
Por Luis Paz
“Con la sola excepción de los alimentos, no existen en la Tierra
sustancias tan íntimamente asociadas a la vida de los pueblos,
en todos los países y en todos los tiempos, como las drogas.”
Ludwig Lewin, toxicólogo alemán, 1866.
La marihuana es muy rica, también, como relato. Su historia ejemplifica cómo los seres humanos descubrimos, exploramos, conquistamos, apropiamos y expandimos nuestro entorno; pero a la vez cómo sólo hemos podido domesticarlo en parte; aunque el mismo tema podría dársele a El mapa y el territorio, brillante novela reciente de Michel Houellebecq. El que escribe la consiguió a cambio de Vicio propio, de Thomas Pynchon, ya usado, más 20 pesos. En todas sus novelas, Pynchon cita al cáñamo; y con cada una, se acerca más al Nobel de Literatura que se reclama para él hace décadas. Las Academias admiten al cáñamo como hecho cultural en Cine, Música y Literatura; y la sociedad global, como ícono de culturas pasadas (decadentistas, beatniks, rockeros, provos, hippies). A partir de eso ocurriendo y lo demás planteado aquí, parece que no va más el hablar de una contracultura cannábica. Con sus mitos de origen, manifiestos, discos, libros, películas, autores, modas, diseños, mártires, textos fundacionales, ampliaciones botánicas, sanitarias, religiosas y farmacéuticas; y sí, por aquella pátina de ilegalidad que le cayó encima hace un siglo —a una especie que se considera que tiene diez milenios—, el discurso y la acción en torno del cáñamo ya forman cultura cannábica.
ESCRITOS CON RESINA
En La Odisea, la gran epopeya de Homero sobre la Guerra de Troya, que se fecha hace 2800 años, la llegada de Telémaco a Esparta fue recibida con nepente, bebida “que produce olvido del dolor y el infortunio” que Helena había conseguido de la egipcia Polidamna, pues allí “la tierra produce un gran número de plantas saludables”. Éste es el texto occidental más antiguo (y clásico) en el que se menciona al cáñamo. A fines del siglo XVIII, científicos expedicionarios que iban con Bonaparte —De Sacy, Rouyer, Desgenettes— asentaron las características del cáñamo de la región y otorgaron reportes a Lamarck. En Oriente, el conocimiento acumulado es mayor: doce siglos antes, por lo menos (hacia el año 2000 antes de nuestra era), los pueblos hindúes acuñaron el relato de una planta “que brotó cuando cayeron del cielo gotas de ambrosía”, presunta referencia a esa hierba, a la que llamaron manantial de felicidad o de vida.
La cita es nada menos que del Atharva Veda, Veda menor (ante Rig, Sama y Iáshur) que dio origen a una tradición paralela del hinduismo, que fue negada por el budista. Milenio después, otra narración le atribuye a Shennong, Emperador Yan, la afirmación: “En exceso, (el cáñamo) hace ver monstruos, pero si se usa largo tiempo, puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo”. Hace seis mil años no había ni Pynchons ni Nobels, pero sí cáñamo; y como la mayor parte del mundo, aún no había sido contado científicamente. En el siglo VII antes del presunto nacimiento de Cristo Jesús, Teofrasto, discípulo de Aristóteles y director del Liceo, lo menciona en su Historia de las plantas como una de las más altas especies de la botánica. En el V a.C., Herodoto confirmó que anteriormente a los griegos, los pobladores de las riberas del Araxes, entre Azerbaiyán y Persia, tenían “árboles de los frutos más extraños”, que lanzaban a una hogera; y que, sentados en ronda, “se embriagaban aspirando el humo” (Historia de las Guerras Médicas). Y también Diodoro lo cita en uno de los 40 volúmenes de la Bibliotheca Histórica, de hace 21 siglos.
