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Sandunga: mucho más que un espectáculo de abuelas con badanas.-

A diferencia de lo que sucede en las obras de «pura» danza, las sesenta participantes del ballet compuesto por mujeres de entre 40 y 90 años basan la complicidad con los espectadores en el contacto casi concreto. Con el agregado de rutinas clown y una musicalización basada en waltses, bossa nova y charleston, las bailarinas están presentando hasta fines de octubre el show Sandunga en el Teatro Empire. En él, las «chicas grandes» regalan un cóctel a los sentidos, diversión y mucha pasión por bailar. Lo que, cuanto menos, dibuja una sonrisa difícil de borrar, sobre y debajo del tablado.

Por Ailín Bullentini
Fotografía de prensa de Sandunga

Buenos Aires, septiembre 17 (Agencia NAN-2009).- “¡¡¡Hiiiiiiilda estás hermoooosa!!!”. Desde el centro del escenario y mientras marcaba un tandieu, Hilda cazó el halago al vuelo y devolvió una sonrisa a la señora que se animó al grito. Pegó media vuelta en su lugar, siguiendo la coreografía con el resto del ballet; y bien plantada sobre las tablas, abrió la boca para bañar de canto y energía toda la sala: “Siiii, Sandunga / Desde que bailo en 40/90 / estoy danza que te danza / después me voy dando cuenta / que me ha bajado la panza”. Con ese parafraseo de una conocida tonada zapoteca –que le da nombre al espectáculo– el grupo de 60 mujeres que atesoran sus más –o tantas más– de cuatro décadas de experiencias vividas empiezan a hacer suyo el escenario del teatro Empire, viernes tras viernes, hasta que llegue el último de octubre.

A primera vista, Sandunga llama la atención por tener una veintena de cuadros de baile, canto y destellos de humor, interpretados por un grupo de 60 mujeres de entre 50 y 90 años, integrantes del Ballet 40/90, que desde hace 14 años dirige la profesora Elsa Agras. Es la edad de las bailarinas –y nada más que eso, a priori– lo que genera curiosidad respecto de las características del show: un grupo de “abuelas que bailan”. Y vaya sorpresa la que estas “abuelas” dan: quien cada viernes ocupe una de las butacas del Empire, que asoma tímido detrás del imponente edificio del Congreso, se estará entregando a una experiencia encantadora. En Sandunga, las chicas regalan un cóctel a los sentidos de quien disfrute de la mezcla de capacidad artística, diversión y mucha pasión por ese “hacer arte” que es bailar y que, cuanto menos, dibuja una sonrisa difícil de borrar del rostro del público mientras estén ellas bajo las luces.

Sandunga es todo menos un mensaje de autoayuda para las mujeres que pasaron los cincuenta. Aunque, por momentos, la letra de las canciones que las bailarinas cantan y bailan lleve hacia esa conclusión. Si se quiere, la obra es una revalorización de la tercera edad, una “declaración de felicidad”, una “expresión del deseo de bailar y la alegría que eso genera; de mover el cuerpo teniendo la edad que se tenga. “No somos admirables por lo viejas; somos admirables porque bailamos”, sentenció la profesora de danza que, con 85 años, además de enseñar a “sus compañeras” de qué va eso de “la alegría que es bailar”, toma clases de Clown.

Si bien muchos de los cuadros son cantados y, en todos ellos, algunas pocas rutinas de clown buscan la identificación con el público, Sandunga es, por sobre todas las cosas, un espectáculo de danza. En él, estas mujeres de más de 50 años bailan, a lo largo de una hora y media, diferentes estilos musicales. Sobre sus zapatillas de media punta, van y vienen, giran y recorren todo el escenario; bajan a los pasillos de la sala y vuelven a escena al son de waltses, charleston, flamencos, tangos, ritmos árabes y bossa nova. Más allá de las diferencias de nivel técnico entre ellas, todas acaban compartiendo alguna de las más de 20 coreografías que conforman la obra.

La simpleza de los pasos y dibujos que Elsa Agras, coreógrafa y directora del grupo, elige para que “sus compañeras” –como prefiere llamarlas en lugar de alumnas– interpreten, se revaloriza y adquiere una exquisitez particular cuando se observa como elemento de un conjunto mayor al que se le integra la coordinación minuciosa con la que las bailarinas se mueven y su correctísima postura. Todo aquello sin que por un segundo se borre de sus caras ese gesto particular que equivale a un “¡qué bien la estoy pasando!”. Porque no caben dudas: todas suben al escenario a mover su cuerpo porque lo disfrutan. “En Ballet 40/90 no se subestima a nadie por la edad. Ellas hacen pasos que no son fáciles, pero no se pide lo que no se puede. Lo único obligatoriamente necesario es divertirse en serio”, resumió Agras.

Sin embargo, el protagonismo de la danza como disciplina profesional y artística se desestructura en el combo que regala la obra desde que la gente se va acomodando en la sala. Muy lejos de las formas de un espectáculo de danza convencional –sobretodo los de ballet–, son las mismas artistas las que oficiarán de acomodadoras. Vestidas con el traje del cuadro inicial, que lleva el nombre del show. No bien la última persona haya sido ubicada, las chicas comenzarán a cantar desde los pasillos de la sala. Algunas se les sumarán desde las puertas laterales y otras desde detrás de bambalinas. Todas fundarán una complicidad con el espectador basada en el contacto casi concreto, cosa que no sucede en los espectáculos de “pura” danza.

Esa particularidad se verá profundizada con los ingredientes de humor que Agras sumó al show a partir de rutinas de Clown. De las 60 integrantes, son tres las que demuestran tener pasta para hacer reír. Y lo hacen riéndose, justamente, de ellas mismas. En medio del primer número, una saca del bolsillo del traje un sándwich de miga y se lo come; otras se meten dentro de ajustadas calzas y camisetas rojas y juegan a ser prostitutas, pero de las viejas y rancias. El momento más destacado es cuando dos de las bailarinas, con un manejo excelente del cuerpo y sus expresiones faciales, combinan la danza y el clown para interpretar a dos payasas tristes que, bailando, transforman la angustia en alegría. Una alegría que, como no les cabe en el cuerpo, deciden repartirla entre el público.

En cada función, Elsa es la primera en ocupar una butaca de la sala. Horas antes de que el telón se levante, bastón en una mano y un handy en la otra. Desde su asiento observará atenta cada uno de los detalles. Cuando todo esté listo, se dispondrá a saludar al público que vaya llegando. “Disfruten del show”, responderá a cada cumplido.

Las Ballet 40/90 logran que una enorme bola de energía explote arriba del escenario e inunde cada espacio del teatro, acaricie a cada miembro del público y, provocándole cosquillas, los empuje a pararse y bailar. “No es más que lo que nos pasa a ellas y a mí cada vez que nos juntamos en clase”, asegura la coreógrafa. Sandunga, como todos los anteriores espectáculos del ballet, es una producción que involucra a las integrantes del cuerpo de baile desde el arte, pero también desde el compromiso con la organización. Tanto es así que el vestuario, la asistencia de dirección y los trabajos de diseño gráfico son fruto del esfuerzo de algunas de ellas.

“El gran objetivo del Ballet es el show de fin de año –remarca Agras–. Con eso se comprometen. Porque vienen y se suman al ballet, pero de cara al espectáculo. Tienen que sentir que son tan dignas de pisar un escenario como cualquier otro artista y entender que los aplausos no se regalan, se ganan”.