
Por Carlos Rodríguez*
El Gordo Osvaldo Soriano fue el verdadero hacedor del estilo del Página/12 de los primeros años; ese diario que sorprendía con sus títulos llenos de ironía y con textos en los que la información dura se mezclaba con lo anecdótico. “La anécdota es muchas veces más importante que la noticia y el color no puede quedar afuera porque forma parte central de la información”, nos decía.
En la cobertura de una sesión del Concejo Deliberante de Morón en la que se separó del cargo, en 1989, al entonces intendente Juan Carlos Rousselot —con el voto de los ediles del Partido Justicialista al que pertenecía—, me hizo llevar a la cabeza informativa el dato sobre la presencia de una añeja botella de sidra que el controvertido alcalde tenía en una vitrina que ocupaba toda una pared de su despacho.
“Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” era la frase que exhibía la etiqueta de la botella que celebraba la Navidad de 1947 con las imágenes sonrientes de Perón y Evita. “Un recuerdo de tiempos mejores”, fue la síntesis de la idea volcada por consejo de Soriano en la apertura de la crónica, para dejar sentada la crisis derivada de los devaneos y el autoritarismo de Rousselot.
Esa simple belleza que alentó en nuestros textos fue lo que le hizo a Soriano vender millones de ejemplares de sus libros, cuyos protagonistas eran casi siempre perdedores utópicos y queribles. “Lo único que me propongo al escribir es quitarle a la literatura cierta solemnidad. Tengo poca relación con la crítica. Me importan los lectores, divertirme escribiendo y abrir un mundo que mezcle la aventura con la política y el humor.”
El humor era su alimento. Cierta noche, a principios de los ‘90, tuve la ocasión de compartir una mesa con Soriano, Osvaldo Bayer y Hebe Bonafini, después de una charla sobre periodismo y literatura en la Casa de las Madres. Fue en un boliche que está en Hipólito Yrigoyen y Entre Ríos, frente al Congreso. Allí escuché por primera vez una historia que contaba el Gordo Soriano y que nadie se atrevía a desmentir ni confirmar. Decía que durante su exilio en Bélgica había trabajado como “contador de patos y cisnes” en el Lago de Bruselas.
Según el relato de Soriano, eran 400 los patos y 200 los cisnes, y su tarea era contarlos, todos los días, a las cuatro de la mañana, para confirmar que estuvieran todos. Como nunca nadie robaba nada, llegó a un acuerdo con un exiliado peruano para que cada noche se llevara algunos patos y algunos cisnes. “Cuando yo denunciaba el robo, los reponían enseguida, y le pedía al amigo peruano que los robara porque si no pasaba nada, me iban a echar y era el único laburo que tenía.”
Fue una noche inolvidable porque Bayer no se quedó atrás de su amigo, con el que había compartido varias lujosas redacciones. Bayer contó que su madre le había dicho unos pocos días atrás: “Osvaldito, todos tus amigos de la infancia ahora son obispos, camaristas o catedráticos; en cambio vos, nunca llegaste a nada”. Todavía escucho las risas de los Osvaldos y las de Hebe.
El Gordo Soriano, es obvio, basta con leer sus contratapas en Página/12 o sus libros, disfrutaba y hacía disfrutar con sus textos. De todos modos, insistía en que su sueño del pibe, no cumplido, era el de haber sido el 9 goleador de San Lorenzo de Almagro. Decía que un partido de fútbol tiene “la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto. Con drama, reflexión e ironía. Y amalgama a la familia, cosa que no consigue la política”.
Fueron muy gratos esos años compartidos con Soriano, Bayer, Miguel Briante y las visitas breves pero sentidas de Juan Gelman, entre tantos otros. Cuando los recuerdo, rescato la grandeza de los verdaderos grandes en los pequeños gestos cotidianos: si no los veías entrar en la redacción, pasaban, nos palmeaban la espalda y en mi caso, me decían: “¿Cómo va, Carlitos?”.
* Es periodista del diario Página/12 hace 28 años.
Fuente: NAN #19 (2015). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.