El trabajo editado por Arte Brujo se trata de un análisis artístico y antropológico del culto africanista kimbanda, con la mira en Exu y Pomba Gira.
Por Facundo Gari
Buenos Aires, octubre 11 (Agencia NAN-2010).- El año pasado, los artistas plásticos Juan Batalla y Dany Barreto montaron en el Centro Cultural Rojas una exótica muestra que reunió obras de Marcelo Bordese, Nora Correas, León Ferrari, Angela López Ruiz, Diego Perrotta, Nico Sara, Melina Scumburdis, Gustavo Tabares, Anabel Vanoni, Margaret Whyte y Guillermo Zabaleta, de escuelas, estilos y procedencias divergentes. El nombre de la exposición hacía de eje de la recolección: Dueños de la encrucijada: estéticas de Exú y Pomba Gira en el Río de la Plata, etiqueta que portaba ya hacía un año el libro homónimo editado por Arte Brujo, casa que Batalla y Barreto dirigen desde 2003.
En resumen, se trata de un análisis artístico y antropológico del enigmático culto africanista de la kimbanda, con vista en las diferencias y similitudes entre sus prácticas en Argentina y Uruguay. Así, la mirada está puesta en Exú y Pomba Gira, entidades espirituales que integran el panteón africanista y que aparecen con frecuencia en los suburbios de uno y otro país, como contrapropuesta emergente frente al “monopolio” de la fe que es el catolicismo, ya que tan en vilo está la presunta intención de “democratizar” la participación cívica.
Poblado de fotografías de Guillermo Srodek y Barreto –de altares con estatuillas, botellas y cigarrillos y de personas en situaciones de ritual– además de las litúrgicas producciones de algunos de los artistas que luego expusieron en el Rojas, el libro contiene ensayos del sociólogo y antropólogo Alejandro Frigerio (“Compadre en tiempos difíciles”), del sacerdote Milton Acosta (“Mi compadre Eshu y yo”), de la profesora de literatura e investigadora Amalia Satoy (“Exu”), de la sacerdotisa Susana Andrade (“Ella”), del sociólogo Reginaldo Prandi (“Corazón de Pombagira”) y del propio Batalla (“Representación y deslumbre”). En la mayoría de ellos, se describe al rito como performance y a la materialidad iconográfica y simbólica como instalación artística: esa es la mirada que aporta el libro, el valor estético de una práctica religiosa y marginal.