/Archivo

“El amor es todo” y “Rock and roll punga”, de Javi Punga

PUNGA_ENTRADA1
El camino entre los últimos dos discos de este prolífico autor atraviesa, con trajín épico, la indecisión, los dulces, los paseos, las tendencias y la identidad.   Fotografía: Natalia Berninzoni

Por Luis Paz

“Si no hay amor que no haya nada entonces.”
(Indio Solari en “El tesoro de los inocentes”)

En un eventual congreso poético acerca del funcionamiento mágico del universo, Javi Punga debería sentarse entre Stephen King y Pity Alvarez, entre Adrián Paenza y Boom Boom Kid o entre Elvis Costello y Bernardo Stamateas. Desde allí, se lo podría escuchar argumentar acerca de por qué El amor es todo. Esta idea cataliza un brillante disco y un no menos iluminado fanzine, publicados el año pasado por el —acá vamos— músico, docente, historietista, comunicador y emprendedor gastronómico platense-azulino Javier “Punga” Cereceda, uno de los más prolíficos autores de lo que va de la década: ya publicó el disco triple El árbol de la vida (’10), el disco con material de lectura ad hoc El amor es todo (’11) y el flamante Rock and roll punga (’12), que buenamente oficia de contrapartida encendida a las canciones de su anterior combo sobre la omnipresencia del amor. Es una notable saga irrumpida a partir del fundamento de la baja fidelidad para asentarse sobre el nervio de la canción popular juvenil de estos días, una de esas obras gigantes que versa tanto sobre cuestiones universales como sobre los cotidianos puntos de fuga de la juventud: las idas y vueltas, los dulces, los paseos, las tendencias, la conformación identitaria y el placer.

Entre El amor es todo y Rock and roll punga, Javier Cereceda da forma a una narración épica sobre la cotidianidad, en la línea menos trazada entre la canción de rock argentino que tiene a Andrés Calamaro como arquetipo y el rock juvenil de la década inmediatamente posterior a Cromañón, que ya fue recorrida en un 75 por ciento y permitió el florecimiento y/o descubrimiento, según los casos, de una retícula de jóvenes autores populares que se valen del rock para su resistencia cultural y deciden sobreponerse a los mandatos de la industria cultural de la década menemista con conceptos de autogestión, reciclaje de tecnologías y uso de software libre, participación en festivales de espíritu y olor comunitario, en el marco de lo que es una nueva educación sentimental underground encabezada por grupos como 107 Faunos, El Perrodiablo, La Perla Irregular y Olfa Meocorde, y solistas como Sara Hebe, Antolín o Sherman Bertasio.

Desprovisto de lugares comunes y capacitado en el diseño de nanotextos que incluso le escapan al modelo del haiku (“Yo vivo en el barrio de las chicas lindas, y entre tanta belleza, me llevé la más bonita” canta en “Tanta belleza”), Javi Punga es capaz de solucionar unas cuantas imposibilidades propias de la música en la era del archivo cultural modelo maxiquiosco veinticuatro horas: referenciarse en obras fundacionales a la vez que se está hablando de nuestro hoy. En tal estado, puede lo mismo homenajear a Antolín con una versión de la inmensa “Pandillas de verano”, que en eso de que “pandillas de verano, reyes del asfalto, vendrán a rescatarnos hoy a nuestra habitación” vuelve real el postergado anhelo del escape de la mano de una microsociedad llegada para rescatarnos: ¡es el gran mito de las tribus urbanas!

Al disco El amor es todo lo acompaña un fanzine para colorear homónimo, distinguido con el subtítulo El universo según Javi Punga, que funciona de manifiesto ético y que consigna, por ejemplo, que “el infinito no responde a la lógica racional de lo que podemos entender pensando”, que “todos estamos repitiéndonos en todo”, que “cuando vivimos desde la intuición, vibramos al mismo tiempo del universo y nos conectamos con todo” y que “si bien todo forma parte de la misma red, los sentidos que tenemos los seres humanos no nos permiten apreciar las conexiones”. Con esa colección de premisas, Cereceda/Punga realiza un disco de ruptura, introspección, inducción y conclusión, a la manera del Blood on the Tracks de Bob Dylan, con anclas estéticas en la canción pop, el rock, el folk, el noise, Disney y el grotesco criollo (“Voy cabalgando en mi burro hasta el centro del mundo, al diablo encontrar. Quiero comprarle algo de yerba, también leche y manteca para desayunar. Pero el Diablo, triste y deprimido, no quiso atenderme. Por el contrario, tomó su guitarra y tocó una canción; la misma que estoy tocando hoy”, resuelve en “El centro del mundo”).

