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Y la muerte no tendrá dominio en Banfield Teatro Ensamble.-

Esta obra de Ignacio Gómez Bustamante transita el camino de la interpretación abstracta, pero logra concentrar en un escenario muchas supuestas sensaciones que invaden a los humanos cuando piensan en la muerte o la sienten muy cerca.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de BTE

Buenos Aires, julio 3 (Agencia NAN – 2012).- Tres poemas tremendamente dramáticos, una veintena de muertos y una transformista a punto de punto de serlo son los elementos principales que componen Y la muerte no tendrá dominio (domingos a las 18 en Banfield Teatro Ensamble, Larrea 350, Lomas de Zamora), una pieza de danza-teatro que logra, no sin transitar el camino de la interpretación abstracta, concentrar en un escenario a muchas de las sensaciones que invaden a los humanos cuando piensan en la muerte o viven su presencia demasiado de cerca: miedo, desesperación, incertidumbre, locura, hipnosis, tristeza, calma. Calma.

El dramaturgo responsable de la obra, Ignacio Gómez Bustamante, que también la dirigió y se cargó al hombro la puesta en escena, podría haber hablado de todos aquellos temas de una manera más sencilla. Pero no. No rompió la lógica que atraviesa a todas las producciones de danza-teatro en la actualidad y eligió el mensaje subliminal, las construcciones dramáticas que permiten interpretaciones múltiples, la abstracción llevada al límite –algunos pasajes son realmente complicados de comprender– para hablar de aquellos temas que conforman el sentido de la obra.

La escenografía no existe en la apuesta de Gómez Bustamante –que cuenta con cerca de una decena de obras creadas–, algo que indica que en ese mundo de los muertos nada existe, o que sólo importan las emociones de quienes allí llegan: los artistas corren sin destino, corren con fuerza, corren y descargan bronca y desesperación. Pero también se entregan al descanso ¿eterno? de las almas amontonadas del otro lado de la vida. Las hipótesis que se dejan en las manos del espectador son, por caso, demasiadas. Aunque de ellas ninguna es esperanzadora.

Y la muerte no tendrá dominio es la unión de elementos que, puestos en relación en el espacio dramático, consiguen un resultado positivo. A la danza –la disciplina contemporánea predomina, con pasajes muy marcados de contact– descontracturada y lo necesariamente imperfecta para que el público entienda que quienes se paran en el escenario no son bailarines, sino actores que pueden bailar, se le suma la letra en forma de poesía y la acutación/performance de Betiana, el personaje que, sin aparecer demasiado en escena, es el hilo que une cada parte del todo y le da sentido. 

Betiana es la/el único actor de la veintena que integran el equipo del taller de danza-teatro de la Escuela de Arte del BTE que no baila con el resto del cuerpo de artistas. Es que, claro, ella no es igual a ellos, o por lo menos no lo es durante buena parte del espectáculo.

La obra es esencialmente bailada, lo que no significa que los actos coreográficos sean predominantes. Los hay, claro, pero el baile va más allá, se cuela en todo momento, por cada rendija dramática. No es necesario moverse bajo un respeto a la cuenta en octavas para poder deslizarse sobre un escenario al son de una melodía. Los “muertos” del BTE lo demuestran sobre las tablas de ese espacio cultural del sur del Conurbano, al bailar al ritmo del clima que ellos mismos generan, por sobre todas las cosas.

Las poesías de César Vallejo (“Los heraldos negros”), William Shakespeare (“Soneto 31”) y Dylan Thomas (“Y la muerte no tendrá dominio”, que le da nombre a la puesta) son los anclajes de los momentos más duros de la obra. Aquellos completamente comprobables en los que la muerte arrastra cual si fuera un imán a los vivos en su desasosiego. Pero también los supuestos, imaginados: ¿qué pasa con las personas cuando mueren? ¿Saben que se murieron? ¿Se dan cuenta luego? ¿Se entristecen, les duele, sufren? ¿Quieren más vida?

La performance acaba dando un cierre a esa hipótesis, al transitar su último respiro y sus primeros pasos en ese otro mundo –porque en Y la muerte no tendrá dominio existe un “otro mundo” para los muertos– vacío. Sus escenas son, por caso, las menos abstractas de la producción. Su primera aparición rompe demasiado con un hilo conductor que hasta entonces parece demasiado rígido como para darle cabida. Sin embargo, acaba siendo Betiana irremplazable. Sin sus diálogos, sin su caminata por las calles de Lomas de Zamora en medio de la noche, nada hubiera sido igual.