
Por Hernán Panessi
No hay patria, ni Dios, ni hombres: sólo el latir omnisciente de un ente extraordinario. Al tipo lo atraviesa un rayo invisible y no se aguanta más. Terminaba el primer tiempo y Vincent Enyeama, el arquero nigeriano, no quería conga. Messi ya le había metido dos pepas y el llantito —simpático— llegó a destino: “Le dieron dos tiros libres en este partido. Siempre le quiere pegar. Es muy bueno”, le dijo el portero al árbitro italiano Nicola Rizzoli. Se le notaba en la cara. Enyeama jugó de fan. Le tocó la carita, le hizo chistecitos y el pensamiento, lógicamente, se le fue (“Se lo voy a contar a mis nietos”, es la reflexión que haría cualquiera en su lugar). El tipo sabía bien que esas dos pepas podían mandarlo a casa. Mientras tanto, Lionel le clavó dos goles al único equipo que mantenía el arco en cero en toda la copa. Le hizo dos al arquero que no había podido vencer en Sudáfrica 2010. El primero, un balón huérfano debajo del área que terminó en el fondo del arco. No podía boyar mucho más: puntinazo y a cobrar. El segundo, de pelota parada, su especialidad, con la sutileza de un botín cinematográfico: la pelota fue —milimétrica— al ladito del palo derecho, el arquero se quedó contemplando la escena como una obra de arte ajena pero propia. Argentina se ponía adelante, fin del primer tiempo. Una verdad que se subraya: su fútbol es como el de los dioses. Aunque los dioses suelen ser aburridos y juegan por elevación y no saben llevar el balón al piso. Y Enyeama, por caso, víctima de lo omnisciente, lloró pero también lo celebró: “Si Messi es malo, yo soy una mierda”. Pero ni el más absurdo de los humanos atina a decir —a estas alturas— que Messi es malo o una mierda. Bueno, siempre hay alguno que otro que no encaja en órbita. Por eso, cállense profetas: Messi quiere ganar el Mundial. Lo más cómodo es quedarse con la anécdota, pero lo más cómodo no siempre es recomendable a la hora de la reflexión. Antes de los veinte minutos de transcurrido el tiempo final, Sabella decidió reservar a Messi para instancias mayores. El equipo siguió adelante pero sin el 10. Y nada fue igual. Su ausencia pesó. El equipo está armado para que Messi rinda. Y Messi, en efecto, rinde. Sin él, es lógico, el espectáculo se vuelve un pavoroso drama: sin estrella no hay luz. Ganó Argentina 3 a 2 con dos goles de Messi y uno de Marcos Rojo. Con estas dos anotaciones ya lleva cuatro en tres partidos. Cinco en tres mundiales. Y mientras los rivales no quieren más conga, Messi, ente extraordinario que juega como los dioses, que provoca llantitos —simpáticos—, que es El Mejor de Todos, que sabe llevar el balón al piso, sigue queriendo ganar el Mundial.