
Por Juan Ignacio Sapia
¿Cuánto hay de un escritor en su perfiles de redes sociales? La construcción de un personaje virtual, la auto narrativa que proponen las distintas plataformas de Internet, ¿cuánto deja entrever del personaje real, de la persona que escribe? Y si ese personaje es un autor, alguien-que-se-dedica-a-escribir, ¿cuánto más ficcional o transparente es? Hernán Vanoli es escritor y su Twitter nos recibe así: “Bienvenidos al jardín de los microintelectuales narcisistas”. Hay algo en la composición lingüística de esta oración que nos acerca a las recurrencias del Vanoli autor: el amor/odio hacia la universidad como institución que imparte conocimiento legitimado; la política y la sociología como discursos duros, pero a la vez como territorio anecdótico; y el extrañamiento, la animalidad que habita en cada uno de nosotros y que eventualmente sale a la luz. El Vanoli escritor tiene tres libros publicados: el de cuentos Varadero y Habana maravillosa (Tamarisco, 2010); la novela Pinamar (Interzona, 2010) y la nouvelle Las mellizas del bardo (Clase Turista, 2012). Existe también un Vanoli crítico, que desmenuza autores contemporáneos desde las páginas de la Revista Crisis. Sin embargo, ésta es una nota sobre el Vanoli editor. El que, junto con Félix Bruzzone, Violeta Gorodischer y Sonia Budassi, creó Tamarisco en 2004. El mérito de las editoriales se mide por la calidad de los autores publicados y el de Tamarisco no es poco: su catálogo incluye nombres como Luciano Lamberti, Margarita García Robayo, Federico Falco y Leo Oyola. Por estos días, Vanoli y su pareja, Lola Copacabana, están presentando un nuevo proyecto editorial: Momofuku. Los dos primeros lanzamientos fueron La Construcción, una novela de Carlos Godoy, autor de la célebre Escolástica Peronista Ilustrada, y Primavera Ninja, de Luis Orani.
—¿Qué es Momofuku?
—Momofuku es una pequeña empresa editorial que surgió por las ganas que teníamos con Lola Copacabana de publicar buenos libros. Vamos a editar ensayo y narrativa contemporáneos. Los próximos van a ser Efecto Tequila, de Matías Amoedo, una novela sobre un grupo de hermanos que sobreviven en San Isidro durante la década del noventa; y La extinción de los coleópteros, de Diego Vargas Gaete, un escritor chileno de un pulso narrativo y una frescura bastante notorios. Después vamos a reeditar el libro de cuentos 76, de Félix Bruzzone, sumándole dos relatos nuevos; y por último Las redes invisibles, de Sebastián Robles, que es un volumen de relatos sobre redes sociales posibles o futuras.
—¿Las condiciones de publicación o el acceso a los lectores inciden de alguna manera en lo que escribís o lo que decidís editar?
—Uno tiene que intentar escribir con la menor condescendencia posible hacia las condiciones de publicación, que de todas maneras reaparecen como un condicionante negado. Entonces, como escritor, hay que pensar lo menos posible en eso, no ser complaciente o engancharse con las cosas o temas tal como son construidos por los medios, por los políticos, ni decirlos en el lenguaje de lo que podría pensarse como “la cultura”. Por otro lado, como editor, claro que hay que pensar en el lector, ofrecerle materiales de calidad, no mentirle, tomarse el trabajo de la mejor manera posible y establecer un diálogo a través de las diferentes prácticas de edición. En el medio está la relación autor-editor, que siempre es difícil.
—En una entrevista reciente dividís el mercado literario en tres grandes grupos: los emprendimientos multinacionales, las editoriales indies de relatos poco ambiciosos y las editoriales “caretas”, que se dicen independientes pero en realidad no lo son. ¿Podés ubicar tus proyectos editoriales en alguna de estas categorías?
—Multinacionales claramente no son. El mercado está hiperconcentrado, por lo general es conservador y todo el mundo sabe que los dos pulpos del mundo de la edición de libros no se sustentan en capitales nacionales, no hacen circular los libros regionalmente, y por lo general, en una suerte de profecía que se autocumple, publican ficción a pérdida, con catálogos sin identidad. Son máquinas hechas para el gran público y no pueden o no les interesa el trabajo casi artesanal que implica la construcción de una comunidad de lectura. Las caretas son editoriales que tampoco se orientan mucho al funcionamiento en el mercado. La idea es por lo general la de una “literatura literaria”, una literatura para el que quiere sentir que lee literatura en lugar de poner en funcionamiento lecturas problematizadoras. En general son conducidas por gente que piensa que Internet es algo malo y van al goce estético o a lo “elementalmente humano”. Pareciera que todo me arrastra hacia el indie pero, como las otras, la categoría del indie es engañosa: puede ser tan o más conservadora porque plantea un tipo de prácticas desmercantilizadas y muchas veces carentes de deseo de autosuperación, prácticas que por supuesto me repugnan. Entonces lo cierto es que no me encuentro cómodo en ninguna de esas categorías, que son más bien límites.