Pese a haber sido grabado en 39 meses, El amor es todo tiene un conducto conceptual subterráneo que interpreta que el amor es la materia con la que nuestro Universo fue creado y que, por lo tanto, como es de suponerse, el amor es todo. Para eso, se vale de un itinerario de pequeñas demostraciones: “Para qué pensar qué puede pasar al salir el sol mañana, si en tus ojos veo magia”, regala en “Mariana”; y “Chocotorta preparé, probar nos hará reír y creo que ya no podremos parar, y lo mejor es que… ¡no hay que armar!”, reconforta en “Chocotorta”. Es en esa manera de enfatizar que “cuando estamos bien, vamos a dormir a un hotel” y de padecer que “cuando estamos mal, sólo decimos palabras de más” lo que termina de dar la pauta que Cereceda no sólo es un gran musicalizador, sino además un alto narrador. Pero es en la gran “Ahora soy vegetariano” que este joven emprendedor de un emporio lo fi de sanguchitos vegetales conmueve: “Recuerdo esa mañana mientras dormías y yo leía en la otra habitación, recuerdo esa mañana mientras miramos por la ventana el granizo caer. Y estaba bien comer paté de foie”, canta por delante de un goteo de teclados y una base de folk sónico.

Por lo que Rock and roll punga puede resultar una continuación es mucho más que el simple hecho de que el disco anterior acabara con “El amor es todo” y el de este año comience con “El amor es todo II”, casi un villancico kraut. El hilo se tiende entre las muelas-mastica-ausencias de El amor es todo y los colmillos-aferra-esperanzas de Rock and roll punga, también publicado a través de Laptra y adherido a la UMI. Pero lejos de quitar de los entredientes desperdicios, lo que logra la nueva obra es recuperar la comida que aún estaba allí, para condimentarla y cocerla nuevamente en un aperitivo rockero igualmente sabroso, multinorma y trasversal: “Flota sobre voz la lámpara gigante, cada idea es tu genio iluminándote”, interpreta en el “Rock de Aladino” y “otro viernes más, yo me quiero enamorar”, le discute a Robert Smith en “The Cure” (también hay samples de las películas Zeitgest Addendum y Spiderman II), entre detalles de guitarra propios y de Maximiliano Urrutia, colaborador también del anterior. Otros músicos participantes de ambos son el baterista Juan Perilli, el bajista Luiggy Rodríguez, el saxofonista Federico Viceconte y el metalofonista Moreno.

Rock and roll punga es un homenaje implícito a la cultura de su generación (Cereceda tiene 31… o por ahí), inclusivo de The Cure, El Hombre Araña, Aladino (el rock que le dedican está en el vértice cenital entre Pixies, El Otro Yo y las tardes jugando al Sega), Volver al futuro, Los Ramones (“Rock de la china” tiene insólitas referencias en “Sheena is a punk rocker”) y los ferrocarriles (“Rock del tren”, con algunos detalles adaptados, seguro de manera inconciente, de David Bowie y los Beach Boys). Grabado por 350 dólares en un sábado de diciembre con toda la banda tocando en vivo, como consigna la ficha técnica de la austera pero suficiente edición, el disco también dura 28 minutos y regala un Niágara de sonrisas cómplices o malditas, de “¡uy, te acordás!” y de sensacionales detalles de iluminismo pop sub-30.

Los caracteres distintivos que hacen de Javi Punga un autor de excepción están desperdigados, pero nada ocultos, en su construcción musical, en su entramado de referencias de base (paté de fuá, chocotorta, Volver al futuro, The Cure, Los Ramones, Calamaro, los hoteles alojamiento, Aladino y el vegetarianismo) y en su habilidad para romper la marca de la rima en español, empeñada en conectar al corazón con Perón, un colchón, un escón, una sensación y un jabón. En la fulminante “Sandwichs naturales”, de su última obra, tiene la apreciación de que “hijos de asistentes sociales sueñan con residuos nucleares”. Con ese patrón y sugiriendo variaciones de ritmo, forma, melodía y orquestaciones, Cereceda contrae diversión (“Vino un flaco re careta, la quiso encarar, ella le dijo ‘a vos, gato, ¿qué te pasa?”, dice en el “Rock de La China”) y conmoción, dilata el corazón con reflexión y habla de La Básica Cuestión sin mencionar a Perón.