Producto de la aparición de los sellos transnacionales, que poblaron las mesas de saldo de las librerías con best sellers de efimera trascendencia, en los últimos diez años proliferaron los proyectos editoriales autogestivos, con una estética política vinculada al “hazlo tu mismo”: Tamarisco, Mancha de Aceite, Zorra/Poesía, El Fin de la Noche, El Asunto y Mil Botellas ofrecen una radiografía de un fenómeno creciente, que abarca a escritores que cosen a mano sus libros y emprendimientos editoriales que funcionan aún a su pesar como semilleros de la monstruosa maquinaria comercial de las letras.
Por Esteban VeraCollage de Taikonautas
Buenos Aires, agosto 6 (Agencia NAN-2010).- En la última década apareció y se consolidó una nueva constelación de editoriales independientes, dedicadas a publicar a escritores no consagrados y nuevos. Quizá, la etiqueta más precisa sea autogestivas, puesto ¿en qué consiste la independencia? Cuentan con una producción heterogénea y catálogos diversos, que van de novelas, cuentos breves y poesías arriesgados y destacados a textos que sólo se quedan en lo colorido. Mediante un boca en boca y ciclos de lecturas fueron ganando espacio y visibilidad los libros confeccionados en imprentas hogareñas, a través de algunos programas de edición e impresoras, en los casos más artesanales. Uno de los principales factores que originaron el surgimiento de los sellos indies fue la aparición de las editoriales transnacionales en los ‘90, que coparon las librerías con best sellers, obras de efímera trascendencia o presuntas investigaciones periodísticas (aunque haya salvedades), libros de corta vida que dieron nacimiento a las mesas de saldo para liquidar el stock sobrante antes de ser guillotinado o transformado en pulpa de papel.
“Las transnacionales compraron el 75 por ciento de las editoriales nacionales y generaron una reconversión estructural en la producción editorial. A partir de la lógica libro-producto, la producción se orientó a la obtención de alta rentabilidad”, describe la socióloga Marilina Winik en el ensayo Ediciones Copyleft, aún inédito. Frente a ese contexto, surgieron, entre otros proyectos, pequeños sellos, ante la necesidad de jóvenes escritores de ser impresos en papel. “La estética política del ‘hazlo tú mismo’ invadió la esfera de la producción cultural, y en el caso editorial muchos escritores comenzaron a fabricar sus libros y a generar proyectos editoriales propios”.
El fenómeno también implicó una dosis de autolegitimación y otra de vanidad. Lo explica Noelia Rivero, editora y fundadora de Zorra/Poesía (www.zorrapoesia.blogspot.com): “Creo que se responde a algo muy de este momento, quizás de vanidad, donde se confunde el ‘editar’ con el ‘legitimar’ la escritura, aunque realmente no es así”.
Tamarisco, Mancha de Aceite, Zorra/Poesía, El Fin de la Noche, El Asunto y Mil Botellas son sólo seis de los tantísimos emprendimientos literarios autogestionados que apuestan por las nuevas voces, aunque con pocos y muchos matices, según las concepciones acerca de lo que debe ser una editorial indie. Agencia NAN esboza una radiografía a través de estos sellos.
Hechos a manos
Se trata de sellos pequeñísimos, orilleros, que tiran hasta 40 ejemplares por título. Su nicho es la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA). “Son proyectos que buscan mostrar nuevas voces, con una identidad propia y que muestren una idiosincrasia poderosa, sin tener que mirar siempre hacía el centro”, resume Walter Lezcano, editor de Mancha de Aceite (editorialmanchadeaceite.blogspot.com). En el blog del sello, Lezcano brinda una definición marketinera: “La primera editorial independiente de San Francisco Solano (Quilmes, al sur del conurbano bonaerense). La segunda más chica de Latinoamérica”. Publica sólo 20 ejemplares por libro. En Santo Tomé, Santa Fe, el sello La Gota tira apenas 12 libros por título. Realmente chiquita. De ahí en más, otras sacan 40.
