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El sur, ese refugio para el circo sin carpa.-

En el sur del conurbano bonaerense cobran vida propuestas circenses que rompen con la estética tradicional de la carpa. Alejados de los compases que definen a ese mundo familiar y cerrado, galpones, escuelas y talleres dedicados al desarrollo del histrionismo cirquero se las ingenian para darle una impronta local a la identidad ecléctica de estas destrezas y le ponen voz a las mutaciones de una movida que parecería exiliada de su hábitat original.
Por Daniela Rovina
Fotografías gentileza de Kamaj Pacha (1) y Cultura del Sur (2)
Buenos Aires, enero 20 (Agencia NAN-2012).- No escupir fuego, caminar con los pies, volar en avión. El sentido común propone que cualquier contradicción a esas lógicas de la vida diaria (casi) siempre se desarrolla dentro de una convencionalidad paralela en la que desandar caminos de cabeza, elevarse en un trapecio o reencarnarse en un lanzallamas estaría plenamente aceptado. En disonancia a lo que se espera de una mirada regular del mundo, la sinuosa confección de la carpa de un circo actúa de guarida para una perspectiva desde la que emprender proyectos parado sobre las manos también significa “normalidad”. Pero si alguna vez esa cilíndrica extensión de tela funcionó como refugio de expresiones inversas al sentido común, también delineó una multidisciplinaria muralla detrás de la que las más disparatadas destrezas se develaban sólo para aquellos que eligiesen anudar su existencia a la sinuosidad de la vida itinerante de las artes circenses.
Un día, los códigos que regulaban ese círculo cerrado tomaron las calles de aquellos que las recorren parados sobre sus pies. Por fuera de la carpa, esa pedagogía circense se hizo de espacios propios, como galpones, centros culturales, plazas y hasta esquinas con semáforos donde el recuerdo del tradicional eclecticismo circense intenta convivir (aún hoy lo hace) con infinitas formas (o paradigmas) de desplazamiento. Más allá de las intermitentes y ovaladas paredes de lona multicolor, cualquier intento de encajonar la rutina cirquera a esa mítica y celosa tradición familiar, pronto se diluyó en profusos hábitats de puertas abiertas. Entonces, la aparición de escuelas y talleres de circo como ámbitos de difusión – dentro de una cotidianeidad definida en función de una forma dominante de caminar (esto es, sobre los pies)- dejó de entenderse como una profanación.
Esas huellas, marcas de una triunfal fuga de los designios de la carpa, se imprimen a lo largo del paisaje extramuros. De este lado del mundo no porteño, también. Al sur de ese desvirtuado charco/frontera de agua, la impronta del espíritu circense no se deja ahogar por la saturada luminosidad de la metrópoli. En este conurbano austral también se escuchan las estruendosas pisadas de manos o se envicia el aire con el aroma a combustible quemado que destila un lanzallamas.
En adelante, las voces de referentes, talleristas y protagonistas de centros culturales y escuelas de circo locales expresan sus puntos de vista acerca los disímiles matices que cobran estas hilarantes disciplinas, alejadas de su hábitat original. O mejor, una pantallazo sureño sobre la resignificación de ese espectáculo artístico que se escapó del marco institucionalizado de la carpa para asentarse en espacios más predispuestos a la reconversión de lo que (en muchos casos) representó una forma de vida.
Retratos del circo sureño
“Cuando era chico el circo no me gustaba. Lo odiaba, me daba miedo, me daba feo olor. Olor a bicho sucio, a pobre animalito encerrado”. Descalzo, Manuel Vergara camina entre las jóvenes instalaciones de Kamaj Pacha -sólo cuatro años pasaron desde su apertura-, un refugio para ese moderno circo reversionado encallado en Avellaneda. Desestructurado, al igual que cada uno de los rincones que componen a esta escuela de la que es director, recuerda con asombro su pueril desprecio hacia aquella ocupación que hoy se queda con la totalidad de su tiempo. “Para mí fue como un trauma vivir del circo. Es muy loco, pero es real”, reconoce con ironía. El mismo desparpajo con el que se compone la atmósfera de Kamaj (imposible no advertir esa falta de peso en el ambiente, que al revés de la gravedad, te aleja del suelo, te abduce imaginariamente hasta lo alto de un trapecio), la misma naturalidad y frescura, marcan los compases de este proyecto, esta pequeña porción del paradigma del circo sin carpa, que –a través de las palabras de Manu, como lo llaman sus compañeros y alumnos – entiende que acá, en el sur, el arte del absurdo y lo disparatado es una especie de “revelación, una revolución cultural”.
