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Si me colgás, te mato en el Centro Cultural Borges.-

La misma consecución de movimientos de pies, piernas, brazos, torsos y manos puede generar múltiples sentidos según la manera en la que se los ejecute. Eso queda en evidencia cada sábado en el Centro Cultural Borges (Viamonte 525, Ciudad de Buenos Aires), cuando nace y muere por la noche la obra de David Señoran.

Por Ailín Bullentini
Fotografía de Mariel Vélez (Si me colgás, te mato)

Buenos Aires, mayo 24 (Agencia NAN – 2011).- El tono de la voz. Los gestos que acompañan la pronunciación. La manera en que la mirada proyecta el sentido de la vista. De acuerdo a cuál sea la combinación de todos esos elementos, las palabras cobran diferentes sentidos. Lo mismo ocurre en la danza, si es que de movimientos corporales y su encadenamiento en un hilo coreográfico se habla. Si me colgás, te mato, una pieza de danza contemporánea creada e interpretada por miembros del grupo artístico independiente Proyecto Suelto, es el ejemplo que prueba de manera impecable que una misma consecución de movimientos de pies, piernas, brazos, torso y cuello puede hacernos viajar a paisajes y sensaciones completamente diferentes, casi contrapuestas, según la manera en que se los ejecute.

El coreógrafo David Señoran, que dirige y se encarga de la puesta en escena de la obra que nace, se reproduce y muere cada sábado en el Centro Cultural Borges, comprende perfectamente de qué se trata la multiplicidad de sentidos que se puede generar en el encadenamiento de distintos elementos y la modificación de algunos de ellos. Y hace de eso, el recurso base sobre el que construye la historia de Si me colgás te mato.

Los bailarines Belén Ortiz y Luis Sodá recorren, en la piel de Clara y Marcos, la historia de su relación sentimental a partir de una misma secuencia coreográfica de danza contemporánea que se repite en cada uno de los cinco pasajes en los que se estructura la obra. La pareja se conoce, se ama profunda y estúpidamente, se aburre, se maltrata y se parte al medio a partir de un mismo discurso corporal que, adornado con algún que otro ingrediente de baile adicional, cambia sólo desde sus matices: la fuerza con la que los artistas realizan los movimientos, el nivel de suavidad o tosquedad que le impriman a su baile, la manera de manejar sus cabezas.

Si en el período de enamoramiento primitivo nunca dejan de mirarse, se sonríen y buscan los roces corporales en todo momento hasta volverse chiclosos, se moverán bruscamente en los pasajes de crisis, cuando sus miradas se vuelvan esquivas y su ejercicio coreográfico, por momentos, hasta violento. Durante los primero pasajes, Clara no dejará de sonreír e idolatrar a ese ser que le quita el sueño. Lo seducirá con su baile, intentará pegarse a ese cuerpo que la enciende e intentará llegar a la perfección sólo para complacerlo.

Marcos, más medido, dejará escapar desde sus ojos la esencia de ese algo parecido al amor, que por momentos se parece a la admiración y por otros se confunde con puro deseo. Seguirá coreográficamente los sentires de Clara, pero como si la contemplara desde lo alto de la pirámide imaginaria de la superación. Marcos mantendrá distancia de Clara, su amor y la historia que los une; se alejará cada vez más hasta volverse hostil. Su baile entrará en el mar neblinoso de la duda que aparece cuando ya no se siente lo que al inicio y acabará por esfumarse en la certeza de la insatisfacción.

En este sentido, el trabajo de los bailarines, sobre todo el de Ortiz, es impecable. Bajo el amplio paraguas de sus estilos individuales, cada uno acierta en las elecciones realizadas de los recursos corporales que permite la disciplina para lograr el efecto de sentido requerido en cada momento. La crítica, en este aspecto, recae sobre el coreógrafo y tiene que ver con la saturación coreográfica que se da en ciertos pasajes. Excesivos giros, revoleos de brazos y contorsiones corporales cuya ausencia no modificaría el resultado final en cuanto a sentido y, en cambio, mejoraría la amabilidad de la que por momentos carece Si me colgás….

A estas alturas, decir que la estructura vertebral de la puesta es la danza contemporánea es innecesario. Sin embargo, bien vale el recurso literario para llamar la atención sobre un punto que aún no fue introducido en el artículo. Es que Señoran acompaña el baile con otros estilos de arte, como lo son la música en vivo, la proyección audiovisual y los elementos escenográficos que, lejos de permanecer quietos y ajenos a la trama dramática, ocupan roles centrales.

El trío que conforman Martín Freiberg, en percusión –su xilofón primerea la base instrumental e invita a un estado de soñolencia muy gentil–, Nicolás Franco en violín y Andrés Ferrari en piano, marcarán el pulso de la obra y acompañarán, por ende, los estadíos de la pareja protagonista y los ambientes que recorrerá ese binomio.

La proyección audiovisual aparecerá como cierre de cada pasaje e intentará demostrar el enrosque de fábula e histérico que el sentido común le atribuye a la mujer que se enamora. Las imágenes aparecen cada vez que Clara es abandonada –porque la obra nunca plantea el caso contrario–, y busca revelar qué le pasa a esa pobre joven enamorada por la cabeza cada vez que el objeto de su afecto no la corresponde. La vida de ambos, en sus pensamientos, es una novela de Andrea del Boca.

Un rol preponderante, casi más que el de las proyecciones crónicas, juegan un cubo ubicado contra una columna, una araña que pende sobre un sillón de dos cuerpos, y un anotador que se esconde tras un hueco de la sala que oficia de escenario –es que no existe diferencia de niveles entre el espacio utilizado por los bailarines y el destinado a los espectadores–.

El cubo será el soporte donde Marcos colgará, cual muñeca, a Clara cada vez que se canse de ella. En el sillón, la mujer llorará sus penas surgidas a partir de su reducción a objeto. Las hojas en blanco del anotador escondido serán el espacio de descarga/expresión de sus pensamientos, siempre referidos a Marcos, que enganchará luego de cada uno de los tentáculos de la araña, que girará y girará sobre ella mientras esté acurrucada en el sillón.

Es entonces aquí, en el nivel de contenido dramático, donde la historia no cierra del todo. O por lo menos, no lo hace para esta cronista. ¿Es Si me colgás, te mato una obra que discute las relaciones humanas de pareja? Si quiere serlo, pues no lo logra. En ningún momento se percibe la puesta en ridículo, el cinismo o el sarcasmo en la manera de contar la historia de amor entre Clara, una pobre joven enamoradiza que cambia su esencia de acuerdo a las exigencias de ese hombre que se vuelve su universo y sufre por no ser correspondida, y Marcos, un macho indeciso, frío y distante, que nunca se deja vencer por el amor y que acaba tratando a su enamorada como a una molestia. Y si la obra no busca discutir esa mecánica de relación y tan solo busca contar de qué va esto de construir una pareja, pues peor aún, ya que reduce a la pavada el amar y dejarse amar.

Si me colgás, te mato se presenta todos los sábados a las 21 en el Centro Cultural Borges, Viamonte 525, Ciudad de Buenos Aires.
Proyecto Suelto:
http://www.davidenescena.blogspot.com/