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“No le temo al cliché”

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No se pone en el lugar de cineasta rompemoldes porque considera que pocos pueden serlo. Cuando le preguntan por su estilo, se apoya en la influencia del cine hollywoodense tradicional. Quién es este actor, guionista y director referente de la comedia romántica local que le escapa al mote de Woody Allen argentino. Fotografía: Victoria Baraga

Por Nahuel Gomez

“Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina’. Y el doctor responde: ‘¿Pues por qué no le mete en un manicomio? Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues, eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.”
Annie Hall, Woody Allen

Martín Piroyansky necesita los huevos. Recurre a ellos para componer personajes o crear historias. Se ocupa del amor como una excusa para el humor o del humor como paliativo del amor. No importa. En eso anda, en ese juego absurdo que tanto le (nos) gusta. Sus personajes suelen vincularse con la inseguridad, la incomodidad, la derrota y las complicaciones de todo tipo (es decir, con el amor), más allá de que ha sabido arreglárselas en otros terrenos. La actuación en el cortometraje Un juego absurdo (2009) y, en mayor medida, el éxito viral que hace ya un par de años tuvo No me ama (corto que dirigió, guionó y protagonizó), hicieron que su figura se convirtiera, para muchos, en una referencia inmediata de la comedia romántica de nuestros lares. Aún se puede ver en algunas salas el largometraje Abril en Nueva York, que también reproduce yeites del género.

Como espectador, dice “gustar del cine en todas su formas”. Como director, advierte que siempre tuvo interés en “investigar el humor y el amor”, aunque no deja cerrada la puerta a nuevos rumbos. Como actor, su physique du rol parece estar igual de claro: el tipo débil, neurótico, obsesivo y psicoanalizado. “El de neurótico es un lugar fácil para mí. Es que siento menos desafíos cuando hago personajes parecidos a mí; o no sé si tan parecidos, pero yo tengo claro que mi clown es ese”, reconoce. ¿Y en la vida? “En la vida me hago un poco el tonto, me siento más cómodo pareciendo tonto. Es un mecanismo de defensa que tengo.”

―¿Sabés distinguir con facilidad entre un personaje que “va con vos” y uno que no?
―Si bien si el personaje que está alejado de lo que habitualmente hago también me interesa, me daría vergüenza hacer de villero, por ejemplo. Nadie me va a creer si hago de villero. Me sentiría un caradura haciendo ese papel. Igual, no deja de pasarme que a veces me proponen personajes que hacen que me pregunte “¿para esto me llaman?”.

―¿Cómo manejás esa identificación con el personaje neurótico?
―La gente suele reconocerme en esos personajes, y yo no los hice tantas veces. No sé por qué pasa eso. En Cara de queso no hago eso, en XXY y La araña vampiro tampoco, en Vino para robar quizás un poco.

―En general tus personajes suelen ser más bien perdedores en lo amoroso…
―También tiene que ver con el humor. Es más común ver que los protagonistas en películas de humor sean tontos y perdedores, mucho más que genios. No me interesa actuar de tipos inteligentes. Me siento mejor haciendo de tonto.

El interés de Martín por la actuación viene desde casa. “En mi familia éramos muy cinéfilos. Gente que le daba bola al cine y que trataba de ver muchas películas, no sé si cine arte o cine culto, pero cine al fin. Con mi papá íbamos a ver todos los estrenos”, recuerda. A raíz de eso, a los siete años empezó a tomar clases de teatro con Nora Moseinco. Por entonces, ella era la directora de actores de Magazine For Fai e invitó a Piro a participar de aquel delirante (y a esta altura mítico) programa de TV ideado por Mex Urtizberea. En esa cantera, se formaron, además de Piroyansky, actores como Laura Cymer, Julián Kartún, Julieta Zylberberg. Martín Slipak y Violeta, la hija de Mex. “Yo me divertía con todos como un niño que era, pero me daba cuenta de que estaba bueno lo que hacíamos. Después de grande lo volví a ver y tomé mayor conciencia de lo genial que era ese programa. Está buenísimo haber formado parte de eso”, comenta. Su recorrido actoral en TV incluyó también participaciones en Perdona Nuestros Pecados y Campeones de la vida.

Zafó de “la maldición del niño actor” y, ya entrada la adolescencia, pudo comenzar a revalidar lo que prometía en televisión con sus participaciones en cine. Comenzó en Sofacama (2006) haciendo de un púber enamorado de una mujer madura interpretada por María Fernanda Callejón. Siguieron otros trabajos, como el papel dramático que realizó en XXY (2007), de Lucía Puenzo —su mayor acercamiento al cine mainstream—, películas independientes como Excursiones (2009), dirigida por Ezequiel Acuña, y La Araña Vampiro, a cargo de Gabriel Medina.

