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Podrán cortar todas las corbatas

CHILE_ENTRADA
#MUNDIAL2014 Dos veces el delantero chileno se encontró con Augusto Pinochet. La primera vez no lo saludó. La segunda, lució en el pecho el rojo de su pensar y sentir. Ilustración: Juan Manuel Tumburus (Blogger)

Por Leonardo Castillo

En el ocaso de su carrera, el goleador había aceptado de mala gana concurrir a una ceremonia oficial en el palacio presidencial. El dictador había organizado una recepción para los deportistas más importantes de ese país angosto y largo que discurre entre Los Andes y el Pacífico. Quería mostrarse afable y lavar ante la prensa del mundo las denuncias por violaciones a los derechos humanos que perpetraba su régimen, uno de los más crueles de Sudamérica.

El tirano saludaba de uno en uno a los jóvenes atletas de distintas disciplinas, hasta que le tocó el turno del afamado y díscolo delantero que renegaba de las mieles del poder. Y entonces lo abordó…

—Carlos, qué sorpresa. Me dicen que se retira…
—Sí, creo que es suficiente. Ya no tengo más que dar.
—Qué pena. Y qué raro es verlo por aquí.

Ambos sostuvieron la mirada durante un instante que pareció eterno, y el hombre que ocupaba el palacio volvió a inquirir.

—¿Usted siempre se viste con corbatas rojas?
—Así es.
—Un día voy a ir a su casa y le voy a cortar todas esas corbatas rojas —bromeó impune el mandamás ante las risas burlonas del séquito adulón que lo acompañaba.
—Mire, general, usted puede venir a mi casa y cortarme todas las corbatas, pero el rojo lo llevaré siempre en el corazón.
—Ya, ya… —atinó a decir el militar mientras se retiraba con una sonrisa irónica.

Ese fue el diálogo que Carlos Humberto Caszely Garrido, delantero chileno de Colo-Colo, Espanyol de Barcelona, el Levante y la Selección roja mantuvo en 1985, en pleno Palacio de La Moneda, con el genocida Augusto Pinochet, el hombre que durante 17 años gobernó el país andino con mano de hierro y júbilo asesino. “La verdad yo no quería ir, pero me insistieron. Empezaba una etapa de apertura política y la gente de la izquierda creyó que debía estar, que con eso se podía dar comienzo a una negociación que nos condujera a la democracia”, explicó años después Carlos, que en esos años era un reconocido militante del Partido Comunista.

Hijo de un empleado ferroviario de origen húngaro, Carlos nació en 1949 en el seno de un hogar trabajador en el que se respiraba conciencia de clase y militancia obrera. “De bien cabro se me dio por el fútbol, pero mi viejo, como buen comunista, me dijo que había que estudiar, formarse. Nunca me prohibió jugar a la pelota, pero me obligó a estudiar. Así que estudié una carrera que tuviera que ver con el deporte y elegí educación física”, repasa el artillero sobre sus orígenes.

A mediados de los ‘60, la universidad era un hervidero. Mientras cursaba, se perfilaba en las inferiores del Colo-Colo, el club más popular de Chile. Debutó en 1967, con 18 años, y al poco tiempo se convirtió en una figura destacada del fútbol trasandino. Rápido, gambeteador y certero a la hora de concretar en la red, Caszely nunca pudo desligar su pasión por la pelota de sus inquietudes políticas.

A principios de los ‘70, Salvador Allende, al frente de la Unión Popular —una coalición de partidos de izquierda que integró el PC chileno en el que Caszely militaba— inició la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia en 1970. Por esos días, el delantero de Colo-Colo había dejado de ser una joven promesa para convertirse en un jugador consagrado. Fue el estandarte de ese equipo del “cacique” que en 1973 disputó y perdió en una recordada final de Copa Libertadores con Independiente, que debió ir a un tercer partido que se celebró en el Centenario de Montevideo.

Pero aquel año que tantas satisfacciones le trajo en lo futbolístico le depararía muchísimas penas en el terreno político. El 11 de septiembre se produce el golpe que derribó a Allende, miles de chilenos fueron encarcelados y el estadio Nacional, escenario de varias de las hazañas que Caszely había consumado en el fútbol, se convirtió en un gigantesco centro de detención para funcionarios de la Unidad Popular, intelectuales, músicos, sindicalistas y tipos de a pie. “Pocos días antes había emigrado a España para jugar en el Levante y seguí todas al alternativas desde allí. Era raro y muy triste ver por TV el estadio así. En esa cancha había hecho goles, festejado campeonatos, y ahora era una cárcel. La sensación era durísima”, evocó el jugador sobre esos años de dolor. Tras el golpe, su propia madre incluso, una militante del partido, resultó detenida y torturada durante varias semanas hasta que recuperó la libertad.

