Son los hombres y las mujeres que viven a diario sus calles los analistas más profundos y concretos de la Venezuela de hoy. Son los seguidores del presidente —por entonces recientemente electo— Hugo Chávez los únicos que logran hallar palabras justas para explicar por qué la última década dio vuelta la razón de las cosas en ese país caribeño. Son los “escuálidos” aquellos que pueden fundamentar mejor que nadie el enojo que los invade desde entonces.
Por Felipe Yapur (desde Venezuela)
Ilustración: Polaco Scalerandi
Buenos Aires, marzo 6 (Agencia NaN-2013).-La ventana cruje al abrirse y rápidamente asoma un rostro moreno, redondo, femenino. “¡Ay, traes catiricos!”, grita asombrada y sonríe. La ventana es una de las cientos que tiene el edificio, despintado, maltratado por el tiempo y por la historia de abandono, herencia todavía maldita de la cuarta república. “Bienvenidos, conozcan nuestra parroquia. Somos pobres, dignos y socialistas”, agrega sin perder la sonrisa. Los “catiricos”, a la sazón un grupo de periodista blancos o rubios según sea el caso, responden el saludo mientras desde otra ventana brota música con un feroz volumen que anuncia que “Chávez no se va”. La escena se produce en una de las tantas urbanizaciones de la parroquia 23 de Enero, una zona emblemática de la resistencia urbana en esta Caracas multifacética, mayoritariamente socialista, bolivariana, latinoamericanista y solidaria, pero también burguesa, consumista, individualista. En fin, todavía capitalista.
Por Felipe Yapur (desde Venezuela)
Ilustración: Polaco Scalerandi
Buenos Aires, marzo 6 (Agencia NaN-2013).-La ventana cruje al abrirse y rápidamente asoma un rostro moreno, redondo, femenino. “¡Ay, traes catiricos!”, grita asombrada y sonríe. La ventana es una de las cientos que tiene el edificio, despintado, maltratado por el tiempo y por la historia de abandono, herencia todavía maldita de la cuarta república. “Bienvenidos, conozcan nuestra parroquia. Somos pobres, dignos y socialistas”, agrega sin perder la sonrisa. Los “catiricos”, a la sazón un grupo de periodista blancos o rubios según sea el caso, responden el saludo mientras desde otra ventana brota música con un feroz volumen que anuncia que “Chávez no se va”. La escena se produce en una de las tantas urbanizaciones de la parroquia 23 de Enero, una zona emblemática de la resistencia urbana en esta Caracas multifacética, mayoritariamente socialista, bolivariana, latinoamericanista y solidaria, pero también burguesa, consumista, individualista. En fin, todavía capitalista.
El grupo de “catiricos” camina acompañado de la representante de “Alexis Vive”, una de las tantas organizaciones político-sociales que trabajan y controlan ese inmenso territorio, ubicado en el oeste de la capital venezolana. Supo ser tierra de nadie o, mejor dicho, de las prebendas de los gobiernos de la vieja Venezuela, que promovieron la instalación de vándalos, policía corrupta y narcotraficantes. También fue escenario de luchas contra los gobiernos que buscaron, sin éxito, desalojar a esta inmensa mezcla de sectores populares y clase media que se instaló hace más de 40 años. No fue fácil. A los habitantes del 23 de Enero les costó muchos mártires. Alexis, uno de ellos, murió en las refriegas por la defensa del gobierno de Hugo Chávez durante el golpe de estado de 2002. Es una organización marxista, bolivariana y socialista.
Ana, de solo 21 años, habla firme y rápido como todo venezolano. “El capitalismo, para dominarnos, nos introdujo los malandros y el narcotráfico y nosotros, con firmeza nos fuimos deshaciendo de ellos. Ahora acá somos todos socialistas”, repite ante el grupo que mira con asombro la síntesis de la muchacha que, mientras estudia sociología milita las 24 horas. “Estudio porque, como nos enseñó el Che, hay que dominar la técnica desde la academia”, dice y mira a los ojos sin pestañear. No son frases de ocasión ni el recitado de un dogma. Mientras se camina por la urbanización se nota la praxis.
A pocas cuadras de allí está la bloquera, uno de los emprendimientos de la organización, el que le sirve para construir viviendas. El barrio no detiene su crecimiento porque los grandes monoblocks, que albergan 150 departamentos, tienen hasta cuatro familias viviendo en cada unidad habitacional. El desafío es la participación activa de los futuros residentes en la construcción. No para abaratar costos, sino para incorporar el factor solidario de participación y beneficio común donde cada integrante de esta “colmena”, como le gusta definir a Ana, aporta su trabajo, su empeño y su alegría en este emprendimiento socialista.