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En 2006, el por entonces diputado Jorge Coscia presentó un proyecto de ley para la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino, un ente público destinado a otorgar subsidios y créditos a la industria editorial. El proyecto fue aprobado en Diputados, pero no fue tratado en la Cámara de Senadores. Existe una Ley Nacional del Teatro, dictada en 1997, y el año pasado se creó el Instituto Nacional de la Música, pero no existe una ley que intervenga en el mercado editorial. “Me parece muy importante que haya un Estado que no subsidie la inoperancia ni la diletancia artística, pero que ponga reglas y fomente la producción nacional de calidad. La industria editorial en realidad no existe, es un apéndice muy pobre y subdesarrollado del gran oligopolio que es la del papel. Ojalá se haga algo con eso para bajar el precio, ojalá se intervenga en la dinámica de exposición y recepción de novedades de las cadenas, ojalá se generen concursos con jurados variados y exigentes”, dice Vanoli.

—¿Una ley del libro es un debate posible?
—Sí, es un debate posible. De hecho, hay un proyecto de ley. Conversé con gente que está pensando el tema desde una perspectiva muy interesante, que retoma el antiguo proyecto de ley de Coscia, que era un proyecto para que las pymes de la Cámara del Libro en su eterna mendicidad hacia el Estado no pagaran algunos impuestos, y aportan un giro mucho más innovador, como buscar nuevas fuentes de financiamiento, por ejemplo, o pensar qué hacer con las grandes cadenas de librerías que son las socias perfectas de la oligopolización del mercado. Creo que hay una gran confusión cuando se piensa como “libro argentino” un libro impreso en la Argentina. El lugar de impresión no tiene tanta importancia. Si va a ser una ley para la “industria”, que no la vendan como una ley para la cultura. Y si va a ser una ley para la cultura, entonces pensemos en la relevancia que puede tener la cultura literaria más allá de la venta de libros. Hasta que no se discuta qué es un “libro argentino” o por qué es bueno que la Argentina exporte literatura, todo va a ser bastante banal.
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El otro proyecto editorial que Vanoli emprendió este año fue la antología Alt Lit, que reúne textos de varios escritores estadounidenses contemporáneos: Tao Lin, Blake Butler, Lily Dawn y Jordan Castro entre ellos. La propuesta parte de una premisa que es cierta: la obra de muchos estadounidenses llegó cuando el autor ya estaba en la madurez de su carrera o muerto. Los ejemplos pueden ser varios: Bukowski, Salinger, Ford o Carver. Entonces, ¿por qué no buscar a los próximos clásicos de manera simultánea a sus publicaciones? El resultado es una exhibición amplia de la obra de autores prácticamente desconocidos en nuestro país que muestra las temáticas recurrentes pero que respeta la heterogeneidad en el estilo de los escritores. Por otro lado, las traducciones evitan los doblajes profundamente gallegos de editoriales como Anagrama o Edhasa.
—¿Cómo fue tu acercamiento al movimiento Alt Lit?
—Principalmente fue a través de Lolita Copacabana, con quien seleccioné y traduje los textos. Ella venía leyéndolos desde hace un tiempo y me empecé a interesar, a leer y a bucear un poco en Internet. Siempre me había interesado la narrativa norteamericana, pero mis referencias eran más David Foster Wallace, Hunter Thompson o Bret Easton Ellis que los más jóvenes. Entonces descubrí de a poco ese mundo.
—¿Qué criterios tomaron en cuenta para la selección?
—Todos los cuentos nos gustan y ésa es la ventaja que proporciona hacer una antología que no es por encargo o temática sino que recopila cosas que ya estaban escritas. Después, no valoramos obras en conjuntos sino cuentos, que desde luego pueden abrir un acercamiento a las obras. De hecho, hay autores que no habían sido traducidos nunca y que casi no tienen publicaciones en papel. Algunos sí, por la editorial Alpha Decay principalmente, en la Argentina por Dakota Editora. Los criterios fueron la diversidad dentro de una tendencia y elegimos dos cuentos de cada escritor para dar un panorama un poco más consolidado.
—En el prólogo hablan de la búsqueda de los escritores Alt Lit de que su literatura “acontezca en Internet de forma natural-social”. ¿Esa búsqueda es común a todos los escritores que conviven de forma cotidiana con la tecnología?
—En el caso de los de la antología, en efecto hay una convivencia intensa y cotidiana con la web. Esto no significa que la web sea el tema o siquiera que aparezca en los textos. Me parece que los cruces se dan principalmente en el nivel de los idiolectos, de los lenguajes que se construyen, y también en las formas de circulación que tuvieron esos textos. No hay una receta para abordar Internet literariamente sino que Internet es una sustancia desde la cual se elabora la escritura. Me parece que amplía mucho los temas, los procedimientos, los repertorios, porque Internet también cambia nuestro modo de leer y de imaginar. Incluso un dipositivo como el Kindle lo cambia: se lee más rápido, se marca de otra manera el texto, hay otro tipo de deseo en torno a un mobi o un epub. Ahora bien, si yo leo un texto largo o un volumen de cuentos en los que las tecnologías digitales de comunicación no están presentes, me resulta un poco raro, en un punto antinatural.