
Por Matías Muro
En La edad de oro, dramaturgia y dirección de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu que se presenta los sábados a las 23 en El Kafka (Lambaré 866), hay una concepción interesante de lo que se ubica “entre”. Es una obra sobre coleccionistas, sobre fanáticos, sobre “casi talibanes” de discos de rock en vinilo; pero sobre todo es acerca de lo que se encuentra “entre” todas esas entidades ontológicas, si es que tal término puede aggiornarse a nuestros insoportables tiempos de levedad del ser.
Resulta muy atractivo ver ese despliegue de discos emblema de los ‘70 y ‘80 en la disquería desde donde arremete el relato al empezar. Entre emblemas de emblemas se ve un vinilo que llama la atención: el texto impregnado anuncia, con letras enormes y nada de gráfico, a los Talking Heads. Los personajes principales —el dueño de la casa de discos (Ezequiel Rodríguez) y su genial compañero de aventuras (Walter Jakob), un Sancho perfecto para el Quijote posmoderno que salvaguarda sus piezas cual si fuesen armas de destrucción masiva ante el registro de la ONU— son dos “cabezas parlantes”. Y divierten, divierten mucho. El muchachito que entra a la disquería (Pablo Sigal) en busca del disco perfecto para levantarse a una chica (Denise Groesman), que no parece ser una chica entre chicas, será un trampolín hacia la “adicción” de la música de culto. Los cabezas parlantes harán de iniciadores cual maestros griegos con sus discípulos. Sólo faltaría la iniciación erótica para que la analogía sea plena; pero no, no falta: claramente, le cogen el cerebro al muchachito.
Como todo buen fanático, estos Charles Manson inofensivos tienen su dios: Peter Hammill, fundador y líder la mítica banda Van der Graaf Generator. Como buenos adeptos a su religión, se postulan como los puros, como los que conocen cada rasgo de su dios, por más vulgar e intrascendente que les resulte a los demás gentiles.
La tensión está servida. El “entre” en el que se debatirá existencialmente el personaje principal será aparentemente el eje “entre vender sus preciados discos o no”, pero se dejará “entrever” sobre el final de esta desopilante comedia que el “entre” del que no podrá zafar el dueño de la disquería será otro, más común a los comunes seculares que aparentemente no adoran nada en particular: el “entre” amar o ser amado, como si hubiese gran diferencia entre ambas instancias, como si hubiese que posicionarse entre las dos instancias. De hecho, la única conexión entre Hammill y sus puristas fanáticos será a través del muchachito iniciado, en un gesto de amor hacia sus iniciadores.
El iniciado mejorará al iniciador, una vez más. Será curioso, tierno y esclarecedor irse de la sala con la sensación de que el primero iniciará al segundo en áreas más prometedoras que la adoración de músicos y discos.
Jacob y Mendilaharzu consolidan una interesante dupla en la dramaturgia y la dirección, como lo habían hecho en Los talentos, obra escrita y dirigida por ambos también presentada en El Kafka.