Sin dudas, Ariel Winograd se lo apropió como actor fetiche: Cara de queso (2006), Mi primera boda (2011) y Vino para robar (2013) fueron tres films en los que el director comprendió que lo de Martín viene por el lado del humor.

―¿Qué tipo de humor te atrae en particular, más allá del que ya has hecho?
―El stand up, las sitcoms, las películas mudas, el humor físico. Me gustaría alguna vez hacer algo con un poco de todo eso.

―En el suplemento Radar de Página/12 te pidieron elegir una escena de cine que te haya marcado y seleccionaste una de La Máscara. ¿Por qué?
La Máscara fue importante para darme cuenta de que quería dedicarme a actuar. Jim Carrey era un humano haciendo de dibujo animado. Me parecía increíble, yo quería hacer eso. Después, con el tiempo, mi humor no termino siendo algo súper expresivo como el de él. Más bien todo lo contrario. Siempre hago personajes parcos, no tan expresivos, un humor más parecido al inglés, con cara neutra, o como el de Buster Keaton. Pero sí, tanto él como los hermanos Farrelly (Peter y Robert, directores de Irene, yo y mi otro yo, Loco por Mary y Tonto y retonto) hacen un cine mainstream, por cómo está filmado y las historias que muestran, pero son también muy atrevidos, son valientes. Se zarpan y son incorrectos: hacen chistes negros, con discapacitados, por ejemplo. Y lo cuentan todo con mucha calidad y claridad. Es algo que tomo como director y actor. Me gustaría hacer películas filmadas en función del gag, sin búsquedas estéticas sofisticadas. Que sean simples, bien filmadas, bien contadas.

―¿Por qué pensás que se suele menospreciar el trabajo de los Farrelly y de Carrey, entonces?
―La comedia en general es menospreciada. Eso siempre fue así. Chaplin fue reconocido recién casi cien años después. En su momento era uno más.

―No pasa algo similar con Woody Allen…
―No es tan valorado. En Estados Unidos, al menos, no lo es tanto. No le dan plata, filma en otros países porque no le dan bola. En la Argentina tiene una llegada increíble. Me arriesgo a decir que Woody es mucho más importante acá que allá. Allá es uno que hace comedias inteligentes, que les gustan en general a los actores. Acá se estrena una de él y le va bien. Con Blue Jasmine está pasando eso.

―¿No hay alguna coincidencia entre vos y Woody Allen en la manera de actuar y en los personajes que eligen hacer?
―Me lo viven diciendo desde la adolescencia. También tengo una cara de judío tremenda y uso anteojos, es imposible no asociarme. Encima soy bastante neurótico. Pero no es que me senté a ver sus películas para hacer algo parecido. Lo admiro, pero como también admiro a David Lynch o a Jim Carrey.

―Le gustás a las minas con la excusa del perdedor adorable. Martín, ya nos dimos cuenta.
―¿Les gusto a las chicas? ¿Sí? Qué bueno. Yo creo que todos los hombres hacemos lo que hacemos para estar con mujeres. Un tipo que está investigando la cura del cáncer quiere descubrirla para poder acostarse con muchas minas. A la larga es lo que más nos importa. Vi una entrevista que le hacían a Bioy Casares y él contaba que cada vez que se le ocurría una idea se la contaba a mujeres, y si veía que a ellas les interesaba, ahí recién iba y la desarrollaba, pero si no les parecía interesante, la descartaba. Además, cuando escribo cosas para mí trato de buscar actrices muy lindas porque yo decido todo… Bah, no necesariamente, estoy mintiendo.

―Hay un tipo de perdedor del amor que se vincula con el nerd/geek que no la pone nunca. ¿Pensaste en algún momento interpretar o dirigir un personaje humorístico de ese tipo?
―Sí, de hecho estoy pensando en hacer algo con eso pronto, para el año que viene. En hacer alguien con un vínculo con la tecnología más cercano. Me parece divertido. En la vida real no lo tengo. Soy un adicto a Internet, como cualquier pibe de mi edad, pero no entiendo nada de tecnología.

―Internet te dio una mano importante. Mucha gente te reconoce por el éxito que No me ama tuvo en la web.
―Es verdad, en una época solo me reconocían por eso. Muchos pensaban que era mi primer trabajo como actor; sólo era el pibe que actuaba en No me ama. Teniendo en cuenta que además yo la dirigí y guioné, me parecía todo muy loco.

