
Por Malena Baños Pozzati
Cuenta la leyenda que tus abuelos salían del cine pensando que nunca más volverían a ver la película. La infancia de tus padres fue bastante parecida. Era entrar a la sala, deslumbrarse con El libro de la selva o Mil intentos y un invento y esperar a que alguna vez el cine Los Ángeles la repusiera. La memoria de la película quedaba sólo en el relato oral, en muñeco del chocolate Jack y en la adaptación libre de los juegos infantiles al estilo “vos sos Luke Skywalker y yo Han Solo”. Pero la película en sí parecía algo efímero. Hoy se habla de los límites en la democratización de la tecnología, se debaten las leyes de copyright en un mundo donde conseguir lo que se quiere ver está a un clic. El mundo cambió tan rápidamente que un VHS (Video Home System o videocasete) suena a antiguo. A imagen de baja calidad, a cintas que saltan, a necesidad de rebobinar. Sin embargo, el videocasete fue una revolución hogareña que hizo posible algo fundamental en la vida de todo niño: terminar de ver la película y ponerla de nuevo. Y de nuevo. Y otra vez más.
El VHS tuvo un éxito arrollador y fue el más fiel de los muchos formatos de películas para ver en casa que había en ese momento. Pero tiene un valor extra. Puede servir como espejo a una época remota que pasó hace muy poco, menos de una generación atrás. En este contexto surge la figura de Cristian Sema y su colección, una de la más abundantes y metódicas de nuestro país, enfocada sobre todo en los videocasetes argentinos y las sorpresas que ocultan. “La invención de este formato fue el primer paso hacia la democratización del cine. Antes del VHS hubo formatos fílmicos que permitieron a algunos coleccionistas o personas de alto poder adquisitivo poseer películas en su casa, especialmente con el 8 mm y el Super 8, pero eran costosos, los proyectores eran difíciles de operar para el usuario promedio y ver una película completa equivalía a cinco o siete cambios de rollo”, sintetiza Sema. Hace seis años creó la página www.rarovhs.com.ar y no tardó en convertirse en un sitio de referencia para todos los amantes del videocasete.
En su colección Cristian tiene kilos y kilos de información inédita, oculta, cosas que nunca fueron editadas en otro formato que no fuera el viejo y querido VHS. “Al margen de las películas en sí, las ediciones nacionales tienen particularidades que las hacen únicas. A veces varía el título con el que se lanzó al mercado o el arte de tapa en muchos casos es exclusivo para video, o hay material extra como institucionales y trailers previos a la película, un subtitulado con léxico que corresponde a otra época, y en muchos casos tipografías insólitas y colores extravagantes. También es posible descubrir que la versión para video de una película es distinta a la que luego se editó en DVD y formatos posteriores”, relata. Poner play a la videocasetera equivale a encontrarse con material que la vorágine tecnológica parece considerar descartable, pero a la vez guarda sorpresas y, principalmente, hechos insólitos que no volverán a producirse.
Será por eso que una palabra que tarde o temprano surge en cualquier charla con Sema es “arqueología”. Hay algo del orden del descubrimiento que indudablemente está incluido en el trabajo de coleccionar. Y, en el resultado de su ordenamiento y catálogo, aparecen elementos que hacen redescubrir una época. “Me pareció necesario crear la página y compartir mi colección por la inexistente información en Internet sobre ediciones argentinas de muchas películas y sus particularidades. Mucha gente no le dio al formato la importancia que merece y lo vio como algo descartable, pero en esta época en que los videoclubes están al borde de la desaparición definitiva, muchos cinéfilos comienzan a darse cuenta de que cientos de películas, sobre todo argentinas, sólo se editaron en VHS”, puntualiza Cristian.
En ninguna charla que aborde el tema del VHS queda excluido el otro gran invento que lo acompañó: el videoclub. Porque si de democratización del cine se trata, uno de los grandes saltos que produjo este formato fue la posibilidad de rentar películas y ver todo aquéllo que permitiera el bolsillo de la clase media y media baja de las décadas del ‘80 y ‘90. Esa mística ya perdida del videoclub de barrio guarda mucho del recuerdo fuerte que dejó el VHS entre todos los que forjaron sus primeros pasos en la cinefilia. Ir al videoclub, preguntarle al dueño qué nueva película había entrado o qué recomendaba con tal o cual autor.
Un intercambio del que Cristian sabe mucho por haber estado literalmente de los dos lados del mostrador. “Mi familia tuvo un videoclub llamado La Nave en una esquina de la avenida Pedro Goyena, en Caballito, cerca de la Facultad de Filosofía y Letras. Funcionó muy bien entre fines de los ‘80 y principios de lo ‘90 y se cerró por otros motivos, sin alcanzar la decadencia del rubro. Me sentía muy cómodo ahí a los ocho años. Hoy soy como un cazador de videoclubes en extinción, no porque me cause placer que cierren y así llevarme los videos a mi casa, sino porque pienso que si no me los llevo van a terminar en un volquete o vendidos como plástico”, relata.
La gran tensión entre cultura y masividad no llegará a una conclusión en el corto plazo, pero el trabajo de Cristian justamente consiste en rescatar el valor histórico del que fuera el formato más sobreexplotado y con más permanencia en el mercado hasta la fecha. A mediados de los ‘70 comenzó a pisar fuerte en Japón y Estados Unidos, y pronto se difundió en el resto del mundo. A diferencia de otros productos de escasa vida útil, el VHS dominó la escena durante muchos años, hasta que finalmente lo digital se impuso. Pero la fecha de vencimiento decretada por el avance tecnológico no alcanzó a matar por completo al VHS y con el correr del tiempo se lo comenzó a revalorizar. Como menciona Sema, en el mundo del videocasete existen joyas en bruto y toda clase de sorpresas. Así, su colección se convirtió en un tesoro con dos caminos posibles: el ocultamiento para disfrutarlo en solitario o la apertura al mundo. Por suerte, Cristian optó por la opción menos frecuente en el mundillo del acopio. “No lo pienso como algo a guardar bajo siete llaves, sino como una especie de biblioteca que va más allá de cuántas películas haya visto yo. Lo pienso como un archivo. El hecho de que me pertenezca no quita que se pueda consultar y así colaboré con muchas investigaciones y constantemente recibo consultas”, cuenta.
En YouTube pueden verse muchísimos videos que Cristian subió desde su cuenta RaroVHS y que incluyen trailers, segmentos de películas argentinas inéditas en otros formatos y muchos videos institucionales referidos a la piratería. Sí, aquellos de “no robarías una billetera” y muchos otros igual de delirantes. Igual de entrañablemente ingenuos y mucho más antiguos. “De las películas generalmente sólo subo fragmentos a Internet, de obras de las que sospecho que no hay quienes reclamen derechos o que no generen interés comercial. Obviamente, si recibo algún mensaje de los autores no tengo problema en darles de baja, pero el tipo de películas que comparto provoca simpatía entre los realizadores”, cuenta Cristian, quien tiene una interesante agenda de contactos de directores y actores de cine que creían haber perdido todo rastro de aquellas películas filmadas con poco presupuesto unas décadas atrás.
De esta manera, desafiando ese moderno adagio de “si existe, seguro lo encontrás en Google”, Cristian le hace justicia a todo lo que nació y murió —o sigue vivo— en las invencibles cintas del VHS.