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“Antes era un freak, ahora soy cool”

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La exhibición de “Necrofobia” en el Cine Wilde, recuperado por sus vecinos, es el contexto en el que el director observa el cambio de paradigma cultural que posibilitó una apertura hacia el cine de género. “Pasamos de parias a tener un lugar de apoyo. Son cambios estructurales de base que no imaginé que podían ocurrir cuando empecé a hacer cine de terror. Y ocurrieron porque los hicimos entre todos.” Ilustración: Juan Manuel Dirassar

Por Marcelo Acevedo

Es una típica tarde agobiante de diciembre en Buenos Aires, pero ya algunas nubes pugnan por quitarle protagonismo al calor. La tormenta se acerca lentamente, formando nubarrones densos y oscureciendo el cielo, que muta momentáneamente la tarde en noche. Es probable que el alivio llegue en forma de granizo, abollando autos, techos y eventualmente algunas cabezas distraídas, anegando ciertas calles del barrio que suelen inundarse con facilidad ante precipitaciones copiosas. Sin embargo, nada va a poder arruinar el evento que está pronto a realizarse en el Cine Wilde, un espacio recuperado por los vecinos y la militancia: se proyectará Necrofobia, película de terror argentina realizada en 3D, con la presencia de Daniel de la Vega para un debate post-visionado. A pesar de las condiciones adversas, el público dice presente y se reúne en ese espacio comunitario para apostar por el cine nacional de género y conocer a uno de sus directores. “Para estar acá ocurrieron cambios estructurales de base que no imaginé que podían ocurrir cuando empecé a hacer cine de terror. Y ocurrieron porque los hicimos entre todos”, dirá De la Vega.

EL CINE DE GÉNERO POR EL
QUE (ACÁ) NADIE APOSTABA

La tormenta pasa, el granizo deja sus secuelas y algunas calles se inundan, pero todo este panorama pasa a ser extradiegético para la gente que, reunida en el Cine Wilde, disfruta de Necrofobia, la última película de un amante del cine de terror como es De la Vega, un luchador que supo ganar en el festival español Sitges gracias al falso documental El martillo, crónica de un mito (para el que sólo se gastaron 200 pesos de remises ida y vuelta a Mataderos) y que, en sus inicios, rodó dos largometrajes de terror en un idioma extranjero, financiados por capitales foráneos. “Jennifer’s Shadow y luego Death knows your name, cuya particularidad es que son en inglés”, precisa Daniel. “No porque yo lo haya elegido así sino porque el cine que quería realizar aquí nadie lo quería apoyar. Es decir, yo llevaba mis proyectos pero nunca ocurría que alguien tuviera interés. Sí aparecían intereses de afuera; o sea, había un mercado extranjero al que le interesaba el tipo de cine que yo quería hacer acá. Se puede decir que entre 2003 y 2005 todavía existía cierta pereza para con el género.”

—¿Cuán duros fueron tus años iniciáticos teniendo en cuenta que tu intención era realizar cine de género?
—Tengo 42 años, vengo de una etapa analógica. Cuando empecé era un estudiante que hacía cortometrajes de terror y, sí, era una mosca blanca. Puedo decir que si había un mérito en lo que hacía era que no había mucha gente que lo hiciera: había muy pocos cortos de género, y menos en un universo como en el que yo me movía, el CERC (hoy Enerc), donde había un compromiso muy grande con esa cosa de hacer películas para decir algo importante. Siempre pretendí hacer cortometrajes que fueran de género, simplemente por la cuestión lúdica que tiene el género. Es verdad que en aquel momento, años ‘90, no era habitual tener cierto compromiso con el entretenimiento. Yo era entonces subestimado. Me acuerdo que me quitaban la Fangoria de la mano, agarraban la página central como si fuera una porno y me decían “esto es obsceno”. Yo era un bicho raro. Era un freak en aquel entonces y ahora soy cool. Con los profesores tampoco era muy aceptado el tema, probablemente porque siempre está el preconcepto que dice “hacer películas de terror es como hacer cine norteamericano”, porque no se entiende que pueda haber una identidad dentro del género en la Argentina. Eso de alguna manera subestimó a toda la gente a la que le interesaba este tipo de cine porque se lo consideraba menor. Hoy cambió todo esto.

—¿Cuándo se da esa ruptura y se comienza a aceptar el cine de género en nuestro país?
—La marca fundamental es en 2007, cuando Sergio Esquenazi presenta al Incaa Visitante de invierno, consigue su interés y filma una película de terror producida por Hernán Findling. Eso fue un cambio porque nos demostró a todos que se podía hacer una película de terror acá, que había que empezar a tirar penales contra el Incaa. Y es lo que pasó: comenzamos a tirar penales todos, y cada tanto fue gol. Todos los que durante años hicimos películas independientes para festivales como el BARS, de pronto teníamos una ventana que nunca habíamos tocado. Y las cosas cambiaron.