―¿Qué te causa que se identifique sólo por eso? ¿Es el hit que no querés cantar?
―Es un logro para mí. Lo tomo positivamente porque lo hice yo y tiene reconocimiento. Me copa mucho que le guste a la gente, más allá de que no conozcan mis otros trabajos.

En No me ama ―como en La araña vampiro, película dirigida por Gabriel Medina y estrenada en el Bafici 2012, donde Piro recibió el premio del público al mejor actor― hay una relación muy interesante entre la locación elegida y la personalidad de los protagonistas. Piroyansky interpreta a un joven que se va de vacaciones con su novia, en un viaje de mochileros por las costas uruguayas. Recorren playas, parajes silenciosos y se ven paisajes hermosos. Pero dentro de la mente del protagonista —un tipo urbano y algo torpe— se esconden mil preocupaciones, de lo más patéticas. Entre ellas, la que sirve de eje para la historia: él está turbado porque ella nunca le dijo “te amo”. En el largometraje de Medina sucede algo similar: las sierras del Valle de Calamuchita, en Córdoba, son el marco donde Gerónimo, un veinteañero con ataques de pánico, da muestra de lo ajeno que le es un lugar de esas características. En ese film en particular, hay escenas en las que causa gracia su situación de tipo de ciudad perdido en un paraíso. No parece haber sido buscado, pero es lo que provoca en general ver a Piroyansky actuar. Sin dudas, el choque entre el contexto, una determinada personalidad y un cuerpo como el suyo (con sus facciones particulares y una condición física endeble) suele generar situaciones absurdas. “La idea fundamental de la película es ésa. Poner un tipo de la ciudad en medio del bosque. Ahora, que eso resulte gracioso no fue buscado. Mientras se proyectaba el film nos llamaba la atención, al director y a mí, que ciertas escenas provoquen la risa del público”, reconoce.

Actualmente está filmando su nuevo proyecto, Tiempo libre, un falso reality show producido por la Universidad de Tres de Febrero, para el futuro canal de TV de esa casa de altos estudios, UN3. En este trabajo, Martín intentará mostrar la vida de un actor desocupado (su vida), recurriendo al humor como eje articulador de las situaciones, una vez más. “Hay un equipo de filmación todo el día en mi casa mostrando mi tiempo libre, mientras no hago nada”, cuenta. Por lo que anticipa el trailer, se tratará de una ficción no tan tradicional como las que se muestra en la TV de aire.

―¿Qué pensás de la televisión abierta argentina?
―Me parece increíble, técnicamente es una de las mejores. Los programas diarios tienen una calidad que no se puede creer. Hablo de todo lo que es Pol-ka o las producciones de Telefe. Se cuenta algo, se ve perfecto. Tendré mis objeciones y cosas que no me gustan, pero no puedo dejar de admitir que me parece una televisión buenísima. La tele argentina le rompe el culo al resto de la tele de otras partes del mundo que he visto.

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Fotografía: Victoria Baraga

―¿Y en cuanto a lo estético y los temas que se tratan?
―Hay que entender que es televisión. Me encantaría que se arriesguen y que hagan cosas re locas, y también formar parte de ellas, pero es complicado que pase. En la televisión mainstream no podés hacer muchas cosas. Funciona de esa manera. Me encantaría que me dieran la oportunidad de hacer mi producto tratando de equilibrar entre lo popular y lo arriesgado. En algún futuro me gustaría hacer un programa de televisión grande. Que pueda llegar al público en general y que tenga algo de riesgo.

―¿Qué te parecen los programas de humor? ¿Ves alguno?
―No veo tele en general. Conozco la tele, trabajé allí muchas veces, pero perdí la capacidad de verla.

Lo rebuscado no está en la esencia de Piroyansky. En sus trabajos como director, o simplemente cuando le preguntan por su estilo, suele apoyarse en la influencia del cine hollywoodense tradicional. No ocupa el lugar del cineasta que rompe moldes, porque considera que pocos pueden hacerlo. Pretende un cine “popular” en el que se cuenten buenas historias. Ni siquiera se sonroja cuando reconoce que le gusta recurrir a algunos clichés. Va a los bifes.

―¿Por qué esa búsqueda por la simpleza para contar?
―Es muy difícil contar poco, como para enroscarse y contar más. No me saldría hacer algo así. No podría dirigir Memento, por ejemplo, por más que me guste. Las cosas que me gustan están más emparentadas con el cine norteamericano, donde es raro encontrar algo tan complejo.

