
Por Marcelo Acevedo
Existe un mito urbano que todo lovecraftiano conoce: dice que Jorge Luis Borges alguna vez creó una ficha falsa del Necronomicón con la que lo incluyó en el catálogo oficial de la Biblioteca de Buenos Aires. Desprevenidos lectores y cazadores de mitos —en particular los creyentes de ese libro escrito por el árabe loco Abdul Alhazred— se asombraron con la posibilidad de descubrir esa ficha, lo que los llevó a una búsqueda infructuosa, aunque no por eso menos emocionante. De esa manera, nuestro más grande escritor hizo su aporte para que el culto a ese libro mítico y maldito —también ficticio— continuase creciendo alrededor del mundo.
Lovecraft —el inventor del horror cósmico, el creador de ese magnífico ciclo literario conocido como Los Mitos de Cthulhu, el padre de inenarrables criaturas de pesadilla con los nombres más peculiares (qué decir de Shub-Niggurath, también conocido como La Negra Cabra de los Bosques con sus Diez Mil Vástagos)— fue un escritor rechazado por el canon literario y amado en primera instancia por los fans del weird y la literatura pulp y luego por los bibliófilos en general. Dejó una obra breve pero intensa que desde hace muchos años es objeto de análisis académicos, reversiones, homenajes y reinterpretaciones. Por ejemplo, la primera temporada de True Detective —una serie que generó alto grado de adhesión entre los espectadores, en parte gracias a su lenguaje metareferencial— es rica en homenajes y referencias a una obra que tiene casi cien años de antigüedad.
El cariño que Borges profesaba por la obra de Lovecraft —un autor que se suponía menor por escribir literatura de masas— no sólo puede rastrearse en el mito de la ficha, sino también entre las páginas de sus propios textos. “There are more things”, cuento publicado en El libro de arena (1975) de claros tintes lovecraftianos, comienza con una dedicatoria: “A la memoria de H. P. Lovecraft”.
Así como Borges, muchos autores argentinos se sintieron atraídos por la cosmogonía macabra creada por el mago de Providence, y no sólo disfrutaron de su lectura sino que además esa oscura influencia quedó plasmada en sus propios cuentos y novelas. Solitario, enfermizo, xenófobo y reaccionario, Lovecraft nunca fue un tipo muy querible, pero sin embargo su literatura es tan sobresaliente que, más que lectores, genera fanáticos. Las ediciones en nuestro país se multiplicaron gracias a esa legión de seguidores incondicionales. Desde la editorial más pequeña e independiente hasta las multinacionales se vieron obligadas a publicar la obra escrita del creador del Necronomicón. De estos y otros temas relacionados con la obra del principal escritor de terror del siglo XX trata el libro de Carlos Abraham editado por Oráculo ediciones.
Lovecraft en Argentina es un libro pequeño pero también muy interesante. Guía para el fanático de Lovecraft, ensayo sobre las ediciones del autor en nuestro país, compendio de datos duros y exactos, este volumen también contiene sugestivos análisis sobre la obra y la influencia del escritor. Carlos Abraham es un ensayista insistente y cuidadoso, un obsesivo del detalle y la información exacta, un buscador de datos perdidos —ya demostrado en obras anteriores, como La literatura fantástica argentina en el siglo XIX y Revistas argentinas de ciencia ficción— que expone en cada nuevo libro su pasión por la literatura de género.
En Lovecraft en Argentina podemos encontrar un catálogo de todas las publicaciones del escritor maldito en nuestro país, un recorrido desde las primeras ediciones allá por los años ’20 hasta los más recientes intentos frustrados de antologar sus obras. Pero este libro no es sólo un recorrido en orden cronológico; también incluye un análisis sobre la influencia de Lovecraft en los autores argentinos y una mirada sobre la recepción de su obra en nuestro país, tanto en el plano de las reseñas como en los textos más críticos y analíticos.
Es cierto que es un libro que interesará más que nada al fandom, pero nuestro país es una porción de planeta que está plagado de fans del escritor que actualizó los tópicos del género y creó una mitología terrorífica, lo que lo transforma en el lugar ideal para publicar un texto de estas características. Además, puede ser utilizado como una precisa guía para el lector que recién se está iniciando en los senderos del horror cósmico y necesita saber dónde comenzar a buscar, o en qué lugar continuar buscando.
Lovecraft en Argentina viene a hacerse cargo de un aspecto desatendido según el propio autor: el estudio de sus avatares bibliográficos, su recepción crítica y la influencia que tuvo en otros autores, analizando el enorme corpus textual que supera el centenar de ediciones locales de su obra, lo que lo transforma en uno de los autores extranjeros más transitados en nuestro mercado editorial.
Como cierre del libro y a modo de apéndice (acaso un poco colgado) Abraham incluye una breve reseña sobre las primeras apariciones en español del escritor Robert E. Howard, como para que al lector lovecraftiano le pique el bicho de la curiosidad y salga a la calle a rastrear las más oscuras y peligrosas librerías del país, en búsqueda de la obra de otro autor extraño y maldito.