Resemantizar. Darle “una nueva traducción a la palabra circo”. Con la impronta del cambio parada sobre los hombros, este referente del mundo cirquero en Avellaneda no subestima la capacidad expresiva y creativa de estas latitudes: “El (conurbano) sur es un terreno muy informal, pero muy serio cuando se hacen las cosas. Y se hacen con mucha categoría. Eso muchas veces no es glam, brillo, maquillaje. La categoría de la que hablo es la que, con poca producción, puede hacer grandes cosas, muy prolijas, muy dignas, muy educativas”.
Y las hacen: variettes (espectáculos que reúnen el circo, la música, el teatro y la danza), números experimentales o improvisados, talleres, muestras de alumnos, malabares en esquinas iluminadas por semáforos. Cada galpón, escuela y espacio destinado al desarrollo de disciplinas circenses moviliza un arsenal de recursos a la hora de informar, promocionar y llevar a escena espectáculos y clases. Desde publicaciones en Facebook, hasta volantes y afiches se cuelgan de paredes y muros materiales y virtuales.
A dos cuadras de la estación de trenes de Temperley, otro golpe desfigura el paisaje homogéneo de los que se desplazan sobre las plantas de los pies. Un sombrío pasillo es el preludio de un galpón devenido sólo en partes en centro cultural, porque aún mantiene en sus techos y paredes la estética ferroviaria de principios del siglo XX. Entrar en Cultura del Sur y ver la inusual convivencia de dos ámbitos -el de los trenes y el del circo- que se integran casi por casualidad, justifica la fuga de la carpa.
Las artes circenses no conocen de “límites o formas” (y en este galpón está a la vista). Al menos así las define Adolfo Aleman, integrante de la comunidad artística de este espacio cultural y profesor de acrobacia en tela: “El circo no es algo que esté muy estructurado. No es una moda. No te regula en una forma, sino que es bastante abstracto”. Esos rasgos inherentes a la esencia cirquera se repiten y reformulan en los pagos del sur, a través de la fusión de corrientes sin forma que unen, por ejemplo, los malabares con otras destrezas corporales. “Hay una nueva corriente de gente practicando circo. Siempre hubo malabaristas, payasos. Pero gente que empezara a hacer circo como una disciplina complementada con el teatro, la danza, la acrobacia aérea con el piso, eso es nuevo, está pasando ahora en zona sur”.
Y con esto Aleman justifica su descontracturado parecer sobre la amorfía circense. Si no hay parámetros que obstruyan su accionar, todo cuanto sea posible de ser combinado en escena (y también por fuera de ella) confluye en la vorágine del circo.
Una postura a contramano de las anteriores aparece en la voz de Kevin Dupás, instructor de acrobacia en el espacio Monociclo Artes, otro frente abierto al circo sureño ubicado en Banfield. El semblante colorinche de “el monito” (así le dicen, probablemente por el enorme mono monociclista estampado en el portón metálico de la entrada) sintetiza la herencia despojada de la carpa -guirnaldas de banderines multicolores adornan el cielo sin techar- con las disposiciones del galpón/escuela.
“No sé si todavía hay una propuesta que distinga a zona sur. Vengo de una camada que fue la primera en mutar el circo al formato de galpón. (Antes) ese formato no existía. Cuando empecé no había escuelas de circo. Todo esto que aparece como nuevo fenómeno no es algo distintivo de zona sur”. Menos localista en sus definiciones, Dupás caracteriza al conurbano sur como un “terreno hostil para el arte”, motivado por la competencia entre escuelas y la falta de apoyo municipal: “Cuando tuve una aproximación a secretarios de cultura no hubo ninguna ayuda. La cultura es todo lo relacionado a las peñas, el folklore, el tango. El circo está bastante marginado. Sus objetivos no pasan por contener las movidas que se generan”.
Romper el paradigma: de cómo hacer circo sin carpa
Con o sin carpa, las paredes de esos espacios transpiran la esencia propia del circo. A contramano de la mítica y machacada imagen de las compañías convencionales, estos grupos cirqueros despliegan sus destrezas agazapados en galpones y escuelas que rompen con lo que el imaginario propone.
¿Cuántas personas conocen de la existencia de otras a las que podrían interesarles pararse de mano como fuente de sustento económico o simplemente físico? ¿Cuántos se preguntaron qué significa para aquel segundo grupo caminar de cabeza por fuera de la histriónica (des)estructura de lona? Si nadie lo hizo, si para muchos esos interrogantes pasaron desapercibidos, es probable que, al menos alguna vez, estos tres representantes de colectivos cirqueros se hayan cuestionado acerca del nuevo rol de la carpa.