―¿En tus películas no habrá nunca lugar para un cine más lento o atmosférico, por ejemplo?
―No me interesa. Sobre todo en un corto, me parecería erróneo hacer algo lento. Como realizador, me interesa ir al grano. Tanto en el largometraje como en el corto. Me gusta el ritmo. No me gusta que decaiga, no me gusta que haya escenas largas. Para mí siempre tiene que pasar algo, no tiene que parar. Es lo que en este momento me interesa. Por ahí en otro momento me vuelque hacia lo contemplativo. Me gusta el cine asiático, que es súper contemplativo, y lo re banco, pero me parece que para hacer eso hay que tener mucha preparación, es muy difícil filmar algo lento y hacerlo bien. Es algo que admiro mucho y respeto a la gente que puede hacerlo en serio.

―¿Pensás que el cine indie está lleno de gente que cree que puede hacer esas cosas?
―Más allá del cine indie, creo que surge del ámbito estudiantil. Es un fenómeno que en la Argentina genera Lucrecia Martel. La existencia de una mente tan brillante y talentosa como esa confunde. Y muchos estudiantes creen que todo es simple, que es poner la cámara y que pase el tiempo. Y no es así. Lucrecia tiene mucha preparación, tiene mucho cine encima y su forma de filmar es mucho más compleja que eso. Es un poco lo que pasaba con Resnais durante la época de esplendor de la nouvelle vague: él filmaba de una manera y los estudiantes de cine franceses lo imitaban. Pero hacían películas que eran un embole, salían cosas horribles.

―Sos actor, director y guionista. ¿Cuál de los tres roles ves como eje principal para que una película funcione?
―Un buen guión es muy difícil de destruir. Podés tener buenos actores y buenos directores pero con un mal guión la película resulta un desastre.

―¿Qué opinás del cine argentino mainstream?
―El cine nacional es muy variado y eso me alegra. Me gustaría que hubiese más cine mainstream; hay poco cine de ese tipo. Banco mucho que se escriban historias con mucha llegada y que se produzcan películas grandes dejando los negocios de lado e invirtiendo en la película en sí.

―¿Te referís a un sentido estético o en cuanto al dinero que tenga invertido?
―Una película con mucho dinero arriba definitivamente va a ser mainstream. Me gustaría que haya más películas grandes que pretendan llenar las salas.

―Vas y venís entre el entre el cine comercial y el under. ¿Es porque a veces tenés que pagar el alquiler o se trata sólo elecciones estéticas?
―Me atraen ambas cosas, siempre y cuando el producto esté bueno. Me encanta hacer una peli de Ezequiel Acuña y ganar un peso. También me gusta hacer algo mainstream como Mi primera boda. Lo que intenta Ariel Winograd es hacer cine comercial, pero con el mismo amor que le pone Ezequiel Acuña. Solamente que Winograd quiere contar una historia con más llegada, quiere llenar la sala desde el guión y a Acuña eso no le interesa. Disfruto de los directores y de sus guiones. Me gustaría trabajar en más películas mainstream, que existan más películas así. Pero igual me gustan los dos terrenos.

Pablo (Abril Sosa, ex baterista de Catupecu Machu) es un rockero vago y borracho que vive con Valeria (Carla Quevedo), su novia, en el departamento que ella alquila en Nueva York. Valeria trabaja de recepcionista en un restaurant para pagar su estadía en la ciudad. Pablo pasa el tiempo de entrecasa y a veces, en general con poco éxito, encuentra lugares para tocar. La relación entre la pareja parece agradable. Son los típicos novios simpáticos que se divierten entre ellos ignorando todo lo demás. En el transcurso del film, la relación va tomando tintes dramáticos. Pablo no para de hacer quedar mal a Valeria frente a sus amigos; llega a su casa de noche, ebrio y sin haber hecho nada productivo en el día. Las transgresiones de Pablo exceden un límite y Valeria se termina hartando. Al mismo tiempo, ella conoce a Ben (Matt Burns); un yanki burgués gentilhombre, de aspecto caballeroso —un estereotipo de príncipe azul—, que se enamora y le provoca unas cuantas dudas. Esto es Abril en Nueva York, la comedia romántica que Martín filmó casi por casualidad, con un estilo y una producción bastante informal.

