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V de venturanza

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Jo Goyeneche fantasea con el momento en que los discos de la banda platense que encabeza se transformen en el singular sonido de la singular vida de muchos extraños.  Fotografía: Natalia Berninzoni (Flickr)

Por Facundo Arroyo

Estribillos sobre la amistad, el amor y las pequeñas revoluciones del espíritu. Películas, profesiones, momentos compartidos, viajes. Hay todo eso —además de discos, vinilos y canciones— en Valentín & los Volcanes, banda de La Plata, de cerca del barrio de City Bell. Si hablamos de discos, su lista está compuesta por Maquetas 07-08 (2009), Play al viejo walkman blanco (2010), Piedras al lago (2011, single vinilo) y Todos los sábados del mundo (2012), de agitado estreno en el platense Pura Vida, en el porteño Ciudad Emergente y en varios lugares de Córdoba. Si pensamos en películas, enfoquemos en Beautiful loser, dirigida por Aaron Rose, en la que los artistas muestran su mundo, viven de la felicidad y la creación, el do it yourself. Vayamos a la estética: los sábados, las guitarras aceleradas y las letras existenciales que penetran directamente en el imaginario de un suelo juvenil, eternamente. Cantemos y pensemos en sus primos de Él Mató a un Policía Motorizado: “Sábado en mi cama,/ sábado en mi cama,/ y si te invito a jugar me dirás que no, me dirás que no,/ y si te invito a dormir me dirás que no, me dirás que no”. Ok, tenemos la estética en nuestros oídos y a uno de los fundadores (Jo Goyeneche, cantante de V&V) de toda esta movida que se caracteriza, más allá de los casilleros, por un sonido particular y por el quehacer independiente. Que sea su voz la que nos cuente de qué se trata ese hermoso monstruo navideño que ruge casi subliminalmente.

—¿Cuál es la primera necesidad al crear Valentín & los Volcanes?
—Cuando éramos chicos nos poníamos una toalla o una funda de almohada en la espalda y jugábamos a ser superhéroes. Teníamos una fórmula para volvernos invisibles que no fallaba nunca: cerrar los ojos y quedarnos quietos. Realmente sentíamos la invisibilidad y los súper poderes. Esa suspensión de la realidad, esa creación de una realidad dentro de otra, esa fe poética o compromiso con lo mágico hacía que nos olvidáramos de nuestros miedos, que tomáramos valor para ciertas cosas y que fuéramos felices y especiales durante un rato. Al cumplir 20 ó 30 años, cuando esas fórmulas dejaron de funcionar y el mundo se volvió demasiado frío y automatizado, reemplazamos las toallas o fundas de almohadas por guitarras y tambores, abrimos los ojos y empezamos a movernos. Todos tenemos la necesidad de construir un plan secreto, de creernos trascendentes aunque sea un rato, de buscar la conmoción y el caos, de romper algunas botellas o enamorarnos. Sentimos el mismo amor por nuestras canciones que un carpintero al terminar un mueble. La música, como el amor o el oficio, nos hace mejores personas: es tan estúpido como cierto.

La necesidad trajo canciones que asomaron por el lado más pop del rock alternativo de guitarras al frente. Propuestas como “Baila conmigo” o “El asesino de Santa Claus”, colgadas desde un Myspace desconocido, comenzaron a sonar en las radios. Y las canciones originaron otra necesidad: la de que el monstruo que se había escondido en V&V empezara a hablar. Letras y melodías naïf con arreglos simples y bailables. Hay oscuridad y arcoiris en ellas.

—¿Cómo definen sus canciones?
—No habría banda sin canciones. No habría recitales, borracheras, viajes hermosos, amigos desconocidos, pequeñas historias increíbles, discusiones sobre ética, fútbol, literatura, política, drogas. No habría planes imposibles pero geniales. Y lo peor de todo: no estaríamos creando un legado, estaríamos mirando pasar las horas sentados en un sillón, en una butaca de oficina, en un puesto de comida basura o acariciando nuestros diplomas de universitarios o bachilleres. Eso sería triste. Creo que la banda es la forma y las canciones el fondo.