No es fácil ser “insurrectos del capitalismo” en un país al que se le inoculó el virus de la vida a través de las regalías petrolíferas. El petróleo todo lo pudo en Venezuela, pero ese dinero y esos beneficios no eran para todos. Las clases más beneficiadas y privilegiadas podían hacer sus compras en Miami y despreciar la producción local. Para qué tener salud pública si con los ingresos millonarios se podía pagar la mejor hotelería en una clínica privada. Lo mismo sucedió con la escuela pública y con el Estado, que se transformó en una moneda de intercambio entre los partidos tradicionales (COPEI y Acción Democrática) para cumplir con el mandato de liberar todo a favor del mercado. En 1998, a pesar de toda la riqueza, el 51 por ciento de los venezolanos era pobre y el 20,6 por ciento vivía en la pobreza extrema. Allí nació una de las razones del Caracazo, esa gran movilización popular de repudio y hartazgo contra las políticas neoliberales del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, que buscó contener con una feroz represión dejando centenares de muertos y heridos. Toda la ciudad fue un caos. El 23 de Enero también participó de esas jornadas y sufrió más de la cuenta, aunque la alegría nunca la pierde.
Esa es una característica distintiva entre los seguidores del presidente socialista: la alegría. Se expresa y se vive en todas las actividades. Incluso en las pequeñas, como cuando comienza a funcionar el Mercado Alimentario (Mercal) de la zona. Una serie de carpas que se levantan y que rotan en toda la extensión del barrio forman parte de la Misión Alimentaria que inauguró Chávez cuando el paro petrolero de 2003, capítulo posterior al golpe de estado y que vació las góndolas de los alimentos esenciales para desestabilizar el gobierno bolivariano. “Nunca lo consiguieron. No es que seamos más rápidos que la derecha. Tenemos claro nuestro objetivo y actuamos para frenar la contrarevolución. Ahora, nada detiene esta misión que vende la cesta básica a un 40 por ciento menos que el precio de mercado”, grita Edison, el responsable de este mercadito. De los edificios bajan las mujeres, los niños y también los hombres. Es la compra de la semana.
CALLES ROJAS
El niño corre esquivando gente, su zigzagueo parece no tener fin. Viene desde la avenida, que está sobreelevada con respecto a la vereda donde muchos se ubicaron buscando guarecerse del “palo de agua”, como le llaman a las tormentas intensas. Pasa entre medio de una pareja, su último obstáculo, y choca con el cuerpo de una mujer, su madre. Acezante, le toca la cara buscando su atención: “Es Chávez… es Chávez”, le grita y las mujeres con las que estaba conversando entendieron. Corrieron, ya sin importar la lluvia, hacia la avenida. La misma cantidad que había huido del agua ahora regresaba sin importar que continuara diluviando. Y es que cuando Chávez habla, ya nada parece importar.
El vínculo entre el presidente socialista y el pueblo es directo, sin intermediarios. Chávez les habla, dialoga con ellos, los interpela y ellos responden. Chávez pregunta quién implementará de nuevo el liberalismo si él fuera derrotado en los comicios: “El majunche”, enrojecen las gargantas. Chávez sonríe pícaro. El “majunche” (insignificante o mediocre) es la definición que le destinó a la coalición opositora. “Te amo”, grita la madre, el hijo y las mujeres que están con ella, repiten a coro. No lo pueden ver, están demasiado lejos del palco principal y el agua obligó a apagar las pantallas que se ubicaron en diferentes puntos a lo alto para poder seguir el cierre de campaña. Sólo se escucha la voz del líder y es suficiente.
Todos están empapados pero ya no importa y la lluvia pasa a ser parte ya del cotillón. Cuando Chávez anuncia que seguirá siendo el presidente, todos cantan, todos bailan. Cuando se despide, el coro rojo rojito grita el ya tradicional: “Uh, ah, Chávez no se va”. Un cántico que nació en 2007 luego de la derrota en el primer referéndum, con el que se buscó reformar la Constitución y liberar la reelección. El presidente socialista la consiguió dos años más tarde.
Él ha finalizado, la alegría no. Todos comienzan a retirarse buscando cómo regresar. El subterráneo está atestado, las calles siguen siendo rojas. “¿Le gusta mi país? Seguiremos siendo socialistas!”, grita una joven rolliza con su remera roja que tiene una sola leyenda: “Orgullosamente chavista”.
