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“Soy un modernista melancólico”

 

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Historietista con seudónimo de filósofo alemán, su libro “Lenin y vos”, que compila tiras publicadas en Internet, fue una de las revelaciones de 2014. Lo desestima con una observación de su público: “Quedé en una esquina muy oscura en donde confluye gente de la academia a la que le gusta leer historietas y gente de la historieta que tiene cierto interés en cuestiones académicas. Son minorías, tanto de un lado como del otro.” Ilustración: Bruno Bauer

Por Marcelo Acevedo

Bruno Bauer no es Bruno Bauer. O al menos ese no es su verdadero nombre. En realidad se trata del seudónimo que utiliza el autor de la tira Lenin y vos al momento de firmar sus creaciones. Este historietista enigmático que se esconde tras un alias ligado a la filosofía moderna habla a través de su obra, responde por medio de sus personajes, replica con chistes irónicos y se ríe de todo el mundo. No importa si se trata de personajes intocables para los argentinos, filósofos, intelectuales, políticos o líderes espirituales, nadie se salva de la guillotina intelectual de este autor que, entre críticas profundas disfrazadas de chistes ácidos, propone una manera novedosa de leer y entender la historieta humorística nacional. “La ilustración no se paga bien. Por ahí el secreto de la ilustración es hacer dos millones de laburos juntos. Pero bueno, son las reglas, las acepté y estoy contento”, comenta sobre el difícil oficio del dibujante. Este Bruno Bauer, el nuestro, es un personaje que se gana la vida dando clases de historia porque la historieta rara vez da de comer; un joven verborrágico sentado a la mesa de un bar en Retiro respondiendo preguntas con celeridad y elocuencia, explayándose sobre su historieta, transgresora y difícil de encasillar, editada en conjunto por La Parte Maldita y la revista Comux; libro que yuxtapone humor, ironía y sarcasmo con filosofía política, historia, sociología y reflexión lúdica, interpelando constantemente al lector.

El otro Bruno Bauer (el verdadero) fue un filósofo a quien Marx, otrora su discípulo, criticó duramente en algunos de sus libros. Y lo mismo le sucedió con Nietszche, otro alumno despechado. Discrepancias de ideas, le dicen. O en palabras más burdas “puterío entre filósofos alemanes”. Justamente esas diferencias ideológicas, los vaticinios errados, el pasado revisitado y las contradicciones de aquellos actores sociales que quedaron, para bien o mal, en la historia son los nutrientes básicos de Lenin y vos, en cuyas tiras el autor se disfraza de Bauer, quien a su vez se transforma en un Lenin que conduce su propio programa de televisión para ridiculizar a algunos y reírse con otros. Bauer, el de acá, no parece tener reparo en criticar y mofarse de personajes tan dispares como Oesterheld, Marx, Nietzsche, María Teresa de Calcuta, J. P. Feinmann, Cortazar, Orwell y Perón. “Me burlo de la gente que quiero”, explica Bauer sonriente. “Hago chistes con Zizek, Walsh y Mafalda, y yo crecí leyendo Mafalda. Creo que eso se cortó cuando apareció Pigna, porque a él ya no lo quiero.”

Lenin y vos comenzó como una historieta que circulaba sólo por correo electrónico entre unos pocos y terminó en un libro que compila esas tiras. ¿Cómo fue el salto de la casilla de email a librerías y kioscos de diarios?
—Las historietas primero circulaban por email sólo para los amigos. Después se hizo medio inmanejable y abrí el blog. El blog andaba bien pero no podía medirlo, no tenía parangón. Después salió Facebook y ahí sí lo pude medir. Es un medio absolutamente autopropagandístico, te pone así de grande la cantidad de gente a la que le gusta. El blog tiene esa cosa más burguesa: sólo se ve la obra y si querés ver los números tenés que entrar a otra página. En ese sentido, Facebook es bien grasa, y si fracasás se nota mucho también. Más adelante, a propósito Facebook, donde vimos que se copaba mucha gente, se acercaron unos flacos de la revista Comux, un emprendimiento que hacen estudiantes de ciencias de la comunicación, muy a pulmón. Les entregué algunas historietas y, como andaban bien, se asociaron con La Parte Maldita, que es una editorial de poesía y libros de teoría que quería incursionar en el cómic. La verdad que los pibes de Comux hicieron un gran laburo con el diseño, porque no son profesionales, son estudiantes de comunicación, y yo estoy muy contento con cómo quedó.