Vergara: –La traducción que se le está dando al circo ahora tiene que ver con salir un poco de la tradición de familia. Tuve conversaciones con mucha gente grande del circo y te dicen que esto no es una escuela de circo. Pero nosotros queremos que venga mucha gente que quizás no tenga ganas de actuar en una carpa, sino ganas de conocer (las disciplinas). Y por qué privarlo, por qué tiene que ser un círculo tan cerrado. Si tienen ganas de hacer circo, este es un lugar de puertas abiertas. Me gustaría tener una carpa, pero para ponerla en un terreno baldío y ofrecer el circo como es, romperle la cabeza a la gente y pasarle la gorra. No cobrarle una entrada a nadie. Esa sería mi forma de hacer carpa.
Aleman: –La carpa es necesaria también. El profesor que está enseñando (en una escuela de circo) pasó por un circo. De algún lugar viene la información para que nosotros podamos hacerlo. Los primeros que se animaron a colgar algo y a mostrarse fueron personas de carpa. El circo tradicional termina y empieza en esto. Están unidos. Si bien el circo tradicional no tiene mucha proyección en Buenos Aires, la gente que hace circo sabe quiénes fueron las familias de circo de zona sur. El circo es lo que te inspira. Por más que el malabarista trabaje en la calle, en la plaza o en un centro cultural, para él es maravilloso estar dentro de una carpa de circo. Lo que pasa con el público alrededor, el ambiente que genera la carpa sigue siendo el sueño del pibe. Te hace sentir algo en el pecho que no vas a sentir estando en una muestra de un centro cultural.
Dupas: –Hoy el circo es de salón, de teatro, de galpón, y también de carpa. En algún momento la carpa lo monopolizó. Pero ahora perdió eso y es más copetín, un producto. La carpa no es un ghetto cerrado como era antes, y busca artistas en escuelas de circo. Se perdió eso de que tenías que irte a rodar por el mundo con una compañía para aprender. La carpa nunca fue escuela. Si aprendías ahí era para sumarte a ese espacio, ir a limpiar, cortar cables. Eso lo hereda el galpón. Si sos parte de esa movida no actúas solamente.
Piruetas sin luces de neón
Lejos de las asfixiantes luces cosmopolitas, las expresiones circenses que se ubican de este lado del charco resisten a la sofocante competencia de los talleres y espectáculos porteños. Por desconocimiento, por costumbre, por escaza difusión, la ciudad capital suele convertirse en el vértice obligado de consulta donde se concentran las demandas de aquellos amateurs que pretenden desarrollar la destreza de mirar la realidad patas para arriba, como lo propone el escritor uruguayo Eduardo Galeano. “El que nunca fue a ver un espectáculo de variette o no tomó una clase de circo, muchas veces averigua directamente en Capital”, lamenta el director de Kamaj Pacha.
Sin embargo, en el sur emergen frentes de batalla. La “revolución cultural” sureña, dice Manu, es madre de muchos “grandes valores desconectados del círculo cerrado de la Ciudad de Buenos Aires”. En simultaneo, los recuerdos se trepan a los gritos, la música y las instrucciones para volar en trapecio de una clase de acrobacia: “Cuando empecé tuve que ir a buscar información a la Ciudad porque acá no se conocían espacios, no se gestaban. Ahora hay como una revelación muy positiva, con lazos de unión entre esos espacios. No existen márgenes de competencia, rivalidades. Hay mucho de compartir, de informar de una escuela a otra”.
¿Idealista? Puede ser. El hecho es que estos grupos alimentan una suerte de microclima cultural dentro del que se cocinan movidas ávidas de superar las propuestas porteñas. En este caldo de cultivo, las artes circenses se sazonan con ingredientes autóctonos.
Más alejado de esta metáfora de la convivencia idílica, Kevin Dupás hace hincapié en la calidad de espectáculos y talleres apartados de los brillos de la gran ciudad. En el sur “hay mucha iniciativa, pero no tienen una actitud de invertir en formación o en docentes”. Este referente de “el monito” usa palabras como “terreno virgen” para referirse al sur e “improvisadas” cuando habla de la creatividad y originalidad de sus producciones: “Existen espacios que dan clases, pero a nivel artístico copian formatos. Capital está a años luz en ese aspecto”.