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Memoria de un zaguero central

ESCOBAR_ENTRADA
#MUNDIAL2014 El miércoles serán veinte años del asesinato del Caballero, el del autogol que complicó a Colombia en USA ‘94. Lo mató un chofer vinculado al narco. Ilustración: Juan Manuel Tumburus (Blogger

Por Mariano Verrina

El Cholo Simeone le mete un codazo tremendo al Tren Valencia. El árbitro uruguayo Ernesto Filippi está cerca de la jugada y ve perfecto la agresión. Se acerca a la zona decidido a sacar de su bolsillo la tarjeta roja y expulsar al mediocampista argentino. La Selección de Basile bailaba a ritmo colombiano en el Monumental y hacía cuentas para saber si se clasificaba al Mundial de Estados Unidos. “No lo expulses”, lo detiene Barrabás Gómez, volante central del equipo de Pacho Maturana. “No lo expulses. Van a decir que los goleamos porque tenían diez”, sigue su extraña súplica al juez. El uruguayo retrocede y también deja su pedido a los hombres de amarillo: “Pero háganle otro gol más a estos hijos de puta”.

El domingo 5 de septiembre de 1993 la impresionante goleada 5 a 0 en la cancha de River marcó una bisagra en la historia del fútbol colombiano. Además de dejar un mar de dudas para la Selección argentina (tapa negra de El Gráfico; Basile decidió de urgencia citar a Maradona; Sanfilippo y su glorioso “pibe, te comiste todos los amagues” para Goycochea en el programa de Neustadt; el angustiante repechaje contra Australia, sin control antidopaje y con “café veloz”, según el Diego) la goleada le dio a Colombia un empujón hacia Estados Unidos que no estaba en condiciones de recibir. Se transformaba en candidata. Valderrama, Tino Asprilla, Valencia, Freddy Rincón… un equipazo. En medio de la euforia de los jugadores en el vestuario visitante del Monumental, el Bolillo Hernán Darío Gómez, mano derecha de Maturana, le dijo al DT: “Ahora sí nos jodimos, tenemos que ganarle a todo el mundo”.

Gabriel Jaime Gómez Jaramillo no puede jugar. Es la previa del segundo partido de Colombia en el Mundial de 1994, en el que tenía asignado el papel de revelación. Barrabás —el mismo que había frenado al árbitro uruguayo para que no expulsara a Simeone— no puede jugar. Así de clarito fue el mensaje en la concentración del hotel en el que estaba alojada la selección. La amenaza apareció en la habitación de Maturana, quien trató de digerir el mal trago pero no pudo. “Estamos amenazados. Barrabás, no puedes jugar. No puedes, está decidido. Está en riesgo la vida de mi familia”, soltó el DT entre lágrimas, en lo que debía ser la charla técnica. Los futbolistas terminaron de derrumbarse. La inesperada derrota en el debut mundialista, 3 a 1 ante Rumania, de la que Barrabás había sido marcado como uno de los principales responsables, los había dejado sin margen de error para el choque contra el local, Estados Unidos.

Andrés Escobar es marcador central y capitán de Colombia. Tiene acordado un contrato con el Milan y piensa que al regresar del Mundial concretará el sueño de ser el primer colombiano en jugar en el poderoso club italiano. Quieren que sea el reemplazante de Franco Baresi, nada menos. A Escobar le dicen “el Caballero” por su elegante manera de jugar pero principalmente por su conducta intachable fuera del campo de juego. Participó de la etapa más gloriosa del Atlético Nacional de Medellín: también con Maturana como entrenador, levantó la Copa Libertadores en 1989 (y fue primer equipo colombiano en lograrlo), ganó la Interamericana en el ‘90 y el campeonato colombiano un año más tarde. Todo financiado por el dinero que aportaba/lavaba Pablo Emilio Escobar Gaviria, el más poderoso narcotraficante de la historia.

El mismo año en el que el Atlético ganó la Libertadores, Escobar mandó a matar al candidato a presidente de la Nación Luis Carlos Galán, en lo que se considera uno de sus mayores golpes. También al árbitro Álvaro Ortega. El juez había sido comprado por el cartel de Cali, liderado por los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, enfrentados a Escobar. La ecuación fue simple: el árbitro favoreció a quienes lo habían sobornado-América de Cali venció en Medellín al Atlético-Pablo Emilio estaba en una de las butacas del Atanasio Girardot-Ortega fue acribillado al salir del estadio.

En esos años, el plantel del Atlético visitaba asiduamente la Hacienda Nápoles, el refugio más ostentoso del Patrón. Llegaban en avión, jugaban un partido de fútbol y se volvían en el mismo avión. En algunas ocasiones el combo se agrandaba con una fiesta llena de prostitutas. “A Andrés no le gustaban esas cosas, no quería ir”, dice la hermana del defensor en el documental Los dos Escobar. Con honestidad y resignación, Pacho Maturana admite: “¿Qué íbamos a hacer? Si me llama Vito Corleone, yo voy». Al Patrón le encantaba el fútbol y, en paralelo a sus negocios turbios, abrió una enorme puerta para que chicos y jóvenes colombianos de los barrios marginales pudieran acercarse al deporte: construyó decenas de potreros y aportó dinero para infinidad de clubes y asociaciones barriales.

