 (Agencia NAN – 2012).- Uno no es experto en el tema (porque no es “parte de”), pero con tan solo observar un rato desde afuera el mundo de los lectómanos (si a los fanáticos de la música se los llama melómanos, los fanáticos por la lectura son aquellos) puede notar que está regido por una serie de reglas que indican qué es bueno y qué no, cómo debiera escribir un escritor “exquisito”, y qué pasos debe dar quien inicia el camino a convertirse en uno de ellos. Lo mismo pasa con la vida (aunque uno no la viva de la misma manera que los miles de millones de personas que habitan el mundo). O como Guillermo de Pósfay, quien en su última novela, El cielo es de quien lo vuela, se caga en todo eso. El texto puede llegar a sacar de quicio a quien no sepa liberarse de ataduras y certezas, jugar como un bebé, caminar como un conejo, reír como el viento, gritar como un sombrero; a quien no sepa “volar el cielo”.
Para leer esta novela es completamente necesario firmar la renuncia a encontrar la “coherencia del mundo adulto, responsable, consumista y formal” antes de abrir la tapa del libro. Tan necesario como hacerlo antes de desplegar las alas que todos llevamos cosidas a nuestras espaldas. Recién entonces, cual encadenamiento de ideas conectadas por el hilo de la asociación libre, podrá encontrar el lector la historia escondida entre las páginas (sin número) de esta obra que podría ser, en realidad, la descripción de la vida de quien la escribió o de la vida que imagina todos deberían llevar.
Como todas las anteriores obras de de Pósfay, El cielo es de quien lo vuela –su décimo cuarto libro–  fue “diagramada, compaginada, armada y vendida por él y sus amigos”, reza la publicación. Sin empresas editoriales de por medio. Sin “la cadena mercantil”, tampoco. “Del autor al lector” sin escalas. Tan afuera del camino que todo proyecto de escritor cree que debe seguir, ese que aboga por un espacio entre la vitrina de nombres-estrella –una realidad que incluso se plasmó en el universo independiente de la literatura—, que lo deja en el pasto de toda ruta imaginable.
Guillermo de Pósfay no quiere ser un novelistars. No lo quiere como escritor de la historia casi autobiográfica que cuenta en El cielo es de quien lo vuela. Su novela tiene pasajes realmente mal escritos de acuerdo con las reglas ortográficas, sintácticas y semánticas de la lengua castellana.  No existen en el texto los signos de puntuación ni acentos ni reglas ortográficas. Los hay, claro. Puntos apartes y seguidos, comas y puntos suspensivos, mayúsculas y minúsculas, las “ces”, “las eses” o “las cetas”. Pero no están allí por la función que cumplen, sino porque de su estar depende la existencia de las ideas del escritor sobre una hoja de papel que hasta el “ser de esas cuestiones” finalmente fue. Sin embargo, ¿los hay en la mente humana? ¿Se utilizan en la construcción del mundo que soñamos cuando nos lo permitimos?
Pero tampoco quiere ser un habitante más de este suelo –y cuando digo “este” me refiero a la realidad–  en tanto protagonista de la historia que cuenta. Allí, es un joven que abandona el suelo mundano por la ventana de una habitación hacia un mundo etéreo, Frodilia, que se remonta con solo mandar a la mierda el sentido común del deber ser que impera ventana adentro. Allí, es padre del monito Gongong, come chía, un mazacote con todos los principales granos singusto base de la comida vegetariana y vuela con sus amigos cuando anda aburrido. En Frodilia, todos los no de la mente humana se convierten en sí. Todo es posible.