
Por Hernán Panessi
Final de la Copa del Mundo. Minuto 120. Alemania gana 1 a 0 y la última pelota del partido es un tiro libre de Lionel Messi. ¿La distancia? Imposible. Remata y se va bien lejos de la valla teutona. La cara de Lío es de fastidio. Saca el arquero alemán, pitazo final y la copa tiene hogar europeo. Y, a raíz de ello, un runrún insoportable: “Messi esto, Messi aquello”. Mucho Hollywood por ahí. Final, minuto 120, 1 a 0 abajo, tiempo cumplido, distancia imposible y la “condena social” va para Messi. Sí, esto es culpa de Hollywood, no queda otra. Lo dice Napoleón Bonaparte: “La envidia es una declaración de inferioridad”. Por lo demás, absurdos aparte, nada para reprocharle a la Selección argentina. Fue de menor a mayor. Terminó con los prejuicios, cerró bocas, hizo historia. Una para el balance: con continuidad, esta generación puede dar pelea en competiciones venideras. Y yendo al hueso, contra Alemania, Messi, como en todo el Mundial, estuvo marcado por tres o cuatro jugadores. Así se hace cuesta arriba. Pese a ello, cada vez que la tuvo, fue garantía de sprints vertiginosos, de profundidad, de fútbol. Y sobre su espalda, ahora sí, su propia condena: el dolor de no poder sacar campeón a un pueblo que lo necesitaba más que nadie. Porque si hay algo en lo que todos coincidimos es en que Alemania no necesitaba salir campeón. Ni necesitaba ganar nada. Lo tiene todo. Eso sí: lo que no tienen ni tendrán es emoción en sus venas. Y morirían mil veces por ver nacer en su tierra a un Lionel Messi. Una verdad: el fútbol es un deporte irracional, por eso tanta tristeza. Venía bárbara esta alegría. A la Selección, a Messi, a todos. Y este subcampeonato llega con una pátina de desgracia pero también, que valga de consuelo, con una postal de victoria: la Selección argentina dio todo y Messi, más que nadie, mucho más. Si cada uno de nosotros fuera, en lo suyo, un 10 por ciento de lo que es Messi en el fútbol, el mundo se convertiría en un lugar bellísimo. Por eso, pese a que la ignominia siga reclamando giladas, ese cliché remanido pasó de moda: no tiene que demostrarle nada a nadie. Nunca más. Para la historia quedará el gol fuera de juego del Pipa Higuaín, la patada en la cara de Neuer, el referí italiano, el tiempo adicionado, el gol de Götze y el tiro libre de Lionel Messi, el gran héroe argentino que, como casi todos los héroes, también llora.