Nació de un taller del Frente de Artistas del Borda y es otra de las variantes de la desmanicomialización que proponen sus integrantes. “Buscamos que los internos no queden abrochados a lo negativo de la locura, que no se los mire de reojo y que se les dé un lugar en la sociedad”, argumenta Fernando Stivala, coordinador de la compañía.
Por Paula Sabatés
Fotografías gentileza de Constanza Grosso
Buenos Aires, diciembre 31 (Agencia NAN-2010).- El universo circense pareciera ser, contrariamente a lo que se propone desde el origen del género, finito: sin límites para crear y mostrar arte en movimiento, pero con un prototipo específico de atleta, que generalmente es conformado por jóvenes con buen estado físico, que entrenan y se alimentan bien. La compañía Circo Manija, sin embargo, se ubica en los antípodas de ese imaginario colectivo porque sus miembros no están bien alimentados ni tienen la libertad que tiene cualquier otra persona. Peor aún, son adultos y están medicados. Es que el grupo forma parte del taller de circo que ofrece el Frente de Artistas del Borda (FAB), que tiene diez talleres más y que desde hace 26 años funciona dentro del hospital, pero a la vez al margen, porque no está considerado como una de sus actividades dentro de la estructura administrativa y burocrática. “El objetivo de todos los talleres del FAB es lograr, a través del arte y de la cultura, la desmanicomialización, lo que no implica cerrar el hospital sino romper con la estructura del manicomio y lo que éste hace de las personas que lo habitan”, cuenta a Agencia NAN Laura Tugentman, coordinadora del taller y de la compañía.
En busca de este objetivo, el grupo –que se formó en un simple taller de circo dictado en el galpón del hospital todos los martes durante dos horas– decidió conformarse como compañía hace poco menos de un año. “El taller sigue funcionando, pero nos armamos como compañía porque así, por más que haya cierta distribución de tareas, estamos todos a la par, opinando, tirando ideas y siendo parte de una construcción artística que nos pertenece a todos. Y porque, además, empezaron a surgir muchas actuaciones en distintos espacios, muchos de circo, lo que fue fundamental porque significó meternos más en ese mundo y demostrar que se puede hacer arte desde otro lado”, sostiene Tugentman, quien hace dos años presentó el proyecto en el FAB. “Aunque cueste, yo estoy convencida de que éste es el camino. Claro que como parte de una compañía no se puede lograr el cambio total, pero sí mejora muchísimo, los hace personas activas y los ayuda a enfrentarse a algo nuevo, a un desafío que tienen que aprender.”
La desmanicomialización pretendida por el FAB supone un proceso de sustitución del manicomio por una red de dispositivos comunitarios para el tratamiento de personas usuarias de servicios de salud mental. La reciente Ley de Salud Mental avala en parte la búsqueda de estos artistas de prohibir al manicomio como institución y resalta la idea de que haya un servicio de salud mental en hospitales, acompañado de un seguimiento profesional en torno a la medicación. “Son puntitos importantes que ayudan a la lucha, pero el más importante es romper con el prejuicio de la locura, que los internos no queden abrochados al estigma negativo de ella, que no se los mire de reojo y que se les dé un lugar en la sociedad”, argumenta Fernando Stivala, el otro coordinador. “No queremos más estadías eternas. Antes, a los pacientes se los internaba porque habían tenido un padecimiento mental pero ahora es más una cuestión socioeconómica. No tienen adónde ir y no tienen trabajo, entonces se quedan ahí”, agrega Tugentman.
Los circenses de Manija son 15, entre coordinadores, pacientes internos y externos y colaboradores. Juntos montaron hace casi un año y medio Tiempos de máquina, su primer espectáculo, que dura cuarenta minutos, tiene cinco números con todos los elementos propios del circo: dos actos de tela, uno de trapecio, un número de acrobacia combinada y pirámides y malabares y equilibrio. La idea fue que todos pasaran por todo y al momento de armar el espectáculo cada uno eligiera cuál fue la disciplina que más le había gustado. “Durante las clases hacíamos juegos para que los talleristas pudieran hacerse amigos de los elementos, para luego empezar a laburar la técnica. De todos modos, es más importante el contenido de lo que queremos mostrar que la técnica. Eso es porque trabajamos desde la condición de la posibilidad”, dice Stivala. “No es que haya súper trucos, pero jugamos con otras cosas y lo que produce en la gente es una sensibilidad muy grande porque los que estamos en la pista estamos todo el tiempo sintiendo cosas que se sacan afuera. Es un espectáculo muy sensible y emotivo, aunque intentamos todo el tiempo no dar lástima sino compartir un hecho artístico como cualquier otro”, asegura Tugentman.
Según los coordinadores, el espectáculo está lleno de historias de denuncia social que muestran la vorágine en la que se vive. Un ejemplo de esa afirmación puede verse en el número inicial, donde hay un artista en el medio, vestido de enfermero, que va tirando pelotitas –que son asimiladas a las pastillas que les dan en el hospital– al resto, que lo bordean en un círculo, representando una crítica a la sobremedicación. También se muestra una historia de amor y desencuentros en el número de tela, y se simbolizan situaciones como el no tener tiempo para almorzar. “Todo tiene que ver con el tiempo en el que viven hoy. El mensaje es que a pesar de esto, después de todo puede surgir una construcción colectiva, algo productivo, que está simbolizada en las pirámides grupales del final”, asegura Tugentman. Y es que lo productivo también viene después: cuando se pasa la gorra, se reparte lo recaudado por igual. “Es una posibilidad de que tengan una pata laboral, que se merecen porque se la ganaron”, reivindica la artista.
Este año, la compañía fue invitada a participar de dos festivales internacionales de circo en Córdoba y de la Convención Argentina de Circo celebrada a mitad de año en Monte Grande (Esteban Echeverría, al sur del Gran Buenos Aires), entre otros encuentros. “Mostrarle al público en general qué es lo que podemos hacer a través del arte es una forma de romper con el estigma social de que el loco es peligroso y que tiene que estar encerrado”, sostiene Tugentman. “Fue importante porque siempre existe el prejuicio de qué es lo que van a mostrar los loquitos del Borda, que también va acompañado de la lástima, porque se sabe que es gente que tiene algo distinto. Entonces poder participar de semejantes eventos con carpa llena y aplausos de pie es como volver a las raíces del circo, donde hay lugar para todos y todos tienen un espacio para contar algo”, agrega, aunque cuenta que a menudo se hace muy difícil articular el trabajo porque por la medicación “no pueden coordinar ni mantenerse en pie o prefieren dormir la siesta, porque eso les produce el Borda, les hace perder el deseo y las ganas de proyectarse”. Justamente lo que Circo Manija está dispuesto a revertir.