Por lo pronto, Mancha de Aceite cuenta con dos libros en su catálogo: Partes de guerra, del propio editor, y Bailanta, de Matías Gómez, ficciones ancladas en el Gran Buenos Aires. “Nos parece interesante publicar a gente de la zona y alrededores. Son personas para las cuales el hecho de ver sus historias en un papel es una utopía”, explica Lezcano. Junto con su novia y coeditora, Patricia Giménez, confeccionan a mano los libros. Cortan, cosen, fotocopian, imprimen y encuadernan los ejemplares, cada vez que él regresa de dar clases de Lengua y Literatura en escuelas secundarias. Montaron un sello con pocos recursos: una impresora, cartón, hojas, hilos y agujas, inspirados en Funesiana, la editorial de Lucas “Funes” Oliveira. Son realmente artesanales y apuntan a revalorizar al libro como objeto material. “Son brolis hermosos que quedan muy lindos en cualquier biblioteca. Los cosemos con muchas ganas”, vende.
Con la consiga “individualmente unidos”, El Asunto (www.elasunto.com.ar) nació a mediados de 2001, poco antes de la crisis, cuando un puñado de escritores que vendían sus libros hechos a manos en Plaza Cortázar unieron esfuerzos en un proyecto que los envolvió. Desde entonces, lleva 221 libros publicados, en tiradas de 50 ejemplares por obras de 80 páginas. “Nuestro fin es editar y dar herramientas que permitan confeccionar libros”, apunta Pablo Strucchi. Tan así que en la página web del sello se pueden consultar pasos para armar un libro en casa.
Talle M
Con más estructura están las editoriales independientes medianas que publican como mínimo 100, algunas más conocidas e instaladas en el circuito alternativo, con puntos en común y diferencias, pero con el mismo objetivo: dar visibilidad a nuevas voces. El Fin de la Noche (www.elfindelanoche.com.ar), por ejemplo, es un sello que reúne en su catálogo escritores reconocidos con nuevos. Con un promedio de 14 libros anuales, es uno de los sellos más sustentables. Justamente, esa es una de las dificultades de las editoriales independientes. “Hay que ser sensatos y hacer tiradas chicas, que son menos costosas, pero siempre cuidadas: bien diagramas, editadas y corregidas. Y no depender de subsidios ni becas, porque son excepciones”, sugiere Carolina Sborovsky.
Una de las claves del sello es apostar por el soporte digital y la distribución gratuita on line. “La lectura es un derecho. Como editora, no le voy a cobrar a nadie por leer. Es una política de honestidad del catálogo. El lector puede leer, tantear en la web el libro de un autor que aún no conoce y si le gusta, tarde o temprano va a quererlo en papel”, analiza. Incluso, no está en contra de compartir los libros. Para la entrevistada, “las editoriales tradicionales ocultan su catálogo por temor a mostrar lo que hacen”. De todos modos, sus obras son impresas a través del Print on Demand (PoD), que permite encargar los libros por unos cinco dólares a través de la web.
Zorra/Poesía también apuesta al PoD. Tira entre 20 y 100 ejemplares por plaqueta o poemario. Se trata de un fenómeno que abre una nueva forma de relación entre los productores de discursos, arte (escritores y editoriales) y consumidores (lectores). De esta manera, bajo licencias Creative Commons, Zorra/Poesía publicó diez libros y 30 plaquetas, entre ellos, uno de la blonda Julieta Prandi, bajo el seudónimo Lucía Cavallero.
Nació en 2006 con la premisa de publicar a poetas de circulación under (Mercedes Halfon, la propia Rivero). También, “encontrarle un destino a los poemas que se acumulan en las computadoras y generar espacios de encuentro e intercambio”, detalla Noelia Rivero.