D.C.: DESPUÉS DEL CÁÑAMO
Cuando Occidente logró su relato más trascendente a futuro, el bíblico, la replicación en el Oeste del cristianismo eclipsó el uso de las drogas paganas. En su estado natural, el cáñamo y el humano somos expresiones de vida, actos de conciencia universal; pero atravesados por una cultura como la del Cristianismo que aplica al Antiguo Testamento, el cáñamo y el humano pasaríamos a ser actos de una conciencia divina; con lo que la idea de la naturaleza como sistema cíclico se cambia por la de un relato lineal interpelado por la Creación. Rota la idea de los ciclos de vida, la linealidad puso en el eje la productividad o la eficacia de la vida regalada, que hoy se arraigan en conceptos como la productividad financiera y la eficacia laboral, pero por entonces eran herramientas para la Buena o Mala obra. Todas las constituciones modernas disponen o dependen de un sistema religioso ad hoc y basan sus legislaciones administrativas en un sistema de premios (exenciones) y castigos (multas).
Así como los valores mantenidos por cada sociedad influyen en las ideas que se forman sobre las drogas en cada una de ellas, como interpreta Antonio Escohotado, eminencia en la materia, en el compilatorio Aprendiendo de las drogas, por otro lado aplican determinado sistema de organización del tiempo y del espacio a sus ciudadanos. ¿Y si había una Constitución unitaria? ¿Y si las reformas hechas a ella hubiesen determinado otro plazo para la renovación de los representantes? La Organización Mundial de la Salud también tiene esos parantes, una ley y un paradigma; y entre ellos considera droga a “toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía, modifica su natural funcionamiento”. Sucede que ese funcionamiento se tipifica clínicamente en dos tipos de acciones, movimiento y desarrollo, como procesos del paso del espacio y del tiempo a través y en rededor nuestro. El vértice en el que se juntan, incluso a discutir, la lógica, la ciencia y la fe, son las categorías de tiempo y de espacio; y el uso del cáñamo atenta contra las bases de la cultura hegemónica porque uno de sus efectos es que diluye esas nociones; y el tiempo y el espacio se aparecen como ejes elásticos que ya no pueden ser administrados. Es una de las causas no investigadas sobre la que se funda este tipo de prohibición.
La cultura cannábica es el garfio que el cáñamo, sus conocedores y sus detractores, clavaron en la Eternidad; la posibilidad de un desgarro de sus ejes planos, el acto mismo de un atentado en el centro del universo simbólico. O simplemente, arte de belleza ejemplar.
“En la Edad Media europea, los remedios favoritos eran la momia pulverizada de Egipto y el agua bendita, mientras para las culturas centroamericanas (a las que el cristianismo no interpeló) fueron vehículos divinos el peyote, la ayahuasca, el ololiuhqui y el teonanácatl”, indica Escohotado, para concluir que “los monoteísmos no dudaron de entrar en la dieta alimenticia o farmacológica de sus fieles, mientras que los paganismos nunca irrumpieron en esas esferas”. Esto sirve para atender a que las leyes naturales, místicas y matemáticas, y las administrativas, legales y comerciales, son un lateral del cuadrante en el que ocurre cada cultura. La Constitución Nacional, en su artículo 19, da por ordenado que “las acciones privadas que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”. Acciones privadas vendrían a ser aquellas que uno hace solo y a la vista de nadie más, aquellas que no componen la cultura social y que por lo mismo, a partir de las definiciones de Tylor, Malinowski, Radcliffe-Brown, Levi-Strauss, Goudenough, Giddens, otros teóricos de la sociedad y el escritor Aldous Huxley, no implican un hecho cultural. El autor de Las puertas de la percepción y de Un mundo feliz aporta un categórico diseño al concepto: “La cultura es, pues, la clase de las cosas y los acontecimientos que dependen de la simbolización en un contexto extrasomático”, es decir, ajeno.
MI HUMO, NUESTRO CÁÑAMO
El uso del cáñamo, así, ocurre en el ámbito privado del cuerpo, y siempre así; pero el entramado cultural que, se supone científicamente, existe hace diez mil años –después de la tercera migración desde lo que hoy es el Medio Oriente hacia las actuales Europa y Asia meso-occidental durante el Neolítico–, cuando se la domesticó y aplicó a una dieta, ocurre en los confines de lo público. Esta tensión, sobre hacer la obra que se deseé en torno del cáñamo, salvo un porro, una compra-venta o un traslado –y si es un libro como Vicio propio, una película como Kids, un programa como Peter Capusotto y sus videos, una obra plástica como la de Alex Grey, una música como la de los Beatles, a citarla entre nuestras cosas favoritas en Facebook–, corta soberbiamente dos de los ámbitos del asunto, la fé rastafari y la ciencia botánica; pero le deja legalidad al comercio simbólico del cáñamo.
