/Archivo

“Savage” en El Portón de Sánchez

SAVAGE_ENTRADA
La pieza del coreógrafo Pablo Rotemberg es provocativa como “La idea fija” y “La Wagner”, pero con un espíritu más estéticamente osado y conceptualmente explícito. Fotografía: gentileza de prensa

Por Ailín Bullentini

Savage, danza en libertad”, gritan enojados los y las integrantes de la Compañía de Danza del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA) desde la escena de El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034, Ciudad de Buenos Aires), una consigna que se convierte en el resumen más concreto de todo lo que hacen sus 17 cuerpos con, pongámosle, movimientos más o menos integrados a las reglas de la danza contemporánea, durante la hora y piquito que dura esta nueva pieza de Pablo Rotemberg. Con ropa (poca) o en bolas, a las piñas o a los besos, la idea es la misma siempre: queremos ser libres.

Una morocha se descuajeringa en un vértice del escenario, mientras el resto del elenco se revolea, de a parejas. Están sentados en sillas de plástico al fondo de las tablas y se quitan, a los golpes, obvio, de esos asientos. La morocha ocupa su lugar en esa hilera que, de repente, quedará quieta: uno de los chicos, petiso, mulato, avanzará hacia el público, se quitará el short y se clavará el calzón bien en el fondo de la raya de la cola, más firme que un pedazo de asfalto. Bailará un ratito así, entangado, hasta volver a su silla. La hilera, tras un par de repeticiones —claro, también las repeticiones están presentes—, reventará por toda la sala. Así arranca Savage.

La última de Rotemberg, que había asomado en diciembre del año pasado como un trabajo en proceso y que ahora se florea los domingos a las 21, es una obra de danza contemporánea para cuyo análisis la valoración de la técnica, el diseño y ejecución del dibujo coreográfico e incluso la selección musical de poco sirven. Hablar de Savage es criticar el mundillo de la disciplina artística, pero sobre todo a la sociedad. O, mejor, putear a ambas. Hablar de Savage es recoger con un pañuelo de tela el escupitajo que estampa en la jeta de una, en tanto espectadora, abrir la tela luego y ver qué se encuentra entre esa mucosidad. Porque una sabe lo que va a ver cuando elige a Rotemberg, pero el muchacho se supera puesta a puesta y, en esta ocasión, los integrantes de la Compañía de Danza del IUNA se ubican a la altura de las circunstancias.

SAVAGE_ENTRADA1
Uno sabe lo que va a ver cuando elige a Rotemberg, pero el muchacho se supera puesta a puesta y, en esta ocasión, los integrantes de la Compañía de Danza del IUNA se ubican a la altura. Fotografía: gentileza de prensa

El petiso mulato va a ser víctima de una violación masiva sobre el escenario, un lugar al que luego se sumarán otras dos bailarinas. No es la única escena de la obra en la que la coreografía juega a ser una cogida por la fuerza de uno(s) sobre otros(s) frente al público, así como tampoco la más fuerte. Rotemberg y su equipo, en este caso los bailarines y bailarinas del IUNA, provocan desde que pisan el escenario: miran desafiantes, se ponen en pelotas, se tocan a sí mismos y entre ellos, se pegan altas transas. El sexo es un protagonista más de la puesta, al igual que la resistencia y la apuesta a un cuerpo de movimientos y posturas límites.

Esos elementos están tan presentes aquí como lo estuvieron en La idea fija y en La Wagner, pero de una manera diferente. En Savage, la coreografía específica dialoga y transita, de la mano de otros elementos, la ideología que la atraviesa: aquélla que pone en crisis la heteronorma, la manera binaria de entender los cuerpos. La técnica contemporánea al compás de la música –que fluctúa entre meros ruidos hasta cumbia, pasando por Rammstein y Sandra Mihanovich— juega en equipo con movimientos propios de la vida cotidiana del resto del mundo (esto es, los de todos aquéllos que no somos bailarines o bailarinas); avisos de los protagonistas al público, micrófono mediante; lectura de textos que ayudan (y mucho) a anclar el mensaje, a bajarlo a tierra; y el canto. La mezcla es explosiva por lo explícita. Y reveladora. Una deja la sala de El Portón entre dubitativa, exhausta y satisfecha, y es esa satisfacción de saberse casi inconscientemente (o no) liberado.

Savage está embadurnada por el sello de Rotemberg, con el que pegoteó todas sus creaciones: una marca que suena a golpes y caídas, que sabe amarga, que huele a sexo. Si La idea fija abrió el juego y La Wagner continuó asombrando, Savage no es la excepción sino todo lo contrario: la muestra más osada de esa personalidad y, sin dudas, la menos abstracta.