Sus compañeros de selección le habían recomendado no salir, pero él sentía que “no había matado a nadie”. El propio Barrabás Gómez le ofreció ir a pasar unas vacaciones en Las Vegas y así retrasar el regreso a Colombia. El Caballero no quiso. Sus planes eran otros: quería que volver a Medellín, casarse y terminar de rubricar su vínculo con el Milan para comenzar una nueva vida en Italia.

Miércoles 22 de junio de 1994. Estadio Rose Bowl de Los Ángeles repleto con más de 90 mil personas. Los locales buscaban su primera victoria en una Copa del Mundo. Los colombianos tenían que ganar para seguir con chances de pasar de ronda y soñar con que efectivamente pudiera ser su Mundial. Barrabás Gómez ni siquiera estuvo en el banco de suplentes. “Si jugaba, nos mataban a todos. Sentía que tenía que jugar él, pero me ganaron ésa. No podía jugar con la vida de todos”, recuerda Maturana.

Arranca el partido. Siete meses antes, un grupo de seguridad llamado Bloque de Búsqueda, integrado por miembros especializados de la Policía, el Ejército y los cuerpos antidroga de Estados Unidos, logró dar con el paradero de Pablo Emilio Escobar. El narco intentó huir por los techos pero lo acribillaron. Ahora, el otro Escobar, Andrés, el Caballero, sale a la cancha con el brazalete de capitán. El grupo está shockeado por la amenaza recibida a la mañana en el hotel, todos los futbolistas han llamado por teléfono a sus familias para saber en qué estado están.

Treinta y tres minutos del primer tiempo: 0 a 0. Eric Wynalda trepa por el costado izquierdo del ataque yanqui. Tira un centro cruzado, bajo, de zurda, que parece no llevar peligro. La pelota pretende llegar a John Harkes, que espera en el corazón del área. Pero Andrés Escobar va al cruce. Exigido, se tira hacia la pelota y alcanza a desviarla con la punta de su botín derecho. Gol en contra. Oscar Córdoba, el enorme arquero que brillaría más tarde en Boca, queda descolocado y se derrumba en cámara lenta mientras ve cómo la pelota ingresa al arco.

“Gracias por el autogol.” Esas fueron las últimas palabras que escuchó Andrés Escobar, mientras recibía seis disparos por la espalda en el estacionamiento del boliche El Indio, en Medellín, el 2 de julio de 1994. A 20 años de su asesinato, Humberto Muñoz Castro, el hombre culpado por haber matado al futbolista, está en libertad hace ya un buen rato. Si bien fue condenado a 43 años y cinco meses de prisión por el delito de homicidio agravado, logró salir a los once años por buena conducta. Muñoz Castro, conocido como el Marrano, era el chofer de los hermanos Gallón, empresarios vinculados al narcotráfico y enfrentados con el sector que dominaba Pablo Escobar. Al parecer, los hermanos Gallón tenían mucho dinero depositado en la suerte de Colombia en el Mundial y la derrota prematura les había jugado una mala pasada. “Si Pablo hubiera estado vivo, no habría permitido que mataran a Andrés”, sostiene Jaime Gaviria, uno de los primos del Patrón, en Los dos Escobar, el revelador documental que nunca fue televisado en Colombia. No lo permitieron.

Testigos del crimen aseguran que Andrés estaba tomando unos tragos con amigos cuando se acercaron a increparlo. “No quise hacerlo”, se justificó el defensor por el gol en contra. Sus compañeros de selección le habían recomendado no salir, pero él sentía que “no había matado a nadie”. El propio Barrabás Gómez le ofreció ir a pasar unas vacaciones en Las Vegas y así retrasar el regreso a Colombia. El Caballero no quiso. Sus planes eran otros: quería que volver a Medellín, casarse y terminar de rubricar su vínculo con el Milan para comenzar una nueva vida en Italia. “Pensaba que también me iban a matar a mí porque veía que las amenazas eran en serio. Sentí un miedo terrible, nos sentíamos inseguros”, recuerda Chicho Serna.

Más de 120 mil personas despidieron a Andrés en un extenso y emotivo velorio realizado en el Atanasio Girardot, el estadio de Atlético Nacional. Días antes, periodistas del diario El Tiempo lo habían convencido de que escribiera un editorial para intentar calmar las aguas tras la frustración mundialista. Andrés escribió:

“Fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí.”

El artículo salió publicado el 3 de julio de 1994. Su vida había terminado horas antes.