
Por Ailín Bullentini
La anatomía humana exigida al límite sobre un escenario es la estética exclusiva del dramaturgo Pablo Rotemberg, su sello propio. No por que haya sido el único que puso y pone a alguien (hombre o mujer) en bolas bajo las luces escénicas. La cuestión que lo distingue, que lo eleva por sobre el resto de los creadores, que lo vuelve inaccesible en su pedestal, es el cómo. Porque una cosa es insinuar un pezón, moverse en tanga o mostrar una teta mientras se desarrolla una perfecta coreografía contemporánea, pero otra es La Wagner: cuatro minas que realizan flexiones en segunda posición ininterrumpidamente y en pubis angelical hasta lograr que el público descubra cómo se erectan sus clítoris al ritmo de un cúmulo de piezas correspondientes a la obra del músico romántico Richard Wagner. Sí, Rotemberg es único, como lo son cada una de sus apuestas.
La que culminó ayer y tras una semana maratónica de presentaciones, fue la primera etapa del nuevo proyecto artístico del dramaturgo —que además de ser director teatral, es guionista de cine, pianista y, cómo que no, bailarín y coreógrafo—, que contará con una secuela en 2014. “No se trata solamente de bailar inocentemente al ritmo de la música”, invita el múltiple artista desde el hueco que reservó para su creación en Ideame, la plataforma de financiamiento colectivo desde la que se puede colaborar con la consecución y continuidad de la propuesta. “Optamos por una apuesta diferente, mucho más arriesgada. Nos preguntamos si esta música deslumbrante está fatal e indisolublemente ligada a la cuestionable figura de su creador.” La obra de danza que busca más allá llega en el momento en el que se cumplen 200 años del nacimiento del riquísimo músico del siglo XIX que realizó enormes aportes al arte escénico así como despertó también grandes polémicas por su carácter agresivo y su antisemitismo.
Sin embargo, ojo. Porque una cosa es La Wagner analizada desde la ignorancia pura de alguien que se acerca a una sala teatral de la calle Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires (polémico, sí: la obra inauguró la Sala Alberdi en su etapa pos represión del gobierno de Mauricio Macri al conjunto de artistas jóvenes que mantuvo una toma y acampe durante 60 días para evitar el desalojo y el fin de la autogestión del espacio), y otra es anclar la mirada a partir de la presentación que el autor y director hace desde el programa. No obstante los caminos dispersos y diversos, existe un punto en común: el límite. ¿No es demasiado zarpado esto que Rotemberg pone sobre las tablas, eso que las bailarinas Carla Rímola, Ayelén Clavin, Carla Di Grazia y Josefina Gorostiza hacen allí y se hacen entre sí, con la delicada y certera caricia que las luces le propician al mando de Fernando Berreta, un trabajo a destacar para hacer justicia con los iluminadores?
Desde la ignorancia (en el buen sentido de la palabra, nada de ataques snob) de cualquier ojo espectador, la propuesta escénica lleva al análisis corporal, casi exclusivamente físico del asunto. Sí, hay violencia, porque hay golpes, porque hay “violaciones”, porque no hay delicadeza en absoluto. Pero siempre está la apuesta al movimiento.
El comienzo con un rayo de luz que rompe el negro completo de la sala desde el centro del escenario es otra marca registrada de las apuestas del director teatral. La melodía wagneriana se interrumpe con una canción propia de película porno barata, ritmo (sensual, claro) con el que los cuatro cuerpos tallados al cincel del entrenamiento extremo se deslizan desde las pasarelas altas que ostenta la Alberdi PRO. La capacidad física de las artistas es impresionante, ese es otro sello indiscutible de Rotemberg. Bajan, las bellas figuras, hasta ubicarse en el escenario en donde, a lo largo de casi una hora, se caerán, se cagarán a trompadas, se masturbarán ellas y entre ellas y se cogerán. En bolas, sí.
Desde la ignorancia (en el buen sentido de la palabra, nada de ataques snob) de cualquier ojo espectador, la propuesta escénica lleva al análisis corporal, casi exclusivamente físico del asunto. Sí, hay violencia, porque hay golpes, porque hay “violaciones”, porque no hay delicadeza en absoluto. Pero siempre está la apuesta al movimiento. ¿Qué de todo eso se puede analizar como movimiento puro al son de una música por momentos histérica, por momentos soñadora, por otros aterradora? ¿Cuánto? ¿Cómo? El límite lo pone la agresividad, en tanto que la desnudez y la utilización que de ella se realiza le dan el toque de gracia. Llega un punto en que todo esto, combinado, eriza la piel, provoca risa de nervios y claro, también calienta.
Desde la “bajada de línea” autoral, La Wagner en su primera etapa se pregunta y pregunta a quien le interese pensar en la respuesta: “¿Qué pasa cuando la violencia física, sexual y la ajenidad del otro son vinculados a esta música demoníaca? ¿Hay obscenidad en este acto? ¿O puede haber, por el contrario, algún tipo de iluminación, de indicio para un descubrimiento y una reflexión enriquecedora por parte del espectador?”. Según el autor, la “clave” de la propuesta es el límite, por eso “se para en el borde de lo que puede mostrarse y lo que es mejor que no sea exhibido. El borde de lo obsceno, de la violencia y los límites de los géneros: lo erótico y lo pornográfico, por ejemplo. Dónde se encuentra y cómo se muestra esa distancia mínima que hace que algo aceptado se vuelva (casi)-inaceptable”. Vale la pena transitar ese borde, incansablemente.