Entre las editoriales indies, Tamarisco (hojasdetamarisco.blogspot.com) es una de las más reconocidas en el circuito literario porteño. Nació a fines de 2006, con la premisa de publicar nuevos narradores. Tira entre 500 y 1000 ejemplares por título. “La literatura no vende tanto como la autoayuda o la investigación periodística –dicen al unísono Sonia Budassi, Félix Bruzzone, Hernán Vanoli y Violeta Gorodischer, fundadores del sello, todos escritores–. Entonces, no había lugar para los autores debutantes”. Así publicaron a Leonado Oyola y a Juan Diego Incardona, hoy publicados por editoriales comerciales. Incluso, Budassi (Mujeres de Dios, Sudamericana) y Bruzzone (Los topos, Mondadori) fueron publicados por grandes sellos multinacionales. No obstante, ese fenómeno se dio en pocos casos.
— ¿Las editoriales independientes funcionan como semillero de los sellos grandes?
Tamarisco: — Sí, así es. Pero en el marco de su estrategia de cooptar tanto autores consagrados como algunos “valores emergentes” para después hacer lobby ante proyectos como la ley del libro y la creación del Instituto Nacional de Libro Argentino. Así, buscan competir por subsidios o impedir cualquier ayuda a emprendimientos más pequeños para eliminar cualquier tipo de competencia. Por otra parte, los adelantos que pagan son tan chicos y las condiciones tan poco favorables que a veces decimos mitad en chiste y mitad en serio que la próxima hacemos una vaquita y les igualamos la oferta. Uno no le puede pedir a un escritor que resigne dinero, porque en un punto es su trabajo, pero también quizás sea el momento de que los autores asuman las implicancias de publicar en esas editoriales.
Sborovsky: — Los sellos pequeños trabajan más, casi por definición, con el riesgo y la pasión. Tienen más margen para apostar por lo nuevo, no por la novedad. Entonces, autores muy interesantes que fueron publicados por primera vez por sellos pequeños, luego, al funcionar sus libros, fueron editados por editoriales grandes, que no arriesgan. Así, funcionan como probetas para los grandes sellos.
En este sentido, los Tamarisco coinciden en comentar que “más allá del resultado, siempre se encuentra más riesgo y diversidad en las pequeñas editoriales en comparación con las grandes. Aunque no es bueno o interesante sólo por el hecho de ser independiente”.
¿Falta de convergencia?
La FLIA –evento cultural organizado desde 2006 que permite conocer la fértil producción del under literario– tal vez sintetice esas contradicciones. “Es un espacio de sociabilidad como lo puede ser cualquier otro, pensado como un pequeño mercado para proyectos autogestivos, en general, sin discriminar ámbitos. En cuanto siga planteándose así, está lejos de conformarse como una red desde donde dar pelea a la adversidad económica y cultural”, cuestionan Sofía Silva y Ramón Tarruella, del sello Mil Botellas (milbotellas.blogspot.com). Y agregan: “No hay debate que permita plantear los problemas comunes que nos atraviesan como editoriales. Cada uno arma su puesto el día acordado, y vende. No es un espacio ideado para reflexionar sobre este nuevo campo editorial y las estrategias para mantenerse en pie”.
Los integrantes de Mil Botellas se conocieron durante un taller literario. Allí, planearon crear un sello con los mismos objetivos que el resto de los proyectos editoriales, aunque con un agregado más: rastrear y rescatar a autores perdidos u olvidados. E hicieron justicia: publicaron Cuentos breves, del anarquista Rafael Barrett (de quien Borges supo rogarle a un amigo, “con lágrimas en los ojos y de rodillas” que compre un libro de él, al que calificó de “genial”). Publican de 500 a 800 ejemplares por obra.
Algunas editoriales buscan sobrevivir y levantar sus banderas de fuerza literaria, otras apuestan a consolidarse como alternativa, aunque sin iniciativas en común. “Pese a que son proyectos de militancia literaria antes que comerciales, hay un gran individualismo y una incapacidad absoluta de actuar colectivamente, más allá de compartir una mesa en la FLIA o un stand en la Feria del Libro”, se lamentan los Tamarisco. Algo parecido piensa la editora de El Fin de la Noche: “El desafío es transformarse en una opción realmente, y para ello es necesario es necesario plantearse hacer buenos libros, dejar de regodearse en las dificultades y dejar de convencer a los convencidos”.