El titiritero itinerante trasciende la relación tradicional con su compañero de ruta y confiesa la relación objeto-sujeto que los ata y los hace una sola persona arriba del escenario. Rosas recomienda que para alcanzar una conexión así hay que desobedecer a la educación formal: «Está preparada para cubrirte y no para descubrirte».
Por Emmanuel Videla
Fotografía gentileza de Martín Rosas
Fotografía gentileza de Martín Rosas
Buenos Aires, octubre 12 (Agencia NAN-2012).-Parece ser que la pasión del titiritero Martín Rosas es andar sin rumbo y la lucha contra la educación formal. Es que este joven artista oriundo del Conurbano pasó por Europa, regresó a Argentina, viajó al norte del país y ahora está radicado en Brasil hace ya más de un año. No lo hizo solo. Nicanor, su títere “sindicalista”, lo acompañó. La elección del títere defensor de todos los derechos de los objetos manipulados no fue para nada inocente, porque, por algún u otro motivo, este títere emancipa a humanos y objetos de sus poseedores. “Yo creo que lo que laburé fundamentalmente fue la pérdida de la importancia individual y creo que eso sirve para la vida”, asegura Rosas a Agencia NaN.
–¿Cómo se entiende que su títere Nicanor se proclame defensor de todos los derechos de los objetos manipulados?
— Aclaremos que los derechos de los objetos manipulados incluyen a los humanos. Uno de los orígenes de los títeres es el uso religioso. Hay una historia que cuenta que el hombre en los comienzos no se animaba a usar su propio cuerpo para imitar a los dioses. Entonces, lo hacía con los títeres. De esta manera, el ser humano pensaba evitar el castigo. Así, el objeto nace como un medio. Después, en el transcurso de la historia, el objeto se va a volver tan fuerte que el hombre lo sigue utilizando como máscara, se sigue escondiendo. Al punto de que el hombre esté oculto y que valga más el objeto, como pasa en el teatrillo de títeres. Lo que digo entonces es que surge una unión inevitable: sujeto-objeto.
–¿Usted trabaja con el objeto o el objeto trabaja con usted?
— Yo en tanto titiritero también soy objeto. También me transformo en un medio para que una historia sea manifestada a través de ese títere. Yo creo que lo que laburé fue una pérdida de la importancia individual. No somos tan importantes. Otro puede seguir su curso sin cada uno de nosotros. Creo que eso sirve para la vida.
–¿Cómo surgió Nicanor o lo hizo surgir él a usted?
— Hoy, Nicanor tiene su blog propio. Sus contactos propios. Fue uno de los primeros títeres que hice, pero quedó en un baúl. Como objeto títere nació en 2001. A mí vuelta de España decidí viajar por Latinoamérica. Como algo típico de todo viajero, no tenía preparado nada, ni mochila, ni carpa, ni nada. El micro salía dentro de poco. Armé las cosas. Miré a Nicanor. Sentí que me miraba, cosa de titiritero, y lo metí adentro de un cajón peruano.
–¿Desde siempre deseó ser titiritero?
— El camino hacia los títeres comienza en algún punto con una resistencia a la educación formal ya desde muy chico, desde la primaria. Me encantaba escribir historias. Me acuerdo de que escribí una pequeña redacción, que luego se la di a la seño Silvia. Se me quedó mirando y me dijo: “Usted no escribió esto, Rosas”. Mi primer triunfo fue cuando le insistí tanto que aceptó mi trabajo. Igualmente, ella siguió con la certeza de que no era mío. Entonces, en función de la resistencia a la educación formal fueron surgiendo muchas cosas, en principio, con la escritura.
–¿Por qué se resistió a la educación formal?
— El sistema no te forma para que vos seas un ser independiente y puedas elegir. En la universidad, empecé periodismo. Hice radioteatro, me gustó y dejé periodismo. Me pasé a Letras, pero rápidamente me pareció un sarcasmo muy grande. Uno de los profesores dijo: “Nuestro objetivo es que ustedes salgan de acá siendo demonios de la sutileza”. ¡Y yo quería escribir! Tengo un año en filosofía y pensé que había llegado a mi carrera. En paralelo, hace dos años, estaba haciendo teatro. Después dejé.