—En el libro no hay historietas nuevas, sino una especie de compilación de trabajos que se publicaron en el blog y en Facebook. ¿Vendría a ser como un “grandes éxitos” de Lenin y vos?
—Quizás sea como una síntesis. Metí algunas historietas que en realidad ya no son nuevas porque en algún momento no aguanté más y las difundí, pero hay dos o tres historietas de estreno que quisimos que aparecieran primero en el libro. La mayor parte del material no es nuevo, porque imaginate que lo vengo realizando desde 2008. Está filtrado: hay cosas que quedaron afuera porque eran malas. Igualmente no me veo sacando otro libro así el año que viene, porque para éste me hicieron falta seis años de laburo. Fue un momento de súper inspiración y fue muy novedoso. Sigo dibujando, pero no quiero empezar a repetirme, entonces tengo que empezar a laburar menos.

—¿Ser historietista es una vocación o simplemente elegiste este lenguaje porque era el mejor medio de expresar tus ideas?
—Claro, lo elegí como un medio, pero como un medio que yo sabía que podía llevar adelante. O sea, la música no era una opción para mí. O la literatura, que me encanta. Porque si no te da, no te da. Además elegí algo inmediato.

—Y elegiste un medio de comunicación como Facebook, la inmediatez por excelencia. Sin embargo, tus historietas tienen mucho diálogo, están llenas de texto, hay que tomarse un tiempo prudente para entenderlas en su totalidad.
—Tuve que reducir muchísimo el texto, porque en Facebook la gente no lee, mira. Las historietas de Lenin tienen mucho texto, y desde que pasé del blog a Facebook empecé a hacer instintivamente más historietas del Profesor Lombroso, porque me daba cuenta de que el de Lenin era mucho laburo y siempre tenía menos visitas.

—Decís que la gente no lee en Facebook. ¿Es una mirada con respecto a Internet en general?
—No, creo que se lee en Internet. Se lee para el culo, pero se lee. Hay como toda una teoría medio apocalíptica, tipo Theodor Adorno, que dice que la tecnología no nos hace bien. Y no, en realidad se lee. Incluso creo que las tecnologías contribuyeron a afianzar cierto espíritu de Twitter, por ejemplo. No quiero decir que va a ser la cuna de la nueva literatura, no soy así de optimista. Pero esos límites que te pone, sirven. Vos pensá que el blog también era onda “me clavé dos pepas y taca, taca, taca”, pero no soy Philip Dick (risas). Lo que me quedó es una verga que no tiene un solo punto aparte, una cosa re ilegible. Y el Twitter te disciplina. Hay tipos que de un tweet hacen un post para un blog y que de eso después te sacan un libro. Se lee y se escribe mucho gracias a las redes sociales.

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Ilustración: Bruno Bauer

—Recién nombraste a Adorno y hablaste de una teoría apocalíptica. ¿Te considerás apocalíptico o integrado?
—No me considero totalmente integrado. Estoy en un medio como la historieta en Internet y no es que esté orgulloso, asumo que no dibujo muy bien. Sé que hay un montón de desprolijidades, utilizo recursos bajos, son historietas realizadas con tinta y papel tipo siglo XIX mezclando el registro muy alto con el registro muy bajo. En ese sentido, sí, soy súper integrado. Lo que no hago es festejarlo. Hay un poco de melancolía en el fondo, que no es ser apocalíptico. Porque yo también quiero escaparme de esa cultura como la izquierda de los ’90 acá, que se volvió apocalíptica. Y con razón, porque la verdad que se les cayó la estantería, pero tienen que entender que el proyecto de izquierda nunca fue apocalíptico. La izquierda era optimista. En la izquierda revolucionaria moderna, o sea el marxismo, cierto socialismo y el anarquismo, la onda era “el mundo va para adelante, la tecnología y el desarrollo humano te van a llevar al socialismo”. No eran amargados que terminaban derrotados, no eran románticos que se sentían al margen de un mundo que no los entendía. Eran chabones híper modernos. Marx no era un tipo negado, a él le encantaba todo lo que había, lo que pasa es que aspiraba a superarlo. Después la cosa se complicó y apareció una izquierda muy de mierda que es casi conservadora. Adorno y Horkheimer, por ejemplo: la reproducción técnica es mala, la cultura de masas es mala, la música moderna es mala, el ritmo es malo. No hay mucha diferencia entre lo que puedan decir ellos y el Opus Dei, al final. Con ese tipo de apocalíptico yo no me identifico para nada. Yo soy un modernista, pero un modernista melancólico.

—Tu historieta no deja de ser elitista en cierto modo. Si no conocés a los personajes que aparecen o no leíste ciertos libros, te quedás afuera del chiste, te perdés la mitad de lo que se está contando.
—Si leíste los mismos libros que yo pero no de la misma manera, si los entendiste de otra forma, por ahí también quedás en offside y no entendés el chiste.

