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Mesa Redonda, noche ovalada

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Atrás Hay Truenos, Tobogán Andaluz, Sue Mon Mont, Mi Amigo Invencible y Los Espíritus compartieron el Viejo Correo. A pesar de un cierre abrupto, ganó la música. Fotografía: Natalia Berninzoni (Flickr)

Por Eric Olsen

La leyenda de la Mesa Redonda es tan vieja que de alguna manera encontró lugar en el saber de todos. Se dice que era una mesa en círculo en la que el rey reunía a sus mejores caballeros, a los representantes más fieles de su reino para discutir política, guerra y riqueza. Lo que hace que esta mesa sea una de las más célebres de la historia es justamente su redondez, que deviene en la falta de una cabecera que marque jerarquías. Así como en la Noche Circular, una mesa redonda no tiene un asiento más privilegiado que otro: la voz de cada integrante tiene peso. De esta manera es que el sábado pasado por la noche se reunieron en el porteño Viejo Correo cinco de las bandas más representativas de la música independiente local. Y por más que un solo escenario implicase para este plantel un orden, es injusto pensar en las encargadas de abrir la noche como “teloneras” de las siguientes o en las responsables del cierre como más merecedoras que sus anteriores. La cabecera hipotética la compartieron Atrás Hay Truenos, Tobogán Andaluz, Sue Mon Mont, Mi Amigo Invencible y Los Espíritus. El banquete fue de todos.

“El encanto de la juventud eterna, estar viviendo el mejor momento posible”, dijo Diego Martínez, el bajista de Atrás Hay Truenos en la apertura de la Noche Circular. La voz venía de un escenario muy por encima de la multitud, una infraestructura incómoda pero metáfora perfecta acerca del alto lugar artístico que ocupan las bandas en el panorama actual. Puede que superficialmente esta noche parezca una fecha atrasada: la mayoría de las bandas sacaron su último disco hace mínimo un año y otras están en plena grabación del próximo. Pero si las palabras de Martínez sonaron justas como pocas es porque fue una velada de talento consolidado. Una reafirmación de los grandes sonidos de una generación que, por su carácter de independiente, nunca va a dejar de ser novedad para muchos.

El primer plato fuerte fue Atrás Hay Truenos, todavía frescos de haber abierto el concierto de la norteamericana Yo La Tengo la semana pasada. El sonido del lugar no los ayudó a generar la bola de fuerza y distorsión de sus habituales recitales. Aprovecharon la ocasión para dar un repaso breve y limpio de las mejores canciones de su último disco, Encanto. Desde que dejaron de ser instrumentales, el guitarrista Roberto Aleandri tomó el papel de cantante sin ningún tipo de dificultad y pronto la banda ganó una voz emocional inédita. Los instrumentos se acomodaron en torno al micrófono y el sonido se mantuvo en un constante debate entre adiestramiento y salvajismo. Tanto los bajos de Martínez como las cuerdas de Nacho Mases y la batería de Héctor Zuñiga empezaron a demostrar una técnica cancionera por momentos y el más llano descontrol por otros, haciendo de su sonido único e impredecible.

Tobogán Andaluz tuvo un show impecable. Las canciones de su disco Viaje de luz, de 2012, sonaron tan frescas como si acabasen de salir de la mente creativa de Facu Tobogán. Con Fede Dopazo en el bajo y Diego Pérez Arango en la batería, los temas encontraron un balance perfecto entre claridad y fuerza. Así Tobogán Andaluz se aleja del estigma de desprolijidad de las bandas cancioneras para volverse una banda líder del género. Hasta las canciones nuevas de su próximo disco tuvieron aguante, y la calidez del público calzó perfecto con la actitud de frontman. Temas como “María juega a ser un avión” no podrían haber sonado más afilados. El cierre, con “Lo que más quiero” cantada a todo pulmón, fue evidencia final de esto.

