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Renuncia a la imitación.-

Instalado en Buenos Aires desde hace una década, el director español Yoska Lázaro vuelca en su última apuesta, sin caer en el realismo, reflexiones acerca de una población y sus pujas desde pequeñas posiciones de poder. 

Por Carolina Japas 
Fotografía Laura Bernatené

Buenos Aires, marzo 13 (Agencia NaN-2013).- El director español Yoska Lázaro llegó a Buenos Aires hace diez años y ya no se pudo ir. Transitó una larga formación artística y actualmente se desempeña como actor, docente, dramaturgo y director. Formó el colectivo Teatro a Tres Velas en el 2007, cuya ópera prima fue El Ingenio de los Orvantes. Hoy, seis años después, sorprende al público con una nueva obra que promete una larga temporada. Vago (sábados a las 21 en el Teatro del Abasto) se mete en la oscuridad social sin pretensiones de enseñar el camino del “deber ser”. Plantea preguntas sin respuestas y reflexiona junto al espectador.

¿Cómo decir lo indecible? ¿Cómo representar aquello que la mirada no quiere ver? Se tiende a naturalizar lo cotidiano para que la realidad sea menos dolorosa. Vago no habla solo del margen, sino también de una realidad más amplia que se filtra en la sociedad completa. Separa un “nosotros” de un “ellos” para finalmente reconocernos en un todo.

—¿Cómo surgió el proyecto Vago?
—En el 2006 fui a vivir a San Antonio de Padua. Siempre había vivido en Ciudad de Buenos Aires y notaba que se marcaba una diferencia grande entre lo que hay del otro lado de la General Paz y esto. Me resultaba raro. Allí las calles eran de tierra, el agua se sacaba del pozo, costaba mucho llegar porque las condiciones del transporte no eran muy buenas. Es un contraste muy fuerte con Puerto Madero, con Palermo, con Recoleta. Me llamaba la atención eso, cómo según nos vamos alejando del Obelisco empieza a haber más oscuridad. Vago es un poco sobre esto, sobre estos límites que se marcan entre un tipo de población y otro. Y al mismo tiempo, sobre la noción del poder. Dentro de los que no tienen demasiado, el que tiene un poco tiene un gran poder. Desde siempre me interesa mucho los que tienen lugares de poder en líneas generales. Desde un directivo hasta un profesor hasta un director de teatro. Cómo a uno le sientan mucho esos lugares de poder. Se ve en el caso del personaje de Camacho, que tiene un almacén, allí él es el que manda. La obra empezó a articularse a partir de ahí.

—¿Por qué eligió hablar de villas del conurbano?
—No creo que sea una villa, es un barrio que podría parecer una villa. Si elijo una villa hablo un segmento especial de población. Me parece que hay mucha gente que en la época de los ‘90 se quedó sin trabajo, no tenía casi posibilidades, y se convirtió en una clase media degradada. Por eso no creo que sea una villa, pero lo puede parecer. Está el olor del río presente, el riachuelo, está la construcción precaria. Empiezan a borrarse los límites cuando el hambre aprieta, cuando tengo que tranzar para conseguir lo que tendría que tener por condición natural humana, como la comida, el alimento.

