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En el nombre de Raquel en Teatro Sha.-

Con una puesta en escena minimalista, la profunda pieza de Mariel Rosciano interpreta una historia de silencios, engaños, drama e impunidad. La obra, basada en la novela La Polaca de Myrtha Schalom, rescata la historia de Raquel Liberman, una inmigrante sometida al comercio sexual, amparado siempre por una extensa red de complicidades políticas y sociales.
Por Esteban Vera
Fotografía gentileza de Mara Folch
Buenos Aires, enero 18 (Agencia NAN-2012).- Recientemente, una denuncia sobre tráfico de mujeres parece haber puesto al descubierto a una organización y a su red de impunidad. Días atrás, la hija de un ex oficial de la Secretaría de Inteligencia del Estado denunció que su padre, Raúl Martins, es el cabecilla de una red de trata de mujeres. Según contó, el ex espía engañaba a jóvenes, incluso a adolescentes, prometiéndoles puestos de recepcionista o de modelo en México, y una vez en tierras aztecas les retenía el pasaporte y las enviaba a prostíbulos. La maniobra, supuestamente, tiene mecanismos similares en Argentina: Martins es el dueño de siete burdeles en la Ciudad de Buenos Aires y de uno en la turística Cancún, The One, visitado en su luna de miel por el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, junto con su esposa, Juliana Awada. La historia sórdida de la infame Zwi Migdal, una red internacional de trata de mujeres fundada en Avellaneda por judíos polacos a principios del siglo pasado repudiados por la colectividad judía, repite el mecanismo. Es que estás historias, son las historias de silencios, apatía e impunidad, que la obra En el nombre Raquel, retrata. La actriz y guionista Mariel Rosciano interpreta una historia no muy distinta, la tragedia de una “polaquita importada” con engaños, en un unipersonal, con dosis desproporcionadas de drama, conmoción y provocación.
La pieza es una versión libre de la novela La polaca, de Myrtha Schalom, que encarna la historia de Raquel Liberman, una inmigrante polaca sometida al comercio sexual, la única que pudo y se atrevió a romper el círculo de silencio de los rufianes. A través de la obra, Rosciano retrata los padecimientos, sufrimientos e ilusiones de la “polaquita”. Pero también, la intrincada red de prostitución armada por la Zwi Migdal.
La performance de Rosciano se detiene minuciosamente en el apocalipsis de violencia, humillación, degradación, e incluso amputación de sueños de Raquel. Lo hace a través de instantáneas de su vida, como su llegada al país con sus dos pequeños niños, José y Moisés, y la esperanza una vida nueva y próspera, o cuando es encerrada en un burdel bajo la custodia de una madama. O cuando logra huir, pero por segunda vez es seducida y luego engañada por un rufián, su marido, y termina nuevamente sometida a la esclavitud en un prostíbulo, ahora con sueños quebrados, convertidos en polvo. O cuando denuncia a la Zwi Migdal, pero los pingües negocios de la organización garantizan la impunidad de los cientos de proxenetas de la red. Y lo hace con la intención de lograr un efecto “in crescendo dramático”.
Sin embargo, la escena detonante de la obra, de 60 minutos, ocurre cuando Raquel es encerrada en un burdel y luego es violada por una docena de hombres. Y luego, la mujer termina explotada, pero con la ilusión de “comprar” su libertad. En fin, en el cuerpo de la protagonista, Rosciano es creíble, sincera, y las intenciones de la pieza, meritorias.
Así, cada lunes, a las 21, en la sala del Teatro Sha (Sarmiento 2255), la actriz se pone en la piel de Raquel, y su interpretación funciona como una herramienta para denunciar que casi un siglo la impunidad continúa. Con un escenario minimalista –una cama, un espejo falso y unas telas– y con mínima escenografías y cambios de vestuario, lo que sobresale son las palabras, entonaciones y gesticulaciones desmedidas de Rosciano. A ello se suman la acertada iluminación y musicalización.
Los hechos reales sucedieron entre 1916 y 1930, hace más de 80 años, pero gracias a esta obra vuelven a la superficie, y contribuye a reflexionar sobre la explotación sexual, indiferente para la sociedad. Con ese afán, tras el final, como un epilogo, se escuchan, a oscuras y en off, las voces de jóvenes y niñas rescatadas de las redes de trata de personas para remarcar que la historia persiste fuera de la sala, en algunos de los “privados” anunciados en los volantes que empapelan la calle Corrientes.