El Arte es hoy una industria. O bien las obras artísticas abastecen cierto mercado y el arte es hoy la propiedad de un artesanato. De cualquier modo, ofrecen simbologías, y a partir de ellas, maneras de administrar la vida en el mundo. Comprar un disco, un libro o una película implica una posibilidad, quizás de lo más nueva, quizá apenas diferente, que se abre. La que aparece en torno de la cultura cannábica es la de contar la historia del mundo desde un punto de vista de lo más alternativo, en el que tiempo y espacio quizá no sean hechos necesarios por lo que, por ejemplo, expresó Theóphile Gautier en Le club des Hachichins, 1843: “Nunca me había inundado semejante beatitud”. Algo que se aplica a las ideas del rastafar-I; pero que conmueve en los poderes administrativos: si se llega a la ley divina, la ley social administrativa caduca; y el sistema de planificación de los bienes en tiempo y espacio cae. Los prohibicionistas siempre han sido imperios hegemónicos: Persia, Egipto, Francia, Estados Unidos ya han sido mencionados en este texto. Hay otros dos escritos, sobre la historia de los Assassins, narrados por De Sacy y Von Hammer a comienzos del siglo XIX: en 1090, Hasan ibn al-Sabbahm creó la orden ismaelita, organización que sirvió de modelo a órdenes religiosas y militares modernas, como la del Temple y la de los Caballeros Teutónicos, y tuvo en sus tropas a los Haxixins o Hashashins, mercenarios pagados con haxix, una concentración de cáñamo resinosa y psicoactiva. La palabra “asesino”, utilizada en el castellano, deriva de aquel término de cuña persa. La cultura cannábica aportó una de las palabras más usadas en los medios de comunicación hoy día. Medios que, por cierto, incluyen publicaciones especializadas como las revistas THC y Haze.
LA VARIEDAD CANNABIS MASIVA
Según estimaciones de la OMS, el cáñamo está extendido por los cuatro continentes y es también la droga más antigua. El cáñamo es consumido por alrededor de 300 millones de personas. Según la Columbia University, hasta los ‘70, los principales productores fueron México, Colombia, Panamá, Jamaica, Tailandia y Laos. Desde entonces son los Estados Unidos, a quienes, desde 1988, cosechar les reporta más dinero que su cosecha cerealera y su industria pornográfica, una suma cercana a los 50.000 millones de dólares. Disociada de la pertenencia a determinada subcultura, la marihuana, su uso y su obra asociada han estado siempre pero, sobre todo desde los movimientos juveniles del tercer cuarto del siglo pasado, protagonizados por hijos de la posguerra, han salido a la luz general y se han corrido del foco corto de los guetos culturales: desde que no se fuma para ser un beatnik, la obra cultural cannábica traspasó las fronteras del nicho para incluirse en la industria mainstream. No toda la cultura es cannábica, por suerte: cualquier estrechez es poco valiosa. Pero los ámbitos modernos que contribuyeron a generar elásticamente –el reggae, el stoner, el pop psicodélico, un tipo de humor, de cine, de videojuegos, de teatro, de dieta, de misticismo– se ampliaron entonces hasta tocarse con los cánones e impregnarlos de resina. Cheech & Chong, (This is) Spinal Tap, Antonio Escohotado, Wassup Rockers, Grand Theft Auto, Los Natas, Babasónicos. Dumas, Charlie Sheen, Bob Dylan, Gautier, las Transfigurations de Alex Grey, los Beastie Boys, Soderbergh, Byrne. Sofía Gala Porro y la planta del baterista de Callejeros, también.
La cultura cannábica es ya un tema que se discute en peluquerías, se ve en los puestos de diarios, que no implica contracultura. Y lejos de ser esto algo perjudicial, significa el beneficio de la adhesión de un acto de conciencia universal al relato lineal del mundo moderno. La cultura cannábica es el garfio que el cáñamo, sus conocedores y sus detractores, clavaron en la Eternidad; la posibilidad de un desgarro de sus ejes planos, el acto mismo de un atentado en el centro del universo simbólico. O simplemente, arte de belleza ejemplar.
Fuente: NaN #6 (marzo-abril 2012)