EL GÉNERO (INESPERADAMENTE)
COMIENZA A COBRAR VISIBILIDAD

La gran sorpresa llegó este año cuando en el Bafici —un festival de la crítica ligado al cine de arte/ensayo y lo experimental, cita generalmente ignorada por quienes gustan del cine de género— Necrofobia fue seleccionada en Competencia Oficial, marcando un antecedente muy importante para el cine de terror en nuestro país. “Tengo que ser sincero”, confiesa De la Vega. “Me senté con Marcelo Panozzo y le dije que esta película tenía que estar en Competencia, porque era una forma de empezar a recuperar una pantalla para toda la gente que estaba haciendo este tipo de cine. Y él entendió que era una película atípica, particular, que podía romper la estructura del Bafici. Necrofobia es una película de terror en 3D que no tiene nada que ver con la crítica, tiene que ver con la gente y sus elecciones.”

A partir de este suceso, el cine de género, envalentonado, tomó coraje y salió de su cascarón, un gueto en el que sólo coexistían realizadores, fanáticos y algunos pocos curiosos que se encontraban de casualidad con este submundo. Si bien su festival emblema seguirá siendo el Buenos Aires Rojo Sangre, la entrada al Bafici representa una recuperación que no se quiere ni debe perder, y seguramente en 2015 haya más films de género compitiendo en el festival. Mientras tanto, en estos últimos años pudimos ver un conjunto de películas muy relacionado con el cine de género (desde la estética, el guión o la cercanía de sus directores con este tipo de cine) y que tuvo su estreno en salas comerciales y el apoyo del público en general. Hermanos de sangre, del mismo De la Vega; Diablo, de Nicanor Loreti; La corporación, de Fabián Forte; Fase 7, de Nicolás Goldbart; junto a la webserie Daemonium y todo lo que viene realizando la incansable muchachada de Farsa Producciones son algunos de los ejemplos del incipiente crecimiento del cine de género y del apoyo que le brindan los espectadores a esta tropa de realizadores que vienen en franca acelerada y sorteando obstáculos en el camino.

EL (CASI) TRIUNFO DEL CINE
DE GÉNERO EN LA ARGENTINA

Finalmente, la prepotencia de trabajo de los cineastas ligados al cine de género se tradujo en un repentino interés del Incaa por las películas de terror, ciencia ficción y todos sus cercanos y/o derivados. Blood Window es una sección de Ventana Sur dedicada a promocionar el cine de género latinoamericano, y Daniel, para nada rencoroso con quienes en algún momento lo subestimaron, reconoce los méritos y beneficios del Incaa al abrir esta ventana. “El instituto hoy está adelantado en toda América latina. Ningún otro instituto tiene la avanzada que tiene hoy el Incaa en cine de género. Uno puede decir lo que quiera, pero ningún país en América latina tiene un Blood Window, porque surge concretamente de una demanda ante la que hubo una respuesta.” No dejaba de ser extraño que un país que subsidia al séptimo arte le diera la espalda al cine de género, cuestión que quedaba clara en los diferentes festivales: si buscabas películas de ciencia ficción, terror o acción pura, no las ibas a encontrar en los festivales argentinos. Hoy, sin embargo, las buenas noticias para el género no cesan: en marzo el Incaa lanzará las bases del primer concurso de cine de terror argentino, otra victoria para los luchadores de esta causa que en ningún momento se creyó perdida. “Es muy importante que haya un premio específico para el cine de género. Es muy extraño y muy novedoso”, declara entusiasmado De la Vega, y retoma: “¿Qué otro país de Latinoamérica está proponiendo un concurso para que realizadores puedan hacer películas de terror, con un jurado de carácter internacional especializado en cine de género? Me parece que no es poco cambio. Hoy tenemos un Blood Window que es un canal específico para poder mostrar nuestras películas, y este concurso que está haciendo el Incaa para que existan películas de género. Pasamos de parias a tener un lugar de apoyo”.

