
Por Ailín Bullentini
“El deseo de hacer música me atraviesa de repente. Hay momentos en los que muero por hacer una canción.” Sofía Viola jura ante el grabador de NaN. Y durante la siguiente hora y media el aparato será inútil en la tarea de registrar las reflexiones de esta cantora veinteañera que charla mucho pero más habla a través de los símbolos con los que se adorna a sí misma y a sus instrumentos, extensiones de su cuerpo. Una trompeta dispara desde su antebrazo derecho un arco iris de colores que sube por su hombro y se le escabulle en el corazón. “No tengo otra cosa en el cuerpo, siempre hay algo en mí conectado con la música”, completa el dibujo, anclado para siempre en su piel.
Nació hace 22 años, escondida entre Banfield y Lanús. Sí, en la localidad bonaerense de Remedios de Escalada. Allí compuso sus dos discos artesanales, Parmi y Munanakunanchej en el Camino Kurmi, y allí sigue viviendo con su mamá psicóloga, en una casa debajo del “departamentito que se construyó” su hermano ferroviario, con quien solía fumar porro en las escaleras del puente que cruza por los aires las vías del Roca.
Su papá, un trompetista que “vive craneando desde un pentagrama”, sigue aconsejándola en el sendero artístico. No terminó el secundario; vivió varias temporadas estivales en el uruguayo y mítico Cabo Polonio y alguna más en el último bastión hippie argentino, San Marcos Sierras; e intentó “profesionalizarse” en el mundo de las melodías. No funcionó. “Soy autodidacta”, se define Viola, que alberga en su vastísimo cancionero (para su último disco, Júbilo, compuso 109 temas) tangos, valses, chacareras y cumbias, entre otros tantos sonidos de tierras cercanas.
—¿Cuánto influenció tu familia en tu elección por la música?
—¿Tuve otra alternativa? Con viejo músico, tío Parakultural (Oscar Viola, uno de los fundadores) y mamá melómana, no creo. Mi viejo es trompetista desde chico. Desde que nací tengo esos sonidos, esa vida, al lado. Y también una especie de compromiso, sobre todo con el tocar la trompeta. El hacer música estuvo desde siempre presente en mí, como el cumplimiento de un mandato. Sin embargo, lo hago completamente de corazón. Al final no arranqué con los vientos sino con las cuerdas.
Era una púber cuando ingresó al Conservatorio Julián Aguirre a estudiar viola. Repitió primer año y llegó hasta medio camino de segundo. A los 16 probó con la Escuela de Música Popular de Avellaneda, pero tampoco terminó. “Probando” aprendió a tocar la guitarra, el charangón y el cuatro; la flashea con los teclados, pero lo de ella es la voz. “Soy una cantora”, insiste.
—¿Por qué te definís como cantora?
—De muy chica me di cuenta de que podía cantar. Siempre cantaba arriba de la música que escuchaba. Un día, la mamá de una amiga me escuchó y me afirmó: “Vos cantás”. Ah, sí, me convencí yo. Yo canto. Le creí y me la empecé a creer. Cada vez me inquietó más cantar. Es un instrumento que se transporta con uno. Lo tenés todo el tiempo con vos, lo podés pulir, lo podés experimentar. Y la verdad es que pensaba que no tenía que dedicarle horas de estudio, cosa que no es cierta. Pero eso lo aprendí después. Hace poco empecé a estudiar. Trato de tener conciencia de lo que el instrumento, mi voz, representa para mí. Es mi vida y si un día no puedo cantar caigo en una angustia terrible. Siempre estoy tarareando, la voz siempre está ahí. Muchas veces hacemos música desde el sentimiento, desde la intuición, y no nos damos cuenta de que aplicándole unas gotas de conciencia a la práctica, la mejoramos. Salinas toca la guitarra con el dedo pulgar, es su método. Capaz hay maneras más cómodas de hacerlo, mejores. Tengo que preparar la voz, cuidarla de determinada manera, porque así sale mejor el sonido.

—¿Qué es la música?
—Es una terapia. Hay momentos en los que no sé qué hacer, en los que camino por las paredes. La escapatoria más cercana es tocar la guitarra. Es también un canal de expresión fundamental. No fui más a la psicóloga porque canto y digo lo que me pasa, aunque sea en canciones pasajeras que creo en un momento específico de mi vida. Las canto un par de veces y cuando ya el problema está resuelto, porque lo canté mucho, ya está, las guardo. Las canciones sirven para sanar. Y también sirven de espejo. El que las escribe, el que las canta y también el que las escucha pueden verse en ellas. Por eso me interesa escribir sobre cosas que despierten a las personas, que nos despabilen. Tengo una especie de rechazo hacia las canciones de amor.