—Pero con la lectura de esos libros al menos podés hacer una crítica o disentir con el autor. El problema es para los que no leyeron ciertos libros o no conocen a estos personajes.
—Sí, es lo que más se me critica. Me lo decís vos ahora, me lo han dicho en otros reportajes, me lo han dicho amigos. A veces incluso en los comentarios en Internet. Me hago cargo. Es el rasgo más visible y es lo que en un punto me marginó de cierto mundo de la historieta. Quedé en una esquina muy oscura en donde confluye gente de la academia a la que le gusta leer historietas y gente de la historieta que tiene cierto interés en cuestiones académicas. Es una minoría, tanto de un lado como del otro. Al principio le ponía textos muy largos porque quería que tuviesen algo de manual, quería que la historieta se autoexplicara. Tenía esa intención didáctica. Después me bajé porque era imposible de resolver materialmente. Me hago cargo del elitismo, no estoy orgulloso de él, pero hay una explicación: la historieta empezó para amigos y yo nunca pude saber cuánta gente más me iba a leer, nunca pude concebir un lector. Entonces seguí en la onda de dibujar para un conjunto de gente que yo sabía que me leía y me conocía.

—¿Hay una búsqueda de transgredir, de generar en el lector alguna reacción tocando la fibra sensible de cierto sector argentino, satirizando a sus vacas sagradas?
—Sí, pero acordate lo que dije antes: no sabía a cuánta gente llegaba. Cuando sabés que sos masivo trasgredís a bocajarro, pero yo no sabía si estaba provocando a veinte amigos, a un grupo de estudiantes de Puán o a 30 mil personas que me siguen en Facebook. Nunca lo pude saber, hasta hace poco. Hoy sigo provocando, pero me parece que aquella provocación tenía un grado de inocencia que la hacía un poquito más valiosa. La incorreción política si no tiene un contenido termina en la paja total. Teniendo en cuenta que la Argentina no es Suecia y que acá no hay una cultura de corrección política que haría que si vos dijeras “para mí los negros son inferiores” se diera vuelta todo el mundo. Este es un país en donde a la incorrección política la ves en la calle, en ese colectivo que estaciona en diagonal, en ese tipo que mientras dice “no, porque estos negros…” le acaricia la cabeza al hijo de cinco años. Es una cosa medio perversa. Acá ser políticamente correcto es hasta cierto punto ser políticamente incorrecto, porque hay una cultura oficial que recontra reivindica el racismo, el clasismo y el sexismo. Somos un país de derecha. Entonces la incorreción política, si no tiene un contenido, termina siendo un culto a la corrección política. No reivindico esa incorrección política, por eso digo que la mía es en un punto inocente. Estaba tratando de provocar a un conjunto de amigos específicos, y todo desde el afecto, desde la empatía. Hay un componente afectivo fuerte en lo que hago. Hasta cierto punto yo decía “me burlo de la gente que quiero”. Para burlarme de alguien tengo que conocerlo mucho porque tengo que jugar con el discurso y la idiosincrasia de ese personaje. Por eso no me burlo de Macri, no es mi tema. Critico desde adentro. Me burlo mucho de la izquierda porque la conozco más y porque las cosas que hace la izquierda me molestan más.

—Tus personajes son tomados de la vida real. ¿Tuviste problemas por haber parodiado a alguno en particular?
—Sí, los tuve con El Pibe Altamira. Una vez volví de unas vacaciones y me encontré con todo el blog stalkeado, con comentarios en las historietas de El Pibe Altamira puteándome a mí y defendiendo a Altamira. Entonces pensé “acá, a menos que haya dos matrimonios swingers trotkistas que justo una noche de embole se pusieron con la tablet (risas), hablaron entre militantes y dijeron ‘este chabón se zarpó’”. Y está bien, los banco. Yo nunca milité pero respeto a los militantes. Y otra que tuvo repercusión negativa fue una de Lenin y El Eternauta. Me pareció raro, porque con Walsh no tuve problemas. O sea, podés pegarle a Walsh, pero sin embargo a Oesteherld no, y es un caso análogo, ¿no? Un tipo que empezó a militar de grande y que tiene como dos lecturas, una su obra artística y otra su obra política.

—Pero en cierto punto la obra artística y la política de cada uno es indivisible.
—Y sí. Digamos que la segunda parte de El Eternauta es un canto a la guerrilla. No sé por qué sucede esto de que podés criticar a uno y a otro no. Puede ser porque Walsh fue inmediatamente reivindicado. Cuando empezó a hacer la historieta Oesterheld era un frondizista, que era la opción de izquierda, y El Eternauta empieza en Vicente López más o menos en el ‘56, mientras en La Florida estaban levantando a los de José León Suárez. Podés hacer un crossover entre ellos. Entonces les hice decir: “Qué lindo estar jugando al truco acá mientras están fusilando gente” (risas). El Eternauta es sociológicamente antiperonista: un chabón que tiene un caserón en Vicente López y que juega al truco con un profesor universitario. Es curioso ver que el chabón empezó ahí y en la segunda parte de El Eternauta Juan Salvo tiene alas, dispara una ametralladora, es el Philip Dick montonero que no flasheó con la pepa sino con la picana.