/Archivo

Caníbales reductores de cabezas

Surfing-Maradonas-NAN
Esteban y Fochi se convierten cuando suben al escenario: pasan de ser dos pibes tranquilos que hablan bajo a un par de animales capaces de arrasar con los que se les cruce. Fotografía: Almendra Bilbao

Por Gonzalo Bustos

Fochi se saca los lentes y tira la remera al piso. Se sienta en la banqueta y acomoda los parches. Su imagen ya no es la misma: ese aspecto inseguro, de mirada baja y palabras suaves, es extirpado por una postura dura, de ojos filosos. A su lado, Esteban tira guitarrazos intentando calibrar el sonido. Aprieta los pedales, regula el seteo. Se prepara para la explosión.

Se hace un instante de silencio. Los hermanos Fernández se miran. Fochi empieza; tira un golpe tan seco que duele. Esteban hace reverberar sus cuerdas. Es el momento del cambio. Ya no son lo que eran: ahora son los Surfing Maradonas; un dúo de desquiciados amantes del volumen extremo y la violencia sonora como atributo musical.

Es un domingo de principios de marzo y estamos en Pura Vida, ese bar de La Plata donde —según dicen— el rock vive. Es un lugar pequeño, oscuro y con las paredes pintarrajeadas. Acá huele a under profundo. Parece el lugar perfecto para que estos músicos desplieguen todo su arsenal: una batería inquieta y multifacética en cada golpe, una guitarra capaz de hundirte en el infierno o trasladarte al medio de una revolución salvaje, más líricas de ciencia ficción tenebrosa cantadas con granizo en la garganta.

***

Los Surfing Maradonas nacen en el oeste de la provincia de Buenos Aires, en San Justo. Era el amanecer de 2013 cuando Esteban —30, postura percherona y palabras pensadas— tenía algunas canciones y más vivas que nunca las ganas de tocar. Fue en busca de su hermano Rodrigo —de ahora en más Fochi, 26 años y aspecto indie— para darles vida. Así arrancaron, como dúo. Guitarra y batería respectivamente. Así también van a terminar.
No pintó poner un bajo —cuenta Fochi—. Fue como “¿da para poner un bajo?”. Y no. Así estamos bien.
Fue una charla al principio y nada más— recuerda Esteban.
Nos pasaba que en bandas en las que tocábamos antes siempre había alguno que la cagaba mal —suma Fochi—. Y también pensamos en cuidar eso. Si nos llevamos bien entre nosotros, para qué meter otro. Para mí lo humano es lo más importante.

—¿Cómo es laburar de a dos?
Esteban: —Es más fácil juntarnos a ensayar, debatir una idea, organizarse para encontrarnos y tocar.
Fochi: —También al momento de tocar: él me escucha a mí, yo a él y listo.
Esteban: —Después las canciones las armamos en formato dúo y tenés que buscarle la vuelta. Si son cuatro es otra cosa: cada uno le agrega algo. Acá tenés que llenar, tenés que hacer una canción con un formato un poco raro si se quiere. Porque tenés que pensar la canción, reformularla, buscarle una vuelta. Tenés que manejarla sabiendo que es eso nada más.

—Al momento de “llenar el espacio”, ¿a qué apuntan?
Esteban: —Depende de lo que quiera decir la canción. La idea es que se entienda lo que quiere transmitir. Puede haber momentos de mucha distorsión y bardo, pero después frena. O sea, la idea no es que sea todo el tiempo quilombo llegando al nivel de no entenderse. Que sea un momento de “¡qué están haciendo!” y después digas “ah, era esto”.

Ese rasgo numérico y sonoro fue el que definió su identidad desde el arranque. Cual The White Stripes, la crudeza y furia se convirtió en atributo. A partir de ahí enhebraron canciones podridas que naufragan por el stoner, el noise y el grunge principalmente.
La identidad se definió desde el principio. El hecho de no meter un bajo te marca algo, un sonido —dice Fochi—. Como que quedó preestablecido.

—Al momento de grabar su primer disco, Mal Augurio, ¿qué buscaban?
Fochi: —Fue tener los temas y grabarlos para salir a tocar. Tampoco teníamos uno sonido muy definido. Esteban ni siquiera tenía su propio amplificador. Ahora, después de tocar un tiempo, ya sabemos para donde vamos.
Sin grandes pretensiones sacaron Mal Augurio: seis canciones rabiosas.

El comienzo es con “Los gigantes” —el hit—, tema en el que una guitarra distorsionada abre el espectro sobre un batería de ultratumba. En ese submundo stoner, Esteban canta con voz podrida sobre monstruos de cabezas retorcidas. Ni que hablará de él y su hermano. Después llega —intro diabólica mediante— “Aborigen infernal”, en el que Fochi se pone en primer plano para refregarte por la cara eso de tocar los parches: el manejo de climas y tempos de este pibe te deja boquiabierto. Con sus tambores te lleva al infierno. “Luces en el cielo” es una guerra en el barro entre las cuerdas vocales de Esteban que se quiebran en mil partes a medida que el machaque de la canción avanza. “Higher warrior” es el arrebato punk, feroz y enloquecido. “Cazando humanos” inicia un derrotero grunge que termina con “Against monsters”. Si quieren saber cómo sonaría la voz de Cobain hoy, presten atención al derrame que hace Esteban. Y hagan zoom sobre los golpes a las cuerdas para ver cómo es eso de llenar el espacio.