LOS ESCUÁLIDOS
Si la alegría es una característica del chavismo, el resentimiento, la bronca y hasta el odio de clase parece ser la condición necesaria entre los que conforman la oposición. Gozosos pero al mismo tiempo ingratos beneficiarios de la economía bolivariana, reniegan de los logros de la revolución por considerar que todo es utilizado para favorecer la vagancia del pobre y la perpetuación en el poder gracias a estas prebendas. Las dádivas, para poner blanco sobre negro, son la salud y la educación pública, la proliferación del Mercal y, lo último de lo peor, la gran misión vivienda. “No estoy en contra de que el gobierno construya y mucho menos que se las entregue a los que menos tienen, pero era necesario que construyan en nuestras zonas. Ellos son diferentes”, confiesa Judith.
Parece no tener contradicción su forma de pensar. Es como la teoría de la selección natural y ni siquiera se turba cuando se le intenta demostrar que su buen pasar económico es fruto del esfuerzo común de la sociedad y no exclusivamente de su sudor. “Tengo mi apar (sic), mi carro y mis cosas, todo por mi trabajo, mi esfuerzo personal”, dice clavando peligrosamente su índice derecho en su pecho y remata: “No le debo nada a Chávez”. La gente se arremolina curiosa ante la vehemencia de la respuesta. Todos hablan a la vez, todos rechazan al gobierno, todos se ufanan de no deberle nada al presidente. Dicen estar cansados (una vez más) de que solo atiende a los vagos y que si esto sigue así habrá que irse del país.
La televisión privada ayuda y fomenta estos argumentos. En uno de los canales de noticias hablaban de un estudio, sin mencionar la fuente, que aseguraba que en caso de que nuevamente ganara Chávez, más del 40 por ciento de la población pensaba irse del país. Días después, el presidente fue reelecto y el aeropuerto de Maiquetía no reportó un incremento de pasajeros venezolanos huyendo del territorio.
Los escuálidos se fastidian con sus propios dichos cuando responden a las preguntas del periodista extranjero. Cada argumento suma una mueca de molestia en sus rostros y ante cada repregunta que pueda ser considerada sospechosa de chavismo el fastidio troca en enojo y la acusación de infiltrado es casi inmediata.
Sucedió en mayo de 2007, cuando el gobierno venezolano no le renovó la licencia a televisora RCTV. Una fuerte manifestación antichavista se concentró en la cercanía de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) para exigir que no se termine la transmisión de ese canal. En medio de la movilización, un grupo de jóvenes enfrentó el vallado policial a patadas. Un periodista argentino retrató la escena y por el visor de su cámara alcanzó a ver que uno de los agresores lo estaba observando e insultando. El periodista retrocedió, cauto, sin quitarle la mirada de encima. Pensó que estaba fuera de peligro y comenzó a tomar imágenes nuevamente. Entonces sintió que su espalda se convertía en blanco de golpes y patadas. El retratado enojado estaba ahora enfrente suyo y lo acusaba, a los gritos, de ser un infiltrado chavista. Cuando parece que se abalanzan sobre él, un reportero gráfico mexicano rompió el cerco y lo abrazó gritando que eran periodistas extranjeros. Insultados, empujados y escupidos, salieron del tumulto. Desde ese día, cuando los antichavistas se arremolinan alrededor de este cronista, aquella experiencia vuelve.
Venezuela está dividida, pero no en partes iguales como se esmera en hacer creer la oposición. Las fuerzas políticas “escuálidas” están fragmentadas y la derrota del 7 de octubre les avizora un futuro complejo, de ruptura y retroceso. Es más, en esas elecciones se produjo un hecho que todavía no está del todo reconocido. La oposición admitió, por primera vez, los programas de gobierno como las misiones. No solo eso. También reconocieron a la Constitución Bolivariana y el gesto, aunque parezca menor, es el también resultado del triunfo de la batalla cultural.
Mientras ello sucede, el chavismo sigue jugando con ventaja. Mucho más homogéneo que sus adversarios, tiene un líder, un programa de gobierno, una práctica y una teoría que se aplica día a día. No es perfecto y comete errores, como lo reconoció el presidente reelecto que, en un tiempo no muy lejano deberá resolver su indefectible sucesión. Chávez dice que es el pueblo el que lo sucederá y quien elegirá a quien deba conducir el país. Seguro que será un proceso tan complejo y tan irrefrenablemente vivo como el que se vive en estos días: el del tránsito al Socialismo del Siglo XXI.
(*) El artículo fue publicado en la edición #10 de revista NaN, correspondiente a los meses de octubre y noviembre de 2012. Se trata de una publicación producida por el mismo colectivo de periodistas, fotógrafos y diseñadores que sostiene esta agencia. Aquí podrás leer la nota tal cual salió en papel: