
Por Ernesto Facundo Pastrana
efpastrana@gmail.com
Son las 10. La gente se amontona en las paradas del 15 y el 110. En su mayoría los bondis vienen llenos y así no se puede subir. Los que no paran no son amigos, “no dejan trabajar”. Mientras tanto, Omar Bruni prende un cigarrillo y sigue a la espera. Después de 20 minutos aparece un colectivo con la cantidad de gente justa. Saluda al chofer, se presenta y empieza con su discurso mientras sólo algunos le prestan atención. “Esto es un regalo”, termina. El poeta sale todos los días a vivir de su poesía. Sin duda, es un sobreviviente.
“La poesía es vida y siempre me gustó la vida”, dice Bruni a la hora de definir su trabajo. Se levanta todos los días a las ocho, toma unos mates y sale a la calle a repartir los folletos con sus poemas en los colectivos de la Ciudad de Buenos Aires. “Llevo más de dos millones de folletos entregados. Si me hubieran dado un peso por cada uno, sería millonario”, bromea frente una cerveza, luego de haber terminado su jornada laboral. Todos los días lidia con la indiferencia a pesar de que parte de la premisa es regalar. “La gente no entiende el concepto de regalo. Vivimos en una sociedad de tanto consumo que si no pago no entiendo porque me dan.”
Vive en un hotel, en una pieza compartida, por lo que sólo vuelve para dormir. Trabaja desde las 9 hasta las 13. “El problema es que a partir de la una los colectivos vienen demasiado llenos y no se puede subir, nadie te da pelota. Hace cinco años laburaba hasta las cuatro o cinco de la tarde”, explica. Paradojas del crecimiento del país, si las hay. Después de terminar, se va para algún kiosko, cambia las monedas, se toma una cerveza y escribe, o no, porque él no tiene un momento para sentarse a escribir. Para el poeta, “las musas te llaman cuando se les antoja”, por lo que ponerse a gastar tinta esperando que lleguen es innecesario. “Quizá estoy charlando con alguien y le digo ‘disculpame’, saco el cuaderno y me pongo a escribir”, cuenta.
A los colectivos entró “a patadas” y con el miedo de pensar cómo lo iban a etiquetar. “Para algunos, soy un vago, para otros, un luchador, un laburante, un genio o un idiota”, enumera Bruni, que no para con la cerveza. Además de la poesía, la rubia y el cigarro son sus dos pasiones. “A mí no me preocupa cómo me ve la gente. Me interesa lo que hago, lo otro es cosa de cada uno”, remarca. Además, hay que tener en cuenta que de cada “veinte personas, quizá, con suerte, una le preste verdadera atención”. Esto es inevitable, el mundo del colectivo es bastante particular.

El tema es así: luego de recorrer el país y hasta ser candidato a diputado por el Partido Humanista (PH), llegó a Buenos Aires y había que vivir. El cómo era la pregunta. La respuesta fue ser quien era y es. “Yo te vengo a decir algo, me paro enfrente tuyo y te doy mi poesía. Si me querés ayudar, bienvenido, y si no, también.” Hay algo en ese cómo que es importante, como fue importante su distanciamiento del PH porque la burocracia política no es de su agrado. “Los teje y maneje” no son para él. De todas maneras, la impronta del movimiento humanista sigue en pie en su poesía. “Soy un militante”, se define. La necesidad está, no caben dudas, pero más allá de ella existen las ganas de “construir algo nuevo”. “Si nos dejáramos de pensar tanto en la plata y viéramos más los valores humanos, la cosa sería más fácil. Vos tenés tus problemas y yo los míos, la cuestión está en pensar cómo puedo ayudarte con los tuyos y vos con los míos”.
A Omar ya lo reconocen. Después de 15 años arriba de los colectivos, por lo menos algunos le ven cara conocida. También están las personas que lo vieron en algún que otro programa de televisión y de no darle bola pasaron a prestarle atención. Sos famoso, le dicen. “No soy famoso, pero bueno”, responde. Otros optan por mandarle un correo electrónico o un mensaje al celular felicitándolo por su poesía y hasta hay quien le agradeció por haberle servido para replantearse su vida. “Una persona se pensaba suicidar y mi poesía le dio vuelta la cabeza. Le salvé la vida”, cuenta mientras se emociona al recordar la anécdota. “Cuando pasan esas cosas son el día, la semana, el año, todo junto.”
Bruni no sólo escribe poesía, también tiene algunos cuentos y otros escritos, pero los poemas son más efectivos para el colectivo. Rápidos y sencillos, “cortitos y al pie”, vaticina. Arma sus folletos según su estado de animo, pero tiene en cuenta el de todos. Hay poesías románticas, más filosóficas o críticas a la sociedad. Cada puñado de sus versos es un popurrí de temas, por más que él afirme que sus tres preocupaciones son la comunicación, la sensibilidad y la indiferencia. Sin dudas, hay que tener en cuenta el aspecto comercial, y por qué no, cada tanto, sorprenderse aún de sus propios escritos. “Me ha pasado decir que este poema era un golazo y que a nadie le guste. Y que éste es una mierda pero lo pongo para rellenar y que me digan qué bueno que está. Hay que poner un poco para todo el mundo.”
“Hubo momentos en que dije que ésto no servía”, recuerda. Son esos momentos en los que hay que “ponerse la capa y bancarse el chubasco”. La vida del sobreviviente es así, sentencia Bruni buscando otra cerveza en la heladera del kiosko, que funciona como su hogar desde las 17 hasta que decide irse a dormir. “Pasa lo bueno y pasa lo malo. Por suerte ahora estoy pasando una buena”, profundiza.
Que la plata la necesita nadie lo duda. Omar lo acepta. Sería necio no hacerlo. Pero el hecho de subir todos los días a los colectivos va más allá del dinero. De lo que se trata es de “contagiar” algo, poder decirse a uno: ”Puta, estoy vivo”. “Te guste o no te guste, lo mío lo necesitás aunque no te des cuenta; porque necesitás comunicarte, sentir, darte cuenta de que la cosa no es laburo, casa, familia. Necesitás darte cuenta de que hay algo más, y ese algo más te lo traigo yo. Soy un instrumento, la vida misma me pone acá, me hace escribir lo que escribo”, concluye.