—¿Cómo condensar esa realidad en una poética?
—Escénicamente no puedo representar las barbaridades que día a día enfrenta la gente que pasa necesidades, gente que no somos ni tú ni yo. Realmente es muy fuerte, muy tremendo lo que sucede. Me di cuenta de que el realismo no era la herramienta con la que podía mostrar esta obra. Lo que hice fue empezar a jugar con ciertas fantasías, pequeños saltos en el tiempo, romper la cuarta pared para que el espectador se encuentre con el personaje cara a cara. Para poder así ampliar un poco el panorama de lo que estoy mostrando, porque realmente es muchísimo más grande de lo que puedo abarcar. Me gusta trabajar mucho con los objetivos, con lo que el espectador piensa y con lo que ve. Normalmente trato de hacer pequeñas pruebas. De pronto uno de los personajes está hablando de que se prostituye por unos mangos, el espectador ve cómo ella se abre de piernas y se le ve la tanga. Y el tipo mira. Pero ella habla de una gente que no somos nosotros, porque ella es de un barrio carenciado. Habla de unos tipos que nunca seremos los que estamos en la platea, pero nosotros de todas formas miramos a la pendeja con el mismo deseo del tipo que paga. Me gusta que la gente pueda entrar en contradicciones que tienen que ver con lo más instintivo. Todos tenemos temáticas fijas: somos violentos, tenemos ciertas fantasías sexuales, nos gusta el poder, nos gusta estar por encima de los demás. Eso pasa en todos lados. La idea tampoco es señalar, no quiero que la obra nos diga qué es lo que tenemos que hacer frente a esto. Planteo esta situación que me inquieta e invito al espectador para que pensemos juntos, para ver qué nos pasa cuando lo vemos, para ver qué hacemos con eso. Por unos minutos nos plantearemos por qué vemos lo que vemos, si es realidad o ficción, si podemos hacer algo o no. No es aleccionadora, no pretende decirle a nadie cómo hay pensar, ni qué es bueno ni qué no lo es, tampoco somos iluminados sociales que vamos haciendo el bien por la calle.

—¿Piensa que el teatro debe ser político? ¿Debe necesariamente estar comprometido con la vida social?
—No. A mí me gusta hacer esto porque siento que es mi lugar de expresión, pero puede haber otro tipo de teatro. Me molestan los posicionamientos: “si tú no haces una obra como Vago, con todo su peso político en cuanto a lo social, y haces una comedia, pareciera que vas a menos”. No creo que un teatrero sea menos teatrero si no se mete con temas sociales. Me parece que son distintas expresiones y cada uno hace lo que quiere. Yo uso el escenario para hablar de las cosas que me preocupan, y muchas veces de las cosas que no entiendo. Sobre todo para no tomar por natural lo que no lo es o para no normalizar lo cotidiano. Yo uso el teatro para eso, otro escribirá una novela. Pero también puede haber diversión, está perfecto. El teatro está para divertirse también. Una diversión distinta a la mía. Yo trato de que la diversión de mi espectador sea a partir de la reflexión. Del enfrentamiento frente a situaciones que quizás no está acostumbrado. Prefiero encontrar un marco en el que me pregunto cosas y trato de pensar algunas respuestas. No sería bueno que todo el teatro sea aleccionador o adoctrinador. Sí creo que todos debemos correr ciertos riesgos. Salirnos de los lugares seguros. A mí el escritor, director o actor que obra tras obra hace lo mismo, deja de interesarme.

—¿Cree que a través del teatro pueda generarse un cambio a nivel social?
—No. Una vez lo hablaba con Ricardo Bartís cuando hice Los errores de Noé, que tocaba el tema de la dictadura, yo le pregunté si creía que el teatro podía cambiar la sociedad y él me dijo que no. Y en el momento, tal vez por mi alma reaccionaria, me molestó bastante. Pero ahora creo que no. Me parece que uno va al teatro para encontrarse con cierta intensidad a partir de lo que ve. Pensar que eso va a generar un cambio en la sociedad es imposible porque el teatro no tiene ese alcance, no tiene esa masividad. Pensar que se puede cambiar a la sociedad a partir de una obra de teatro, sería muy inocente.

—Usted es director, actor, dramaturgo y docente, ¿se siente más fuerte en alguna de estas facetas?
—La docencia llegó como un recurso económico. Si tengo que elegir entre dramaturgo, director y docente, no sabría. Sé que lo que queda en último lugar es el actor. No me interesa tanto como dirigir o escribir. Cuando dirijo el que manda es el director. El dramaturgo trata de armar situaciones que el director decide. Si la puesta no funciona con una escena, la quito. Porque pienso que lo prioritario, por encima de los actores, es la obra. Todo lo pedagógico sirve para trabajar con los actores, para tratar de sacar lo mejor que tienen.

*Vago se presenta los sçabados a las 21 en el Teatro del Abasto, Humahuaca 3549