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Libros: “Monserrat” (Daniel Link, 2007).-

Un relato sólido que recupera con éxito el formato diario, y a través del cual explora el mundo. Con un ojo sociológico, el escritor, crítico y blogger realiza cortes sociales y verbaliza el espíritu de los barrios linderos generando un eco casi irresistible en cualquier lector que haya recorrido sus calles.

Por Nicolás Alonso

Buenos Aires, enero 16 (Agencia NAN-2012).- Más allá de que existen diversos tipos (“de escritor”, “de viaje”, “de vida”, etcétera), los diarios son un rara especie de literatura. Género border cuyo ámbito son los límites, las fronteras, los márgenes. Si se asume que uno de los rasgos definitorios de la literatura es su carácter comunicativo, esa suerte de teleología que culmina en la publicación y la posterior reinterpretación lectora, el diario es a todas luces una literatura tramposa, mentirosa, en donde lo ficcional gana fuerza a costas de una prosa que se muestra adherida a la realidad. Montserrat (Mansalva), de Daniel Link, es un fiel exponente de ese juego mágico en donde la conciencia, la intimidad del yo, se expone a plena luz. Y allí ya no importa si es un escritor, un personaje o un poco de ambos el que escribe. El recurso es lo suficientemente potente como para violar esos límites entre ficción y realidad. Si, además, como en el caso de Link, el personaje es contundente y sólido, el diario es una llave para mirar el mundo a través de otros ojos, de otra piel. Dejarse llevar por un diario es, de alguna manera, una forma de extrañación. Otra nota particular del libro de Link es que sus entradas fueron publicadas, previas a esta edición en papel, a través del blog Linkillo (cosas mías) (www.linkillo.blogspot.com), del propio escritor.

En cuanto al carácter de los personajes y al argumento, Montserrat se sumerge en la voz de un narrador apaciblemente atormentado. Los oficios de escritor y docente a los que está emparentado el personaje  justifican la mirada cuestionadora con la que esa voz atraviesa el texto: una mirada poética y aguda sobre la cotidianeidad porteña. A través de un lenguaje dinámico, fresco y relajado Link transmite el universo de sensaciones que componen el barrio porteño de Montserrat. Con un inquietante ojo sociológico el autor realiza cortes sociales y verbaliza el espíritu de los barrios linderos generando un eco casi irresistible en cualquier lector que haya recorrido sus calles. 

Uno de los rasgos más impactantes de este diario es la construcción que el autor logra en torno a la muerte por medio de su antesala favorita: la ancianidad, la vejez, la decrepitud. Se lee en las primeras páginas: “Salí a la calle un poco trastornado: de pronto, de inmediato, sentí que el presente de esa gente me tocaba y me contagiaba. Yo iba a ser uno de ellos y, si la suerte no estaba de mi lado, también podía correr el riesgo de convertirme en una muñeca-senil.” El aire viciado de esos cuerpos raquíticos y endebles, los departamentos desocupados, las ancianas muertas en soledad o confinados a un asilo, que se comienzan a presentar en las primeras páginas, constituyen uno de los activos privilegiados en torno a al cual se monta la atmósfera que ganará el relato. 

Esa decadencia, asimismo, adquiere un brillo notable por medio de su contracara: la tenue jovialidad en la mirada de este personaje. Rodeado de chismes respecto de sus vecinos de “la comunidad” (término con el que hace referencia al edificio en el que vive), celos respecto de su pareja, S., referencia al día a día del barrio… a negocios, verdulerías, universidades y bares. “S. no come frutas (en absoluto), lo que constituye un problema en la economía doméstica. O mejor dicho, dos problemas: el primero es que de la provisión de frutas me tengo que encargar yo porque él nunca se acuerda (además, no confiaría en sus elecciones). En segundo lugar, siendo un manjar ‘de temporada’, la fruta es altamente perecedera y se termina pudriendo si no me apuro a comerla (nunca compro menos de 3 kg. porque me gusta hacerlas rotar y la opción de pedir menos de un kilogramo de cada variedad, si bien debe ser completamente usual, no se me cruza por la cabeza en el momento de estar parado frente a los cajones exultantes de la verdulería).”

Montserrat es, en definitiva, un sólido relato que recupera con éxito el formato diario, y a través del cual explora el mundo (el barrio) en la mirada de este peculiar personaje. Quizá sea ahí donde se halla su mayor virtud, en dejar ver a través de la mirada del autor. En una suerte de cámara subjetiva que enseña ciertos rasgos y vela otros, como debe ser en toda literatura enriquecedora (o contaminadora, según como se lo quiera ver). Difícilmente, después de leer este texto, se pueda volver sobre al barrio de Montserrat con el mismo ojo, con la misma mirada.