
Por Hernán Panessi
Messi tiene 27 años y el reclamo colectivo de, por lo menos, unos 24 años de ausencias: que la celeste y blanca llegue a una final. Dicen que no gravitó, pero Messi —como sea— estuvo dentro de la cancha. Y, casi por extensión, Argentina está en la final de la Copa del Mundo. Lionel jugó contra Holanda afectado: hacía unas horas había muerto su amigo el periodista Topo López en un accidente de autos. En Brasil. Cubriendo el Mundial. Su Mundial. Lo psicológico siempre pesa. El ejemplo práctico es el rendimiento del Kun Agüero y su relación directa con los problemas familiares. Pero Lío, afectado y todo, generó las únicas situaciones de gol para el seleccionado de Alejandro Sabella. Y, ya con el tiempo hecho cenizas de lo que no fue ni va a ser, metió el penal más difícil: el primero, el que abrió el certamen. Por eso, El Mejor de Todos no renuncia a su estatura de deportista de elite, a la altura de Michael Jordan, Roger Federer o Diego Armando Maradona. Por eso, aunque él no lo confirme ni tampoco lo niegue, seguimos creyendo en su divinidad. Y en un partido cerrado, en el que los oponentes no se sacaron ventajas, Lionel Messi sintió la ausencia de un compañero. La lesión de Ángel Di María terminó pesándole, ya que recayó en sus piernas la responsabilidad total de la generación de juego. Una vez más: sin tener con quién jugar, el fútbol se hace complicado. No fue un partido de grandes emociones: fue, más bien, un duelo táctico. Como en todo el Mundial, Messi recibió la marca de tres y hasta cuatro jugadores. El bruto de Nigel De Jong anduvo chicloso: no se le despegó durante toda la primera parte. Aún así, la Pulga se las arregló como pudo. Sin embargo, el seguir adelante (finalmente, en semifinales Argentina venció, por penales, 4 a 2 a Holanda) empuja a creer. Y, ante eso, ante la aparición de ese nuevo desafío, un deseo: que esa fe no se transforme en crueldad en el país más misterioso, complejo e insensato del planeta. Como la caridad, la confesión debiera empezar por casa. Esto de exigir autocrítica, en cualquier terreno, a los de enfrente es un vicio nacional. “Italia dejó el catenaccio y no existió”, “Suárez mereció más suspensión”, “España no jugó a nada”, “Portugal es una mentira”, “Brasil perdió 7 a 1 con Alemania: son horribles”, se escuchó en varias veredas. Y cuando eso sucede, la realidad argentina es notablemente distinta. Entonces, bien vale la oportunidad. A ver, todos, al unísono, vamos: perdón, Sabella. Y gracias eternas a Lionel Messi por su condición de líder indiscutible durante todo este Mundial. Por ese grito de euforia y desahogo, rara avis en su tímida personalidad, tras la hazaña obtenida. Otro deseo que viene a cuento: que el símbolo Mascherano, este domingo, tal como hizo con Sergio Romero en la tanda de penales, lo mire a los ojos a Messi y le escupa esa arenga cargada de épica: “Hoy te convertís en héroe”. Por lo demás, gracias por ese abrazo del alma. Gracias por ese apretón tierno de colosos duros entre Messi y Mascherano (un abrazo contenido que venía macerándose desde esa otra frase antológica del Masche: “Estoy cansado de comer mierda”), que significó la felicidad de un país entero. Mientras tanto, con el amargo reclamo colectivo rediseñado en ansiedad y expectativa, no queda más que disfrutar: Argentina está en la final de la Copa del Mundo.