***

SURFINGMARADONAS_HOME1
Fotografía: Almendra Bilbao

No son muchos, pero los que quedan están acá. La línea distorsionada de la viola que marca el comienzo de “Los gigantes” y el inicio del set de Surfing Maradonas los apiña contra el tablado. La cabeza va de arriba a abajo. Cuando cae lo hace brusco. Debe doler el cuello en ese movimiento. Sin embargo los pocos que están lo repiten. Así se abre el show, o dicho de otro modo, uno de los vivos más candentes del under argentino.
A mí, lo que me pasa cuando toco es que siento una descarga. Una descarga de lo bueno y de lo malo —había dicho un par de horas antes Fochi, sentando en la plazoleta enfrente del bar.

Fochi es el corazón del dúo. Y Fochi es el seguro de que no habrá un paro cardiorrespiratorio, aunque también es el principal síntoma de infarto. Desperdiga granadas por todo el piso en los paisajes oscuros y luego se pone a saltar sobre ellos cuando la guitarra convierte la canción en un sacudón. Fochi nunca se queda quieto. Si la pieza terminó, empieza a golpear las diferentes partes de su batería. Suele darle seco y corto. La recorre toda. Ocupa el silencio. Cuando su hermano ya está listo, larga el toque de partida hacia un nuevo viaje. Fochi es un animal, un salvaje.
Tocamos porque nos divierte. Por eso hicimos la banda. Toco porque me gusta. Si no toco, bajón —fue lo que dijo Esteban.

Esteban parece un tipo serio. Habla despacio, sonríe sólo cuando lo amerita. Cuando se sube al escenario, muta. El gesto —lo único y sólo por momentos— se torna inalterable, pero los movimientos al tocar su guitarra hablan: se pierde en sus seis cuerdas, se convulsiona con cada acorde, mira fijo a su hermano, naufraga en su interior, que es oscuro y monstruoso como su música.

***

Holocausto Alienígena, el segundo disco de Surfing Maradonas. Seis canciones —de nuevo— rabiosas. Sólo que está vez los detalles las agigantan. Ya no es un simple registro. Es más obra: la claridad en el concepto queda marcada como un progreso natural. Y el gen puede hallarse en “Against Monster”, el cierre del disco debut. En esos casi tres minutos se despliega la impronta del futuro cercano. Hay un sonido más pensado, un salvajismo contenido; hay minuciosidad en la ubicación y el plano de cada acorde según la demanda de la canción; hay acentuación en la aclimatación: hay una canción —grunge— hecha y derecha.

Todo eso se desperdiga en el segundo LP. El punto más alto es “Incidente en el Uritorco”, en el que una guitarra desenchufada marca el ritmo pegándose bien a los parches, tranquilos como nunca antes. La voz de Esteban suena asquerosa como siempre, sólo que está vez se mete de fondo sumándose como un bálsamo refrescante.

“Caníbales reductores de cabezas”, el cuarto track, es una muestra aún más acertada. Con un sonido electrificado en el que la guitarra se serpentea con estridencia en el riff y cadencia en la melodía, logran algo impensado: la pulcritud en la mugre.

El cierre, “Marte”. Con un arranque distorsionado y reverberante, una bata seca y cánticos desquiciados, la llevan por otros universos. Acá se refleja el mayor atributo de estos pibes: mover a gusto y capricho los climas de una canción.

***

Una piba se mete los dedos en los oídos. La moza frunce la cara toda. Fochi chorrea sobre la batería. Esteban convulsiona.
Nos gusta tocar extremadamente fuerte —dice Esteban.
La banda lo requiere —suma Fochi—. Surfing Maradonas es así.
Es parte del concepto de los temas. Es como tomar una birra caliente —intenta explicar el guitarrista—. La birra es la birra, pero la querés fría. Bueno, los temas son los temas, pero tenés que tocarlos al re palo.

La canción ya terminó, pero hace dos minutos los hermanos Fernández están surfeando un cuelgue envidiable. Es difícil definirlo, intentar describirlo. Suenan fuerte, muy fuerte. Hay, en 120 segundos, pasajes por diversos estilos, aires de diferentes mundos, furia y calma, Dios y el Diablo. Ellos están idos, cada uno en su instrumento, cada uno fundido con el otro en ese sonido de muerte. Las dos piezas se encastran, como si hubieran sido hechas a la perfección para eso.
A mí, la música me genera lo mismo que transmite —larga Esteban —. Lo mismo que canto es lo que me genera. Es como si estuviera del otro lado viendo la banda.
Es medio violenta la banda —dice Fochi.
Claro, es violenta. Es una violencia con una ética. No es simplemente bardo. Es como un despertar, una rebelión. Sacarse todo eso que uno va cargando. Es una violencia por algo bueno.

—¿A qué apuntan con la banda?
Fochi: —A divertirnos diariamente.
Esteban: —A poder hacer lo que nos gusta.
Fochi: —Y eso es como vivir.

Fuente: NAN #19 (2015). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.

*Surfing Maradonas se presentará el viernes 14 de agosto a las 23 en NANvivo EL GRAN FESTI DEL UNDER. En Salón Pueyrredón, Av. Santa Fe 4560, Ciudad de Buenos Aires.