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Fotografía: gentileza de prensa

—Sin embargo, a pesar de este cambio de paradigma, el cine de género sigue con complicaciones: a Necrofobia los cines comerciales no le facilitaban salas para estrenar en 3D.
—En realidad lo que nos pasó es lo mismo que le pasa a cualquier película argentina. La diferencia es que nosotros salimos a lucharla. Es decir, todos los lunes te enfrentás a una situación absolutamente arbitraria en la que los exhibidores deciden qué salas te dan. Con meses de anticipación decís en qué fecha salís y qué salas querés, y ellos te responden “no tengo salas y te doy lo que se me da la gana”. Es un ejercicio al que sólo pueden sobrevivir aquellos que se asocian a las productoras y distribuidoras norteamericanas. La política ideológica por parte de los exhibidores, tácita, no explícita, es que cualquier producción de presupuesto bajo o medio no podría existir. Sólo podría existir una producción de alto presupuesto, que pueda promocionarse en todos los medios y que les traiga un negocio a ellos. Entonces automáticamente nuestras películas pasan a ser un agujero negro y son un problema para ellos. Esa es la realidad. Lo que le pasó a Necrofobia no es algo particular sino un mal de nuestro cine. Es verdad que no nos daban salas por ser 3D. Y yo no les estaba pidiendo doscientas. Quisimos estrenar en una fecha en la que se estrenaba Hércules en 120 salas 3D y en 65 2D, y a mí no me querían dar cuatro salas 3D. No es que yo les iba a arruinar el negocio: la suya es una ambición desmedida y estamos desprotegidos frente a este sistema.

—Algo muy interesante fue la reacción de la gente ante esa injusticia.
—Eso fue algo que me encantó, me sentí muy contento. Más allá de mi película, creo que lo que me gustó fue que la gente se enojó. Después discutamos si la película es buena o mala, pero dale la opción a la gente de elegir verla. En un punto a la gente no le importó si era buena o mala, si era de terror o no, le importó que le estaban diciendo “no podés elegir ver una película argentina de terror en 3D porque alguien decidió que así fuera”. Recibí muchas muestras de apoyo de gente que, más allá de la película, lo entendía como una gran injusticia. Y eso me motivó muchísimo, creo que fue muy saludable.

—¿Cómo fue filmar una película en 3D?
—Fue una experiencia de aprendizaje porque no tenía ni la más puta idea de cómo hacer una película en 3D. Fue una aventura porque nunca supimos si realmente iba a funcionar. O sea, la filmamos en 3D, la monitoreamos y estaba en 3D, pero nadie sabía cómo iba a ser que eso se tradujera en una película editada y que se pudiera ver en 3D. Plano a plano uno va viendo y controlando la convergencia, y fuimos aprendiendo sobre la marcha. Lo mismo con la edición. Desculamos el asunto con Wikipedia, Google, YouTube, bajando videos, preguntando… Fue bastante artesanal todo.

Necrofobia es una película con elementos estéticos propios de directores como Dario Argento, Mario Bava o Lucio Fulci. ¿Tu intención fue realizar un homenaje al giallo italiano?
—Es muy loco eso. En realidad al giallo lo llevo adentro, pero no sé si originalmente me lo planteé como un homenaje. Estéticamente estoy emparentado con su universo y me siento cercano y en común acuerdo, pero no fue mi intención homenajearlo. Para mí la película está más cercana a Maniac de William Lustig que al giallo, pero estéticamente entiendo que el arte es muy pronunciado. Muchos lo han destacado como un valor de la película, pero si surgió fue accidental. Es como hacer una película de terror en la nieve y que te quede como El enigma de otro mundo: puede ocurrir.

UN EPÍLOGO LUMINOSO PARA UN CINE
ACOSTUMBRADO A REFUGIARSE EN LA OSCURIDAD

La tormenta se aleja paulatinamente de la ciudad, dejando un cielo limpio y un clima agradable. Mientras el agua baja y aparecen las primeras estrellas, la gente interpela al director de la película que acaba de visionar sobre cuestiones relacionadas al argumento pero también a los aspectos técnicos necesarios para realizar una película con esa calidad y para colmo en 3D. “No hay que tener talento, tenés que tener capacidad de gestión y muchos huevos. Si tenés talento es secundario, es un beneficio para el espectador que ve tu película, pero en esencia el mérito de hacer una es la capacidad de gestión”, pondera Daniel.

Los realizadores/laburantes del cine de género siguen luchando con la misma pasión y garra que en aquellas épocas cuando eran denostados y vistos como la oveja negra de la familia. Pero hoy, claramente, algunas cosas cambiaron. Un festival no acostumbrado al cine de género coloca a Necrofobia en Competencia Oficial, la gente lucha y se hace oír ante la injusticia de las distribuidoras caníbales para con una película de terror, el Incaa abre un concurso para generar películas de género y un grupo de personas acude entusiasta al cine de su barrio a ver una película de terror argentina. El cambio es visible y parece inevitable. Daniel de la Vega, uno de los artífices de esta primavera del cine de género, entrega una frase modesta y sumamente alentadora para concluir: “Se vienen mejores películas que la mía y mejores directores”.