Formado en la Escuela de Títeres de Avellaneda, Rosas destaca que es la única carrera que pudo terminar de todas las que comenzó y con eso marca su renegar de la educación formal. Y rememora un debate de aquellos días para describir qué es para él hacer títeres: “Cuando estudiaba, había siempre una lucha entre los títeres y el teatro, o si llamarlo teatro de títeres. O si vincularlos sólo al público infantil. Yo pienso que cuando hacés títeres, te empezás a dar cuenta del ser interior, como otro nivel de presencia y de consciencia”.
También recuerda que Sergio Mercurio –que por estos días está presentando una retrospectiva de sus 20 años con los títeres– fue y es uno de sus referentes en este arte, y Manu Mansilla, otro: “Es un groso. Lo amo. Compartí muchas varietés con él”, se alegra. “Aman la libertad. Pero a la libertad como liviandad, sin buscar otra cosa más que su laburo, que los hace felices”, describe lo que esos dos titiriteros significan para él y los traduce a su vida: “Hay que ser cada vez más libre. ¿Por qué? Porque quiero que mi hijo sea más libre”.
–¿Cómo nació su lazo vital con los títeres?
— Solía jugar mucho al fútbol. Un día me lastimé jugando y tuve que usar tobillera, que tiene un hueco para poner el talón. Entonces, en una improvisación de la clase de teatro me la saqué y armé esa escena usándola como títere. El hueco hacía que fuese la boca. El títere comentaba lo que decía en un libro inexistente sobre mi mano. La tobillera con su boca pasaba las hojas. Y recuerdo que moríamos en un incendio, pero que la mano salía y el títere sobrevivía.
— Solía jugar mucho al fútbol. Un día me lastimé jugando y tuve que usar tobillera, que tiene un hueco para poner el talón. Entonces, en una improvisación de la clase de teatro me la saqué y armé esa escena usándola como títere. El hueco hacía que fuese la boca. El títere comentaba lo que decía en un libro inexistente sobre mi mano. La tobillera con su boca pasaba las hojas. Y recuerdo que moríamos en un incendio, pero que la mano salía y el títere sobrevivía.
–Y desde entonces ya no quiso hacer otra cosa…
— Salí con la certeza total que tenía que estudiar títeres. Ahí también tuve un flashback y me acordé de que cuando era muy chico, mis primos jugaban a pelear. A mí no me gustaba. Entonces, como el día estaba gris, yo lo que hice fue levantar mi mano hasta alcanzar el hueco de la ventana con el gris de fondo. En ese momento, mi mano no era mi mano, ya era otra cosa. Eso tenía vida propia y movía los dedos. Este deseo, para mi es importante marcar esto, fue sin el acompañamiento de la educación formal, primaria, secundaria. No está preparado el sistema para acompañarte a descubrir. Está más preparado para cubrirte a vos que para descubrirte. Cuando hacés títeres, hacés una entrega total. Te sirve para la vida, es como un vínculo con tu compañero, tu compañera, tus hijos, con tu familia. Resignificás todo.
–¿Cómo piensa el contacto con el espectador? ¿También se resignifica?
— Te lo voy a contar con algo que sentí en un teatro en La Plata. Una noche se dio algo mágico. Estaba ante una gran cantidad de público. Esa noche estuve presente ante el público, pero, aunque te parezca contradictorio, yo pensé que no estaba. Es porque mi ser estaba ligado con cada uno del público. Estaba conectado, concentrado. Es totalmente subjetivo, pero siento que el público soy yo. El objeto, el títere Nicanor, soy yo. Cuando hago talleres, trabajo la presencia porque más allá de la técnica, de tu habilidad de manipulador, es fundamental la presencia.
–¿Se crea al público entonces?
— En cada creación estás en esa creación. Es un espejo. Del otro lado, sentís que el espectador se está entregando totalmente a vos. Es un laburo de sanación. Cuando estoy laburando con el objeto, me exorciso. Hacés un laburo de resignificación de toda tu vida y así lográs la presencia. No hay que pretender ser sino estar. Si vos lográs estar en un lugar, no importa lo que realmente seas. Si lográs sentir ese nivel de placer para con uno mismo, la gente va a sentir eso. No estamos acostumbrados a sentir eso, porque es mucho el nivel de desconfianza. Entonces si alguien te lo da, se agradece.