De todos modos, Carlos siguió en la Selección, y aunque perdió la capitanía a manos Elías Figueroa —un defensor central de notables condiciones técnicas y allegado al régimen militar— tuvo una actuación decisiva en la Eliminatoria para el Mundial de Alemania ‘74. Para llegar al certamen que se disputó en tierras teutonas, Chile debió jugar el repechaje ante la Unión Soviética. El primer partido se celebró en Moscú, el 26 de septiembre y terminó en un empate sin goles. La revancha estaba programada para noviembre, pero tras el golpe, los soviéticos se negaron a jugar en el Estadio Nacional. La dictadura armó entonces una auténtica fantochada. Ordenó que el equipo saliera a la cancha del Estadio Nacional y marcara dos goles contra un rival fantasma. “Una victoria contra el comunismo”, calificó el gobierno militar a esa burda escenificación.

Un año después, el plantel que viajaba al Mundial se reunió con Pinochet y Caszely le negó el saludo al dictador. “No recuerdo ese hecho como un gesto de valentía de mi parte. El tipo pasó a mi lado y no lo saludé, me hice el leso (el boludo). El tipo había secuestrado a mi madre y no le podía dar la mano.”

En Alemania, Chile no podría pasar la primera ronda. Empate 1-1 con Australia; otra igualdad con los germanos del este y derrota 0-1 frente a los anfitriones occidentales. Encima, en el partido contra los locales, Carlos vio la tarjeta roja al devolver las gentilizas que el recio Berti Vogts le tributaba en cada cruce. “Caszely expulsado por violar los derechos humanos”, tituló con cierta mofa La Tercera, un diario cercano al pinochetismo. Además, por una lesión, el delantero no pudo estar contra Alemania Democrática. “No quiso jugar contra sus amos”, lo acusó el mismo diario.

Caszely fue un activo referente contra Pinochet, al punto de participar en la campaña por el no al plebiscito de 1988, con el cual cual el genocida intentó perpetuarse en el poder. En uno de los spots de esa campaña dice con voz firme: “Queremos vivir en un país donde no te torturen, te maten o te condenen a la miseria”.

Desde entonces, el Chino, como lo apodaban, hizo carrera en España. Pasó al Espanyol y se consolidó como figura del equipo que en Catalunya rivaliza contra el Barcelona. Sin embargo, la Federación chilena lo excluyó de la selección. Cazsely no pudo jugar las Eliminatorias para Argentina ‘78 y fue excluido del equipo que un año después perdió la Copa América contra Paraguay en una final que se disputó en la cancha de Vélez.

En 1978, volvió a Chile y se sumó al Colo-Colo. Tuvo un rol activo contra la dictadura e hizo campaña contra la Constitución que Pinochet implantó en 1980. La presión popular determinó que el régimen cediera y le permitiera volver a la Selección, en 1981, en el marco de la clasificación de cara a España ‘82. La roja estuvo en esa Copa del Mundo, pero su derrotero en ese certamen fue olvidable, tanto para el equipo como para el propio Caszely, que erró un penal contra Austria.

De vuelta al país, redobló su militancia contra el régimen, le prohibieron otra vez jugar en la Selección, pero la opinión de los hinchas pudo más. Jugó por última vez con la roja en un partido con Brasil, hizo un golazo y quedó al borde del retiro.

En 1986, Caszely colgó los botines y se convirtió en un activo referente contra Pinochet, al punto de participar en la campaña por el no al plebiscito de 1988, con el cual cual el genocida intentó perpetuarse en el poder. Uno de los spots publicitarios grabados en esa campaña electoral lo muestra mirando a cámara. Con voz firme pronuncia esa frase que llegó al corazón de millones de chilenos: “Queremos vivir en un país donde no te torturen, te maten o te condenen a la miseria. Si quieres otro Chile, vota no”.

Pinochet perdió la compulsa y se abrió el camino hacia la democracia. Desde la apertura del Estado de derecho, Caszely intentó participar en política sumándose a listas electorales de partidos de izquierda con una suerte dispar. Estudió periodismo y comentó fútbol por TV. Siempre dispuesto a dar su opinión y marcar postura ante la realidad de su país, se manifestó en favor de las marchas estudiantiles que reclamaban en los últimos años una educación gratuita.

“¿Mi mayor logro? Sin duda, que me recuerden por haber luchado contra la dictadura y trabajado para que volviera la democracia. Es el partido más importante que jugué”, señaló hace poco en declaraciones a la prensa cuando se conmemoraban los 25 años del plebiscito que le permitió a Chile dejar atrás la prolongada noche del autoritarismo.

Carlos Caszely, un hombre que jugó siempre al ataque, tal como vivió y pensó. Un tipo al que ningún dictador le pudo cortar una corbata, mucho menos sus convicciones.