—¿Venías pensando en hacer una película así?
—No. A muchos cineastas nos pasa que estamos en una situación y decimos “qué bueno estaría filmar esto”, y estaba en Nueva York con una pareja divina, súper carismática y linda, como la que era en la vida real la de Carla y Abril. Tenía ganas de escribir sobre la separación de una pareja, y bueno, ahí vi la oportunidad. La consigna era ir escribiendo día a día, lo que se me fuera ocurriendo, sin demasiada planificación. Todas las mañanas me levantaba y hacía las escenas del día. Cualquier capricho se filmaba, lo que me parecía muy divertido.

—¿Cómo se manejaron con las locaciones en una ciudad como Nueva York siendo extranjeros?
—Ya sabía lo que tenía. La casa de ellos, el trabajo de ella y alguna que otra cosa más. Es decir, nada. Gran parte del film transcurre allí. Después, hacia al final de la película, la misma historia fue pidiendo más locaciones y ahí el equipo fue buscando lugares. Pero el restorán era el trabajo real de ella, por ejemplo; no había más que eso.

—¿Qué sabías de los guiones antes de comenzar a filmar?
—Sabía que la pareja se iba a separar. En la realidad después se separaron, pero espero que no tenga que ver conmigo (risas). Y la idea de la película era que fuera un musical. Hubo una parte que sobrevivió, pero la película tenía cinco partes musicales que después en el montaje se terminaron sacando, porque no funcionaban. Me parecía divertido porque no tenía equipo ni guión. Filmar algo como un musical, tan pretencioso como es, era muy loco. Para hacer un musical necesitás todo y acá no tenía nada. Recién en el montaje nos dimos cuenta que era mejor contar una historia.

—¿Te gusta particularmente el género musical?
—Me gusta el concepto del musical. Me atrae la idea de que es un género que todo el tiempo se hace cargo de que es mentira. No pretende ser realista. Una película que te está diciendo “esto que estás viendo es mentira”. Que la gente cante en la calle como idea me encanta, me parece lo más cinematográfico posible. Pero bueno, también para hacer un musical necesitás mucha preparación.

—El personaje de Abril Sosa parece ser un antagonista de los personajes que solés interpretar. Es un rockero canchero, soberbio, algo imperfecto y vago, pero despreocupado al fin…
—Hay algo que me gusta mucho de los rockeros, que me parece muy contrario a mí. Me encantaría ser eso en algún punto de mi cabeza.

—¿No es una venganza contra lo que no sos? ¿Construiste al tipo que odiás?
—A mí Pablo me parece adorable. Se manda cagadas pero no podés dejar de quererlo. Siento mucha empatía con el personaje de Abril. Hay mucha gente que no soporta al personaje y mucha gente que lo ama. Yo lo amo. Yo amo a los tres, de hecho. Me encanta ella con su postura hinchapelotas, él con su actitud de colgado y el yanqui con sus problemas para relacionarse con el personaje de Carla.

—¿Con el personaje de Matt Burns buscabas el cliché del galán que viene a hacer de contrapartida a un tipo con muchos defectos?
—La película en sí juega con los clichés. En la acción de estar escribiendo una película en el aire uno también cae en esos “lugares comunes”. Igual, no le tengo miedo al cliché. Hay que saber usarlo. Es todo un procedimiento. Está bueno que exista, por algo existe. Lo que me pasaba con Ben es que era el típico “yuppie” que viene a levantarse a la chica. Era eso, claro, la contrafigura del desastre que era el protagonista. Pero también tiene sus problemas. Cuando la encara a Carla por primera vez actúa como tarado.

—¿Cómo es tu relación como actor con los directores?
—En general, la mía es buena. Por suerte laburé con directores que me encantan y me han enseñado mucho. Se genera un vínculo especial. Casi paternal. Yo disfruto mucho estar a las órdenes de otro. Me encanta que me dirijan. No me gustan los directores que no tienen claro lo que quieren.

—¿Y como director? ¿Cómo te relacionás con los actores?
—No sé si tendrán buenas referencias sobre mí. Dejo bastante solos a los actores, pero lo hago conscientemente.

—La actuación de Abril sorprende, porque es su primer papel y lo hace bastante bien. No parece que lo hubieras dejado solo.
—Yo estoy atrás de los actores pero nunca sabés con qué te pueden salir. Lo de Abril, por suerte, se dio naturalmente. Me interesa mucho ver qué tiene el actor para dar. En ese sentido, abro mucho el juego para que ellos puedan plasmar sus ideas en la escena. Obviamente, siempre dentro de un marco que yo fijo.

Fuente: NaN #15 (noviembre-diciembre 2013). Conseguila escribiendo a hola@lanan.com.ar.