—¿Qué opinás de los últimos dos discos de la banda?
—Podríamos haber grabado Todos los sábados… de la misma forma que Play…, pero no hubiera sido divertido ni arriesgado ni honesto, porque dentro de nuestro imaginario existe cierta dinámica de cambio, riesgo e incertidumbre. El último suena más trabajado que Play…, y Play, más directo, más duro. Pero los dos tienen el mismo tipo de canciones: básicas, con letras poco explícitas, centradas en una melodía que no dura más de dos minutos, guitarras simples y directas. Creo que ambos, si fueran personas, podrían ser mejores amigos, novios o vecinos de los copados. El primer disco tiene a favor lo que tienen todos los primeros discos de la historia del rock: es el primero. Definió y marcó cierta pauta para los chicos que nos empezaron a ver en vivo cuando se editó. Y tiene algunas canciones que en vivo siguen dándome ganas de salir del escenario a poguear. Lo escuché tantas veces que ya debería odiarlo, pero no, sigue gustándome bastante. Todos los sábados…, en cambio, se aprecia más con varias escuchas, porque es uno de esos álbumes que tienen mucha fantasía debajo de las líneas de guitarras y voces. Si pudieran quitar con un control remoto esas guitarras y voces verían levantarse en cada estribillo un hermoso monstruo navideño que ruge casi subliminalmente. Barrimos una gran cantidad de mugre debajo de la alfombra.

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Las de V&V son letras y melodías naïf con arreglos simples y bailables. Hay oscuridad y arcoiris en ellas. Fotografía: Natalia Berninzoni

—¿En qué consiste el riesgo del que son adictos?
—Nos gusta que cada disco que grabemos tenga su propio mapa, su propio espíritu, funcione o no funcione. No podríamos repetir un proceso. No existe la ciencia en este círculo sino estímulos en permanente cambio. Aceptamos esa dinámica como algo positivo.

En Todos los sábados…, V&V condensó el cambio haciendo base en su estética y profundizando la calidad de su sonido. En relación al disco, manifestaron que sienten a la banda con vida propia, que el monstruo salió a la calle y hace cosas que los trascienden como integrantes. Jo asiente y explica: “Eso sucede con cualquier músico que edite un disco. Existen dos mundos bien definidos en cualquier banda de rock: el privado y el público. En el mundo privado uno interpreta y lee sus propias canciones como quiere. En el mundo público, en ese del chico o chica que se lleva un disco a su casa, ya no tenemos ningún poder. Ellos nos reemplazan y eso nos fascina. Estar lejos de casa y que alguien nos cuente que no puede escuchar ‘Canoas de papel’ porque le hace acordar a quien le rompió el corazón, que otro use de ringtone ‘Parque cerrado’ para recordar que tiene que tomar su medicación o descubrir en YouTube versiones de algunas canciones cantadas por personas que no conocemos. Que alguien deje una correspondencia anónima por debajo de nuestra puerta con dibujos sobre las canciones. Todo eso nos llama la atención”.

—¿Les gusta o los asusta?
—A veces nos pega bien y otra veces nos hace bajar. Pero siempre nos fascina la idea de no saber exactamente qué pasa, cómo la flashea el que nos escucha. Hace unos días volvía a casa y en la esquina escuché una canción de Todos los sábados…. Me quedé parado un rato a ver qué venía después. Quería saber si era la radio o un disco. Y vino la siguiente del disco. Caminé hasta casa pensando en que no tengo ni puta idea si había una pareja haciendo el amor, una familia vegetariana, una chica pintando un cuadro, un pibe mirando el techo o un asesino serial concluyendo su gran obra psicótica, pero con la certeza de que en el almacén me cruzo todos los días con alguien que nos escucha y que somos completamente desconocidos. Un buen viaje para ese monstruo sería llegar a convertirse en la banda de sonido de la vida de muchos extraños. Y enterarnos de esas cosas de vez en cuando también sería genial. Es algo que sucede, en una escala pequeña, claro.

Patinando lengua y dedos de guitarras se escucha que el monstruo grita “La maravillosa muerte de alguien más”. Los “valentines” dicen: “Otra guerra invisible acá./ Qué intenso verte actuando bien,/ estar bien,/ bien./ El terror al lugar común…”. Y los chicos y las chicas cantan las nuevas canciones, estando bien. Bien.

Fuente: NaN #8 (julio-agosto 2012)