—Pero las tenés. ¿Por qué no te gustan?
—Sí, las tengo, pero no me gusta priorizar por ese lado. Me gusta más bajar línea. Siempre fui a lo visceral. Me gusta hablar de cosas feas o, mejor, en tono feo. Te hablo de amor, pero no desde lo simple y cursi. Me gusta poder festejar cosas como la muerte (su “Vals de la muerte” es un gran ejemplo). Generar alegría es re importante; elijo contar desde ahí. Una canción de amor puede, no obstante, ser algo muy constructivo; puede generar nuevos pensamientos, aunque no sé si eso depende de la letra. Creo que la música en general tiene esa capacidad de disparar sensaciones, emociones, pensamientos, estados. Unas te relajan, otras te irritan. Sin que digan nada, las melodías te pasan igual por el cuerpo y alteran tu estado.
No son pocas las canciones que Viola construyó en compañía: con su hermano el “ferroviario” compuso “Ópera de un hombre corriente”; con su primo, la hermosísima “Me han robado el mar”; con el músico Ezequiel Borra —con quien está recorriendo algunos bares de La Plata y la Ciudad de Buenos Aires— está ultimando los temas de Júbilo; y con la cantora Barbarita Palacios crea bellezas que luego sacan a pasear bajo el dueto Las Huevas. Todos los sonidos que pasan por la voz y los instrumentos de Viola tienen algún ancla en las tierras de América latina. “Cuando me avivé de que se podía componer de a muchos, que no tenía que ser yo sola frente a la hoja en blanco y el instrumento, estuvo buenísimo. No importa si hay choques, incluso. Siempre el intercambio será rico”, reflexiona.
—¿Sobre qué te interesa “bajar línea”?
—Sobre las preocupaciones que todo ser humano que vive en este planeta debería tener. Me gusta concientizar de lo que pasa en la ciudad y todos vemos como natural. Me di cuenta de que los niños son atentos a mi música y me interesa tirarles una data. Al fin y al cabo, son ellos los que se van a quedar en esta basura que hacemos y que también están haciendo ellos. Hay una responsabilidad que todos tenemos de vivir en esta tierra, sea en las sierras o la ciudad. Estamos muy cómodos en este mundo, no nos falta nada, pero vivimos al lado de miles a los que les falta todo. Hay un montón de preocupaciones que me afectan y aún así sigo viviendo rodeada de lujos burgueses.
—¿Qué pasa con esas contradicciones?
—En algunos momentos me hacían sufrir un montón, me pertubaban, me enojaban muchísimo. La cultura me enojaba mucho. La cultura de la estética, la cultura de la comida. Los condicionamientos son los que me emperran. Desde muy chiquita luché contra ellos, intenté sacármelos de encima. Hay que soltar, hay que aprender del otro, hay que compartir, porque si no sos un nazi.
—Tu música también refleja esa lucha. Las tuyas no son canciones “tipo…”.
—Soy consciente de que mi música busca romper esquemas, de que va en contra de lo conocido. Mi sangre tiene jazz, salsa, tango, cumbia y folklore, pero de piba me la pasaba escuchando comercial. Mi vieja me crió con un odio al rock nacional, con el que de a poco me estoy amigando. Tengo pocas canciones pop porque siempre me pareció un poco tonto, aunque lo escuchaba. De la cumbia, por ejemplo, me gusta mucho eso de que con un ritmo de lo más alegre y bailable puedo estar contándote una catástrofe.
—¿La producción de tus discos —que depende del arte de tus propias manos, un par de discos vírgenes, algunas fotocopias con los nombres de las canciones y sobrecitos de papel de regalo— y el circuito en el que solés tocar tienen que ver con una decisión en pos de lo independiente?
—Tienen que ver con una especie de resistencia. Me resisto, incluso, a ese circuito Palermo-Almagro-Abasto. Es muy cerrado. Siempre somos los mismos, siempre nos escuchan los mismos. Y yo abogo por el movimiento constante. Me gusta mucho tocar en La Plata, en el conurbano. Me encanta tocar en casas. Es cómodo el circuito: vamos, tocamos ahí, cobramos la chirolita, es lo seguro. Es mejor jugársela, caer en un lugar donde no te conoce nadie e intentar generar cosas nuevas en otras cabezas.
—¿La música debe incomodar?
—Me interesa que la música escape, que se vaya lejos.
Fuente: NaN #7 (mayo-junio 2012)