/Archivo

Decoración de exteriores

NHC_ENTRADA1
La “crew” de Quilmes nuclea a skaters, diseñadores y DJs. El graffiti, esencial en su quehacer, tiene por objetivo embellecer el barrio, reciclar edificios en erosión. Fotografía: gentileza de NHC

Por Hernán Santiago Valverdi
hernansvalverdi@gmail.com

Ni Hablar Caravana. ¿Una empresa de viajes? ¿Un camino sin escalas? ¿Una empresa popular o sólo para entendidos? ¿De qué vamos a hablar? NHC es un colectivo de artistas de variadas disciplinas: skaters, diseñadores, críticos, estéticos, compositores de miradas radiantes, estilistas, dibujantes, DJs y amantes de la imagen. Autodidactas y videntes por excelencia. No hay confundidos. El joven irreverente de NHC propone una mirada divertida e inteligente. Cansado de oír lo que ya se sabe, ver siempre lo mismo, muta libremente de pintor a escritor. Lo mismo ocurre en las grandes ciudades del mundo: desde Quilmes, pasando por Río de Janeiro, hasta Paris, vía Burzaco.

Al principio eran chicos de diferentes lugares, amigos de la vida. En un momento llegaron a ser alrededor de treinta. El lugar de encuentro variaba entre una casa, una esquina o la Plaza de la Cruz, en Quilmes. Alquilaban un micro, lo llenaban y arrancaban para algún recital en zona sur. Conocen gente en distintos barrios, fueron generando amistad con otras crews (A Toda Madre, Plagas, Frakasados, Corbeta Halcon). Como hay buenas relaciones, también existen rivalidades. La competencia siempre está, aunque también hay respeto, dice Chera, miembro de NHC. “Hay crews que son más antiguas. Se trata de códigos y humildad: si recién empezás, no vas a ir a tapar a alguien que pinta hace años.” Parece que hablara de una cuestión ancestral, del tiempo en el que las cavernas se pintaban con las manos.

Siempre se trata de mantener un trato cordial entre colectivos, evitando conflictos, malentendidos personales. Cada uno hace su camino manteniendo al mismo tiempo un objetivo común: pintar. Yendo al máximo de sus posibilidades, expresando con fidelidad un estilo propio. Todos apuntan al trabajo cooperativo y coordinado. Al ser una actividad de alto riesgo (no autorizada), el nivel de dopamina aumenta, no es apto para corazones blandos. El cuerpo se mueve al ritmo de la tinta en la línea y, capa tras capa, la ciudad va cobrando vida. Esta es una expresión “primitiva”, que nace en las profundidades del ser y se sintetiza en una pared.

Anochece. El 263 llega a la estación de Quilmes, de fondo se ven los vidrios rotos de un ventanal de una fábrica abandonada. Chera camina por el centro comercial. Vamos mirando paredes que nos llaman la atención y nos atrae un graffiti que dice “Tom95”. Llegamos hasta una peluquería y casa de tatuajes (todo junto), donde nos encontramos con Ivan Patibanda, diseñador de indumentaria y tatuador. Ellos se sientan en un sillón rojo, mientras alguien se corta el pelo.

Hablamos del graffiti, considerado un crimen por algunos, apreciado por otros. ¿Vandalismo o arte? “Depende de la intención, de lo que se quiera decir”, distingue Iván. “No vamos a ir a pintar la casa de una anciana, no da, pero es verdad que cualquiera tiene un aerosol y escribe River o Boca.” El objetivo es, más allá, embellecer el barrio, reciclar edificios en erosión. Erróneamente, mucha gente cree que los artistas se apoderan de bellos edificios para arruinarlos. Pero ellos juegan con la arquitectura y el paisaje urbano. Con frecuencia eligen lugares en decadencia, llenos de basura y con la pintura descascarada. Se desafían a sí mismos y experimentan. Eligen el lugar para pintar por su textura, color o ubicación. La visibilidad es de gran importancia; incluso llegan a escribir en lugares aparentemente inaccesibles pero vistos por mucha gente.

Videollamada mediante, XIII (así es su apodo) toma la palabra: “Empezás con un fibrón, practicás en un papel cada vez más grande. Después comprás un aerosol y vas a una pared de una vía. No lo hacemos por dinero”. Su pasión es desapegada: no saben si al otro día va a estar lo que pintaron. “Nos apropiamos de las paredes, las hacemos nuestras, aunque es mejor que nos la cedan para hacer lo que queramos. Así es como le damos otro uso a la propiedad privada. Nos ha pasado que los vecinos preguntan qué estamos haciendo, curiosos que se quedan mirando, pero se dan cuenta de que no estamos haciendo ninguna maldad, que no estás todo el día tirado en tu casa”, continúa Sabol, a su lado en la pantalla.

