La compañía No Bailarás propone de jueves a domingo lo mejor del tango de las décadas del ‘40 y ‘50 acompañado por coreografías crudas, eróticas y pasionales.
Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de No Bailarás
Buenos Aires, enero 25 (Agencia NAN-2011).- Sin Pecado Concebido propone un desafío. Sutilmente, en puntitas de pie, desliza por el escenario su propuesta. Una que engaña de inocente al inicio de la puesta, y se deja descubrir osada en sus últimas piezas. Mientras tanto, prepotea al espectador. Sobre todo, a aquel que acude al Teatro de la Ribera con la expectativa de disfrutar de un show en el que danza y música en vivo despuntan los mejores tangos de las décadas del ‘40 y ‘50. Pero no. O si, pero a la vez no. Como sea, el resultado es impecable. Exquisito. Imperdible.
La compañía de tango No Bailarás se pone en funcionamiento y lustra las tablas del teatro de La Boca, de jueves a domingo, al ritmo del dosxcuatro de 19 tangos escritos y compuestos durante la efervescencia del género en Argentina. Las melodías nacen de un piano, un bandoneón, un contrabajo, una guitarra eléctrica, un violín y, en algunas ocasiones, una voz ronca y poderosa, que combinan sus sonidos sobre el escenario y aportan a la magia. La idea de mezclarlos, de que la orquesta espolvoree el ambiente con la música para que allí floten a su gusto –y al del público– tres parejas de bailarines, pertenece a Silvana Grill, directora del grupo artístico.
¿Desafío, invitó la introducción de este artículo? Claro. Porque el mensaje límite adentro del espectáculo no cambia. Son milongas, breves vals y tangos referenciales, fuertes, desgarradores, los que le dan un marco al arte que dibujan las parejas de No Bailarás. Críticos, nunca falaces, según la construcción narrativa que logran en conjunto con la dramatización coreográfica. En criollo: el tango pone la letra; los dúos, los dibujos que con sus cuerpos logran en el aire. La emoción, la tensión, la gracia, la ternura, el amor incontrolable que reflejan de cada una de las 19 historias es producto de la combinación de ambas disciplinas.
La puesta en escena también aporta a esa construcción. Los trabajos de iluminación y escenografía –un permanente y escueto, aunque efectivo, cambio en los paneles de fondo del escenario– permiten trasportar a quien se siente a ver el show a los espacios de esas historias de tango. Ambientes viciados por humos de cigarro, amarillentos, pesados. Una calle cualquiera, revelada en la blanquecina luz de luna. La penumbra de una habitación donde los cuerpos se buscan hasta encontrarse desnudos.
Todo avanza como lo diría el libro de Reglas a seguir para la realización de un espectáculo de tango –si existiera—, hasta los últimos tres cuadros. Las historias son de amor y desamor; de traición y desencanto; de levante y seducción. Las mujeres, encarnadas en una rubia (Gimena Aramburu), una morocha (Paula Gurini) y una colorada (Julieta Biscione), tres minas fuertes, manejadoras y crueles con aquellos tres varones (Roberto Castillo, Mariano Bielak y Juan Fossati) que las adoran, las buscan hasta el cansancio. Claro, hasta los últimos tres cuadros.
Porque Chaly, el cuadro número 15, es el preludio de la ruptura total. Paula y Julieta se quitan el vestido sastre rojo con el que hicieron maravillas durante las piezas centrales del show y, en bombachudo, corpiño antiguo y medias al muslo se convierten en una especie de chicas Bond de Mariano, que vendría a ser un…. ¿James Bond? Sea como sea, lo increíblemente molesto, y a la vez interesante de la puesta es que aún así, en esas posturas, siguen bailando el dosxcuatro.
Atrás quedaron los bailes de salón, la coordinación de figuras entre las tres parejas que, en un triángulo un tanto amontonado, recorren la pista entre ochos, cortes, tijeras, media lunas y anillos. Ojo, los pasos no se pierden. Se resignifican en un contexto escenográfico abismalmente distinto. Luz azul, nacida de la pista de un CD –la única no interpretada por la mini orquesta en vivo— indica que la ruptura ha llegado. La manera en que la mayoría de los que alguna vez pudimos disfrutar de un baile de tango estalla hasta desaparecer.
Allí, el desafío. Rechazo es lo primero que provocan los disfraces futuristas de paños violetas, amarillos, naranjas y verdes furiosos; la coreografía entremezclada; las poses de superhéroes. ¿Qué carajo es esto? ¿Tango? El compás del piano, el punteo de la guitarra y esos hermosos llantos del bandoneón –nunca visto uno más sensual– no cambian la construcción de las melodías tangueras con la profundidad del contrabajo. A no cerrar los ojos, que el baile está ahí, de una manera distinta. Aparece la vuelta de tuerca a un género que se gastó durante décadas, pero sigue sacando chispas. Y acaba fascinando.
* Sin Pecado Concebido se presenta de jueves a domingo en el Teatro de la Ribera, Pedro de Mendoza 1821, La Boca. Ciudad de Buenos Aires.