Actores, autores y directores de televisión buscan la sanción de una ley que fije una cuota de pantalla mínima y cree un instituto que funcione a la manera del Incaa. En líneas generales, los objetivos son dos: cambiar una televisión signada por el afán comercial y el entretenimiento y favorecer a un gremio descuidado. La idea es que el anteproyecto recientemente presentado en el Congreso se trate el próximo año.
Por Nicolás Sagaian
Buenos Aires, diciembre 29 (Agencia NAN-2010).- La actitud voraz de la televisión comercial, sostenida por “programas basura”, pone en jaque desde hace décadas a un género central e histórico en la pantalla chica argentina: la ficción. Para darse una idea, la reducción de este tipo de contenidos es tan notable que desde la década del ’60 hasta ahora las producciones que logran acaparar el aire “se redujeron un 90 por ciento”, según denuncian desde el Sindicato Argentino de Televisión (SAT). En ese panorama, actores, autores y directores locales hace algunos meses comenzaron a avanzar en la promoción de una nueva Ley de Ficción, que contemple una cuota de pantalla mínima, no estipulada en la vigente Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Como lo resalta el anteproyecto presentado hace poco en el Congreso Nacional, la meta principal es que se fije la difusión mínima de dos telenovelas y dos unitarios de producción propia, así como un programa de música nacional. Además, se busca crear un Instituto de Ficción Televisiva, “como un ente que promueva el género y ayude a crecer a nuevos emprendedores para que la ficción vuelva a nutrir de contenido a una programación que hoy tiene un nivel muy bajo”, sostiene el reconocido actor y director, Patricio Contreras.
La iniciativa no es poca cosa y enfrenta una serie de escollos que son difíciles de sortear. “Los empresarios de los canales de aire privados, los accionistas y los gerentes comerciales casi ni piensan en invertir tiempo para la ficción; en cambio apuestan a los enlatados, programas de chimentos o realities que no requieren de grandes recursos para causar el efecto buscado”, afirma el actor Guillermo Marcos, uno de los promotores principales de la propuesta. Obviamente que el fin último (y central) es meramente monetario, nada más. Mientras tanto los coletazos de este modelo basado en el puro entretenimiento se hacen sentir, perjudicando directamente a los trabajadores y artistas, ya que “el 80 por ciento del gremio está desocupado”, según las últimas estadísticas oficiales. Entonces, la indefensión de escritores, músicos, actores y técnicos se hace visible a la legua y preocupa que la cifra se pueda ir expandiendo mucho más, hasta completarse, en el caso de que la tendencia no se tuerza de inmediato y se profundice el rumbo.
Es que cimentados en el monetarismo puro, los canales de televisión abierta prefieren emitir programas al menor costo con una rentabilidad alta, una ecuación tan vieja como básica. Así, mientras en un unitario o telenovela pueden trabajar cientos de personas, a costos que oscilan entre los 40 mil y los 100 mil pesos por capítulo, la estructura de los programas de archivo o divertimento de una y hasta dos horas requieren de un presupuesto muchísimo menor. “Parecería que el rating manda, vendría a ser como el gurú que todavía nos queda como herencia de las raíces, de la televisión básica. Por eso, novelas como Caín & Abel o Secretos de Amor (ambas con paso fugaz por Telefé) fueron levantadas tan rápido, en pocos meses”, recuerda el dramaturgo, guionista y director, Oscar Tabernise. No obstante, se preocupa en remarcar que tampoco se trata de dar vuelta la balanza: “No tiene que ser o uno u otro, todo o nada, ficción-entretenimiento, los dos pueden con convivir, pero el tema de fondo es aumentar el nivel cultural de la TV que tan abofeteada se muestra”.
Teniendo en cuenta esto último, la televisión debería ser entendida bajo la lógica de “servicio público” al alcance de todos, como reza el comunicador venezolano Antonio Paquali. La ley audiovisual vigente (Ley N° 26.522) apunta hacia ese horizonte especificando cuotas de pantalla para la producción independiente y nacional, en todos los niveles posibles, aunque deja algunos espacios vacíos que no mantienen tranquilos a los artistas. “En la lucha contra los monopolios no debatimos a fondo sobre los contenidos, ahora hay que hacer eso: para fomentar la producción de programas en todo el territorio nacional y volver a exportar productos creados made in Argentina, como en los viejos tiempos, hay que crear un marco jurídico”, sostiene Marcos que hizo su carrera en casi todos los canales, como integrante de las tiras Poliladron (Canal 13), Un cortado (Canal 7), Máximo corazón (Telefé) y El precio del poder (Canal 9).
Como existe una Ley del libro y también otra del cine, los trabajadores de la pantalla chica creen que llegó el tiempo de tener una legislación propia. En ese sentido, intentan crear un Instituto como el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) pero de contenidos ficcionales. “Si bien todavía no está zanjado el debate final, la idea es que la entidad funcione como entre regulador tanto para verificar los contendidos para articular nuevos créditos o exenciones impositivas a las producciones que los necesiten”, detalla la diputada nacional del partido Concertación FORJA Silvia Vázquez, que se encuentra puliendo el anteproyecto. Está “entusiasmada” con que se concrete su tratamiento el próximo año de sesiones parlamentarias. El fomento de las producciones nacionales se complementa, además, con la idea de desalentar la aparición de ficciones extranjeras con gravámenes que protejan a lo nacional. “No existen leyes proteccionistas en el área, entonces además de los créditos y la promoción de nuestros productos, pensamos imponer un tributo mucho más fuerte para las telenovelas extranjeras que tanto llegan al país para abaratar costos en ciertas franjas horarias”, comenta la legisladora que destaca la necesidad de defender la identidad cultural argentina.
Entre tantas importaciones baratas y la proliferación de productos chatarra, la reducción de los programas de ficción en el aire se hizo evidente. De acuerdo a cifras brindadas por el Sindicato Argentino de Televisión, “en la década del 70 se emitían cerca de 90 ficciones” en los canales abiertos; en los ochenta esa cifra se achicó a la mitad, mientras en los noventa se diluyó mucho más. Ahora los números son más escalofriantes, “las ficciones pasaron de una docena a seis en el período comprendido entre 2000-2010”, según lo marcan las últimas estadísticas del gremio. Esto puede corroborarse con un simple zapping hogareño, que permite encasillar a esta temporada que termina como la de menor producción ficcional en la historia de la TV argentina.
“Esto no puede pasar, como actores no lo podemos permitir, es inconcebible”, asegura Contreras, representando la misma sensación de preocupación de todos su pares. Y en sus palabras se transparenta no sólo una proclama de defensa de cientos de puestos laborales, sino un desafío adicional, para evitar la degradación de los contenidos televisivos, a favor de un gran número de televidentes que consumen diariamente una serie de programas que tienen poco, casi nada de contenido, como Intrusos, Gran Hermano o Show Match.