NHC_ENTRADA
“Nos ha pasado que los vecinos preguntan qué estamos haciendo, pero se dan cuenta de que no estamos haciendo ninguna maldad”, explica Sabol. Fotografía: gentileza de NHC

Reconocen cambios en ellos mismos con el correr del tiempo. “Siempre buscamos perfeccionarnos, buscamos nuestro estilo”, suma. Un estilo claro y fuerte, una estética del reciclaje, una mirada renovadora del arte actual: lo que encuentran lo transmutan en oro. “Los primeros trazos que hacés son malísimos, pero después evolucionás y te sale algo que te gusta. Generás una imagen o una marca distinta”, agrega. “¿Nuestra inspiración? Una persona que siempre nos inspiró es Garufa. ¿Que quién es Garufa? Es alguien especial que vive en la calle, un copado. Garufa es un mítico, un mesías”, ríen abiertamente.

Libres de ataduras técnicas, guiados por su sentir carnavalesco, buscan adentro suyo el color que dará forma a una idea. Consciente de su rápida evolución, el arte del graffiti saca a luz la “basura” debajo de la alfombra para mostrarla en todo su esplendor. Lejos de conformar la mirada del público general, requiere una forma de experimentar adecuada.

El tag es un misterio, la intriga que genera a quien ve el graffiti. Un acercamiento íntimo con el diseño deleita nuestro espíritu con su ritmo fluido. La “firma” es un diseño único que representa la identidad del artista. Tiene que ver con la creación de un personaje que supera a la persona real, además de resultar un “hecho anónimo”. Es una manera burlona de combatir el acecho indiscriminado de la publicidad y sus metas absurdas.

Es, en ese sentido, notable y paradójico que muchas producciones publicitarias utilicen escenarios intervenidos con graffitis, haciendo referencia a la cultura callejera, nutrida por el skate, el básquet y las BMX, deportes al aire libre. Qué mejor forma de levantarse contra el consumismo que creando una “marca” ficticia y pintándola en un famoso local de electrodomésticos. Un hecho que aparece inútil y molesto para el ojo superficial, identificado fuertemente con la cultura de consumo de bienes, se infiltra en el universo callejero, generando un agujero negro que invita a otros que pasan a zambullirse en una realidad desconocida, un momento de reflexión.

Festejamos el cumpleaños de Mersa junto a Edom e Info, representantes de NHC. Arrancamos en Constitución, pasamos rápido por Palermo, hasta el bajo. Los veo moverse. El tiempo se para y está lleno de vida, incluso en los lugares más extremos. Nos detenemos a pintar cuando tenemos ganas, sin un fin establecido, no hay apuro, hay paciencia. Me siento un iniciado, aprendo jugando con ellos. Me siento libre y finito.

NHC es fiesta siempre, lejos de toda nostalgia, es presente intemporal. Es una experiencia comunitaria, inseparable de la vida, que supera las creencias personales. Una celebración en unidad que da gusto, por su alegría e integración. Un abrazo que nace del conocimiento sincero de una verdad que sale a la luz, expresada con felicidad, sin egoísmo ni aires superiores. El graffiti es elegancia, pero también es respeto y amor. ¿Qué tienen que ver la violencia y la arrogancia con pintar una pared? Nada.

Pregunto qué piensan sobre el arte establecido de la ciudad: las esculturas, los murales, los museos, la arquitectura, el modernismo, el circuito artístico actual. Veo en la cara de Chera un gesto indiferente. Dice: “Es el arte de elite: si no sabes cómo es el escorzo o la perspectiva, no podés hacerlo”. Iván prosigue: “El graffiti no está sujeto a reglas, no hay árbitros, incluso está fuera de la ley. Podemos estudiar arte pero aprendemos haciendo, caminando la calle, observándonos entre nosotros. Cada uno es cada uno y por eso tiene su estilo”. En la telaraña de la ciudad conviven miradas y se yuxtaponen diversas formas de ser. La escultura de Perón alzando los brazos en Sarandí o la propaganda radical imponen un legado histórico y político que no alcanza a satisfacer nuestro “primitivismo idílico”. Entonces, ante un trazo expresivo y musical como el de Exit o el “NHC Pekalf” gigante de PK, ¿qué podemos hacer más que sentir? Mejor, ni hablar.