
Por Facundo Gari
Ignacio Huang y Juan Francisco Dasso se conocieron en 2005. Eran parte del elenco de El año del Leberwurst, pieza independiente de Cristian Morales que un año después tuvo como productor a Fernando Peña. En ese tiempo, Huang arrancaba actuación en el IUNA y Dasso, dirección en la EMAD. “Luego nos seguimos cruzando en pasillos teatrales”, cuenta Dasso. Por el tiempo en que la fama le tocaba la puerta por su protagónico en la película Un cuento chino (Sebastián Borensztein, 2011), Huang tramaba su ópera prima teatral en el contexto de un proyecto estudiantil. “Llegó el punto en el que necesitamos un guía”, explica el nacido en Taipéi y devenido porteño desde la infancia. “Llamé a Juan Francisco y la obra tomó un giro importante: así surgió China Pampa. Antes era más ‘china’ que ‘pampa’, pero con él creamos una amalgama.”
“Amalgama” es una de las palabras que le repiten a NaN los dramaturgos de esta comedia que se presenta los domingos a las 19 en La Carbonera (Balcarce 998). “El proceso fue largo y cada uno le fue dando el matiz que le interesaba, con textos propios que se articulan en una trama”, destaca el director. Con recursos de la parodia y el absurdo, China Pampa narra un episodio de la vida de Lucero (interpretado por el propio Huang), un chino que se come el cuento de la argentinidad sintetizada en el gaucho y se propone organizar una peña para mostrar su telúrico renacimiento. Quien le facilita esa figurita chamamecera es Lucía (Viviana Cantin), una ex folklorista que se ocupa de la limpieza en el puesto de control ferroviario de Quinghai, que Lucero comanda. De manera inesperada, llega Lucas (Carlos Martín Fernández), que se devela como algo más que un turista argentino cuando se enfrenta a un mafioso anónimo (Xiaodi Chen). “El signo fuerte es el chino que quiere ser argentino. Más radical, quiere ser un gaucho. Cuando decidimos eso, apareció el imaginario de la obra”, señala Dasso en la charla con esta revista.
—Lucero podría ser un perfecto lector de Lugones, aunque algo confundido…
Ignacio Huang: —Lo interesante es que si estás sumergido en un país es difícil darse cuenta qué es lo que piensa la gente de uno. Por ejemplo, una situación muy divertida: un actor argentino trabajaba en una novela mexicana. Claro que no podía sacarse su acento argentino. Entonces, en la novela lo describen como argentino y cada vez que entra le ponen una musiquita de tango. Lo mismo me pasa a mí: en varias obras, al entrar yo en escena, el musicalizador me puso música china, como reforzando una idea que no precisa refuerzo.
Juan Francisco Dasso: —Al escribir esta obra y repasar los estereotipos, nos preguntamos qué es la identidad nacional y cuán frágil es, porque los que nos creemos más argentinos que Ignacio venimos de españoles o italianos que llegaron el siglo pasado, hace poco tiempo a nivel histórico.
I.H.: —En este caso, se trata de un extranjero que no conoció la Argentina pero que por escuchar a Lucía se hizo una idea, un sueño. De hecho, actualmente, un chino puede pensar que la Argentina es Maradona, Sabatini y Evita Perón, un conjunto de imágenes que actúan en el extranjero. Por ejemplo, Lucero imagina una Argentina con plata en todas partes y eso no es chiste. Cuando yo tenía once años, creía que acá se bailaba en la calle. Pero no todo es como nos llega: en China se baila más tango que acá y en Occidente se practican más artes marciales que en Oriente.
J.F.D.: —En cuanto a las confusiones, “Lucero” es uno de los seudónimos que usó Hilario Ascasubi, que escribió para federales y unitarios. En La refalosa, el protagonista se dice “gaucho unitario y gacetero”: un disparate. Los gauchos unitarios no existen, pero quería que Lucero tuviera esas confusiones.
—Si bien se comprende la parodia a la noción de “ser nacional”, no queda claro, sobre todo por el final, si se critica negativamente esa idea completa, si se vindica la parte de ella que no es romanticismo hermético o si se la entrona desde la perspectiva del “arraigo comunitario”.
J.F.D: —No ofrecemos una respuesta. La forma de encarar el teatro es hinchar las pelotas, mover un poco el tarro. China Pampa es un procedimiento paródico: toma la figura fuerte del ser nacional argentino y la pone donde no va. El humor es poner algo en donde no debería estar. Pero lo que más nos gusta es que los espectadores se vayan pensando. Claro que nos gustaría que la sociedad se hermane. Hay algo de los nacionalismos y el folklore que es rico. Creo en lo regional, pero no en el nacionalismo expansivo y violento.
I.H.: —La parodia implica la cuestión de la originalidad: solamente los gauchos del siglo XIX fueron originales. Cuando un concepto se traspola a un ambiente que le es ajeno, en este caso lo gauchesco en China, toma otro color. Aparece el tema del sincretismo. En ese sincretismo hay identidad. La identidad es un continuo, un cambio constante e inevitable.
—¿Cuánto de autorreferencial tiene China Pampa, Huang?
I.H.: —Lucía está en China. ¿Qué hace una argentina varada en China? Lo mismo podés preguntarte qué hace un chino en la Argentina. Esta experiencia me sirvió para contar lo que me había pasado. Una vez soñé que tenía apellido González y me desperté tan feliz… Te imaginás el mambo que tenía, el deseo de ser una persona “normal”. Hubo un tiempo en que me costó asumir mi origen, lo que me llevó a una negación de mi raíz. Empecé a no querer saber chino, no querer estar con gente de mi comunidad. Hasta que encontré el equilibrio: soy una mezcla de las dos culturas. Ya no me enojo si me ponen una musiquita china cuando entro. Y me hice esta remera que dice “Made in china”. Si uno se acepta a sí mismo, puede aceptar al resto. Además, la obra intenta abrir un portón a mi comunidad, que hasta el momento ha estado un poco cerrada, no sólo porque tiene esa costumbre sino porque la sociedad no le ha abierto muchas puertas. Ésta es una forma de integrar. Antes se hablaba de crisol, pero la palabra nueva es mosaico: podemos mantener nuestras raíces y a la vez incorporar otras.