En tiempos en que las salideras bancarias ocupan el espacio mediático que antaño ocuparon los motochorros y antes los secuestros express, Alejo Beccar dirige una sátira teatral que se pregunta por la inseguridad. La respuesta es un mensaje concreto, gritado a los cuatro vientos y sin pretenciones de objetividad.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Peor que robar un banco es fundarlo
Buenos Aires, octubre 12 (Agencia NAN-2010).- Porque cuando Ecuador estaba en llamas algunos programas de televisión –en ocasiones como ésa, la gran ventana para acceder a una realidad cambiante minuto a minuto– hablaban de eso. Porque es el caballito de batalla de la oposición, el tema que preocupa a los sectores más alejados del kirchnerismo, pero no los ocupa. Porque que la misma problemática sea siempre tapa en el mismo diario no es por falta de originalidad. Porque el mapita que diseñó Francisco de Narváez no parece surtir efecto. Porque en la víspera del censo ya hay argentinos que pusieron el candado en la puerta. Porque cualquier vecino no negará su existencia. Sí. La inseguridad existe. A esta altura nadie lo duda. Pero el gran problema podría ser otro y el eje estar corrido. Por eso, entre tanto bombardeo mediático, entre tanta noticia sangrienta y poco análisis, entre tanto candidato que promete, otros espacios de comunicación pueden dar la excusa para detenerse. Para preguntarse, al menos, si primero el huevo y después la gallina o qué.
Por todas esas razones Peor que robar un banco es fundarlo llegó a la cartelera en el momento justo. Y es un ejemplo de teatro como modo alternativo de comunicación. El teatro es por sobre todo un medio de comunicación cuando el autor, en este caso Alejo Beccar, monta una escenografía, convoca a un par de actores, piensa en un argumento que tenga que ver con la coyuntura, origina a partir de allí la seguidilla de diálogos y da un mensaje concreto, simple, llano. Todo lo que conforma el hecho teatral está al servicio de eso, más que de contar una historia o de subyugar estéticamente al espectador. Las últimas son alternativas más que válidas, también las más frecuentes. Es que por algún motivo, en el teatro no predominan las bajadas de línea. Es más: suelen estar mal vistas.
Por eso, la obra que puede verse en La Tertulia (Gallo 826) los sábados a las 21 vendría a ser al teatro lo que es el programa de Víctor Hugo a la televisión: la independencia, cuando hay algo que se quiere comunicar, no existe. El teatro independiente –vaya palabra– también depende de la cabeza de los sujetos que lo crean. Y entonces Beccar no lo dice crípticamente, lo grita a los cuatro vientos a partir de la historia de un ladrón que toma un banco: “¡La inseguridad es un problema, pero miremos a los que tenemos al lado y analicemos el problema con un poco más de perspectiva! ¡La pobreza es una de las grandes causas de la inseguridad!”
Qué otro género podría haberle calzado mejor a ese intento que la sátira que pone de manifiesto un problema social, mediante la burla, la ironía y la ridiculización. Aboga también por una mejora, de ahí que se le atribuya cierto halo militante. En la obra, todos esos recursos parten de un interrogante que formuló, bastante tiempo atrás, Bertold Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. Es fácil la respuesta, está en el título. Un ladrón sumamente inocentón ingresa a un banco para llevarse todo lo que el tiempo le dé. Un ladrón que poco sabe de robos y menos de malicia.
Son contados los segundos para que el espectador se prepare. Enseguida, las personas de la fila se convierten en rehenes. Es una buena radiografía de la cola de un banco. Y, yendo de lo particular a lo general a la manera del método inductivo, también la galería de una sociedad en decadencia. Están todos (más que personajes, podría hablarse de roles): la pobre embarazada a la que nadie le cede el lugar, el político corrupto, la mujer mayor sexuada, la pendeja que hace uso de sus atributos para sacar algún rédito, el tipo de seguridad más incompetente del planeta. Están todos, todos dispuestos a terminar con la vida de ese ladrón que se ha metido con uno de los grandes símbolos de la sociedad capitalista.
Peor que robar… erige situaciones disparatadas, como la participación de las víctimas –debería ir entre comillas, si se piensa en el mensaje de la obra y no en su contenido– en el pedido que hace el ladrón para poder liberarlas. La embarazada pide helado de chocolate, el funcionario que le depositen dinero en alguna cuenta lejana. Por momentos, algunas situaciones dejan de ser disparatadas y se vuelven infantiles, como el hecho de que el ladrón ¡todavía! crea en Papá Noel. Allí es cuando el humor pierde su cuota de verosimilitud. Es que, quizás, el verosímil no sea condimento fundamental de la sátira y haya que reemplazarlo por lo que se encuentra a la vuelta de la esquina.
