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Libros: “Música y dictadura: por qué cantábamos” (Santos, Morgade y Petruccelli, 2008).-

El trío de periodistas recupera en esta obra testimonios de artistas perseguidos por la última dictadura militar en Argentina. La riqueza de las entrevistas, los documentos y el archivo incluidos dan cuenta de los manejos absurdos y las vejaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno de facto, por lo que el libro termina siendo una buena herramienta para reflexionar aquellos años de picana y plomo.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, mayo 9 (Agencia NAN-2009).- “Considerar el tema ‘Toda la noche oliendo a ti’, de Herrero y Armenteros, no apto para ser emitido por los servicios de radiodifusión, por describir una relación sentimental de características irregulares, que destacan el aspecto meramente sensual del amor, lo cual no condice con los valores y normas de nuestra vida social”. No, no es un chiste. El fragmento pertenece al artículo 1 de la Resolución 705 del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) del 16 de diciembre de 1982 y es uno de los tantos ejemplos de censura que podemos encontrar en el anexo del libro Música y dictadura: por qué cantábamos (Capital Intelectual), de los periodistas Laura Santos, Alejandro Petruccelli y Pablo Morgade. La investigación reúne, además, una recopilación de testimonios de músicos reconocidos (como León Gieco, Miguel Ángel Estrella y Teresa Parodi, entre otros) y un cancionero negro de aquellos años de picana y plomo.

Las primeras páginas sitúan al lector desprevenido: se está hablando de la última dictadura militar argentina. Pero los autores no lo hacen con el hincapié necesario, pues adentrado en los testimonios recolectados, el lector se pierde en una maraña de nombres ajenos y particularidades del período del gobierno de facto. No obstante, la riqueza de las entrevistas y documentos prima. Incluso la del archivo. Señoras y señores, con ustedes Emilio Massera: “Los jóvenes trocarán su neutralidad, su pacifismo abúlico, por el estremecimiento de la fe terrorista…, la destrucción estará justificada por la redención social que algunos manipuladores –generalmente adultos– les han acercado para que jerarquicen con una ideología lo que fue una carrera enloquecedora…”. Increíble.

Las listas negras, las persecuciones y la disminución de las posibilidades de trabajo hicieron que muchos artistas tomaran la vía del exilio hacia países vecinos o europeos. Por ejemplo, el pianista Miguel Ángel Estrella, secuestrado y torturado en Montevideo en diciembre de 1977 por orden de los militares argentinos: “En la última sesión amenazaron con cortarme las manos. Escuché el ruido de una sierra eléctrica. Cuando me ataron las manos, me apoyaron sobre una mesa y acercaron la sierra, lo que me salió del alma fue decirles ‘que Dios los perdone por lo que van a hacer; yo voy a tratar de perdonarlos’”, reseña el músico tucumano.

Exiliado en Los Ángeles, León Gieco fue invitado a participar en un festival para la Fundación de Genética Humana organizado por la esposa del dictador Jorge Rafael Videla: “Si detrás de eso estaba la mujer de Videla, no me iba a pasar nada y de paso, podría grabar las canciones que me habían retirado de El fantasma de Canterville. Después las metí en Cuarto LP y puse la aclaración ‘grabadas en el Festival de la Fundación de Genética Humana’, para que no hubiera censura, y así fue”, cuenta Gieco.

Uno de los que permanecieron en el país fue Víctor Heredia, en la búsqueda de su hermana y su cuñado, que aún figuran entre los 30 mil desaparecidos. Al igual que varios de los entrevistados, el cantautor se refirió a la muerte del músico y director de teatro chileno Víctor Jara, en septiembre de 1973 en Santiago de Chile: “Creo que muchos artistas nos salvamos por el tremendo repudio que despertó en todo el mundo el asesinato de Jara. Siempre digo que él, con su calvario, nos regaló la vida al resto”.

Estrella, acosado por un coronel que quería que su esposa pianista tocara a dúo; Gieco, detenido por un militar celoso del fanatismo que su novia tenía por el cantante; Guillermo Fernández, pidiendo datos sobre el paradero de sus suegros al general Suárez Mason; Piero, solicitando al mismísimo Massera un lugar donde cantar; y una nota de la gerencia de ATC que prohibía mencionar la visita de Serrat, dos años antes de su arribo a Buenos Aires, son algunas de las historias absurdas –como demuestra el trío de periodistas– que se dan cita en Música y dictadura… : una invitación para seguir reflexionando sobre esas injusticias que fueron y luchar en contra de las que vendrán.