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La frescura de una banda recién armada todavía está presente en cada uno de los integrantes del notable ensamble Sue Mon Mont. Fotografía: Antonella Casanova

El dream team de Sue Mon Mont presentó las canciones de su debut discográfico, de salida inminente. Hace pocos meses que tocan, todavía sin un disco encima, y sin embargo la química entre los integrantes es palpable. “Esta banda es un pretexto para ser felices, porque juntarnos ya es especial”, habían admitido en la primera edición de NaN de este año. Es algo que no se molestan en disimular. Ver a Rosario Bléfari, su movilidad y carisma natural en el escenario, nunca deja de ser causa de sonrisas en las caras del público ni en las de Marcos Díaz, Niño Elefante y Tifa Rex. Porque la frescura de una banda recién armada todavía está presente en cada uno de ellos. Las canciones prematuras del cuarteto abren a la crudeza y la desprolijidad incluso en una presentación formal. Cada vez que toca Sue Mon Mont se está viendo a una banda todavía en proceso, por más que su identidad ya sea fuerte.

El anfitrión de la noche, Mi Amigo Invencible, fue un verdadero ejemplo sin peros, distando mucho de la banda que suena en sus discos. Su propuesta no se basa en la búsqueda de un sonido propio: no vas a encontrar ningún efecto único de guitarras, un exceso de experimentación, ni influencias fuera de lo común. El fuerte de Mi Amigo Invencible es la creación de algo tan personal que sólo podría ocurrir con cada uno de sus integrantes unidos. En el escenario funcionan como partes que aparentan ser independientes pero encuentran una sincronización y fluidez conjunta inigualable. El ruido que podría devenir de tener seis integrantes no existe. El conjunto rítmico del baterista Arturo Martín y el percusionista Leonardo Gudiño mantiene la canción en un lugar dinámico, igual que la complementación vocal entre Mariano di Cesare y Mariano Castro, también con cabasas en mano. Es el mismo juego de cuerdas entre el guitarrista Nicolás Voloschin y los rasguidos de Di Cesare, dando fuerza y corte a los bajos de Juan Pablo Quatrini. Las dificultades técnicas persistieron pero no impidieron un repaso por lo mejor de La Nostalgia Soundsystem, incluyendo “Esta casa”, “Me cuidé tanto” y “Descanso sobre ruinas”, todas bailadas como clásicos y cantadas cual himnos. El fanatismo y el aguante fueron increíbles y bien merecidos; y eso es algo que nadie le puede sacar a Mi Amigo Invencible.

Hay una especie de anticipación antes de empezar cada recital de Los Espíritus. Una especie de seguridad de estar por experimentar algo esperado, una experiencia que siempre motiva y nunca defrauda. Los ves subir al escenario uno a uno, armar sus instrumentos, y hasta que la primera nota suena la anticipación se infla. Después se larga. Empezaron con un par de temas nuevos como “Perro viejo”, explorando los límites de la oscuridad festiva y coqueteando con un blues de mala madre. Desafortunadamente, éste no iba a ser un recital más para para la banda de Maxi Prietto y Santiago Moraes. Al tercer tema, desde el micrófono del sonidista los organizadores de la velada anunciaron que quedaba tiempo sólo para un par de temas más. La razón: “La municipalidad”, el enemigo invisible. Muchas personas no tardaron en culpar al Viejo Correo porque el evento había empezado más de dos horas tarde. Ya eran las 4.30 de la madrugada. “Si yo compro un flan con dulce de leche, quiero que me venga el dulce de leche”, tiró entonces Prietto. “La gente pagó la entrada para ver a las bandas.” La suya siguió con “Los desamparados” y “Jesús rima con cruz”, tocadas al palo y sin interrupción. Parecía que la rebeldía ganaría hasta que sobre una zapada les empezaron a cortar el sonido. Entonces las puteadas, los gritos, los aplausos, el final abrupto, las quejas y de vuelta al frío invernal de junio. Seguro que la primera reacción fue salir con cara de culo después de cómo terminó todo. Pero si el viento pegó tan fuerte fue porque costó acostumbrarse a la helada después de la calidez que se vivió adentro del boliche. Lo mejor que se puede hacer es no dejar que los gajes del oficio y un final injusto arruinen el recuerdo de lo que fue una noche musical de leyenda.

MIRÁ LA COBERTURA FOTOGRÁFICA DE NATALIA BERNINZONI EN NUESTRO FANPAGE.