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Bailar sin conmoverse

MAUMAU_ENTRADA
Dramaturgia de Santi Loza y dirección de Juan Parodi, la obra interpretada por Euge Alonso y Gaby Ferrero muestra un boliche de elite entre los ‘70 y los ‘90. Fotografía: gentileza de prensa

Por Matías Muro

Si de dobles acepciones se trata, el siglo pasado, tenebroso, cínico y descontroladamente lingüístico, ha sido el rey. Siglas como “PC” y términos como “súper hombre” han sido utilizados para nombrar las más diferentes entidades. La historia se repite en clave de farsa. “Mau Mau” no ha sido la excepción. Organización guerrillera de Kenia que combatió al imperio británico en la mitad del siglo XX, también fue una emblemática discoteca (boite) del último cuarto de siglo en la Ciudad de Buenos Aires. El doble significado de este significante no es una elección gratuita en una de las mejores obras de teatro que se pueden ver por estos tiempos: Mau Mau o la tercera parte de la noche, obra de Santiago Loza con dirección de Juan Parodi que se muestra los lunes a las 20.30 en El Extranjero, Valentín Gómez 3378.

La historia de la disco Mau Mau es particularmente interesante. Punto neurálgico de la creme de la noche porteña de los ‘70, funcionó como lado oscuro de la luna política de esos tiempos. Es sabido que eran habitués tanto peces gordos de la farándula de la época como también peces gordos del diseño y puesta en práctica del genocidio de fines de los setentas, algunos de los que tenían la horrorosa costumbre de llevar mujeres detenidas a la discoteca. Los nazis habían hecho algo parecido en sus joy divisions (o “sectores de diversión”) en el corazón de los campos de concentración, a los cuales trasladaban a las mujeres judías para diversión nocturna de los oficiales nazis y para tormento indescriptible de sus víctimas. Un “plus de horror” ese acto de crueldad extrema del torturador sacando a pasear a su torturada de noche.

El caso de Mecha y Rita (Eugenia Alonso y Gaby Ferrero) no es precisamente el de dos “peces gordas”. Habitués medio pelo del boliche en busca de “testosterona disciplinada militar” a fines de los ‘70, de “patriotas” en medio de la Guerra de Malvinas y de “hombres con espíritu democrático” en 1983. Sobre todo, de hombres portadores de billetes de todo tipo. “Billetes de colores”, como cacarean las dos casi al unísono. En broma o no tanto. Cinismo y más cinismo. Hasta la nausea, hasta una imprescindible “crítica de la razón cínica”, como diría el filósofo alemán Peter Sloterdijk, que cierre el apestado siglo pasado de una vez por todas.

Durante todo el trance histórico en que la obra se despliega, en el tiempo en la que transcurre, Mecha y Rita son las que permanecen bailando sin parar ni conmoverse durante las tres décadas de la historia argentina en que transcurre la obra (de la mitad de los ‘70 a principios de los ‘90, cuando Mau Mau cerró).

Así, saldrán a escena espeluznantes “diversiones” como hacer salir una “guerrillera” de una torta gigante disparando con metralletas de agua (“Yo no paro más de bailar”, dice Mecha a Rita en medio de la euforia fascista, en medio de la voracidad insaciable de siniestro de los concurrentes. “Estoy exhausta, históricamente…”, contesta Rita, la más picante de las dos, la menos naive y la más cercana al cinismo verbal de su contemporaneidad). Pasarán así los “bailongos históricos” del último cuarto de siglo de la Argentina, en medio de festicholas, caretajes y demás condimentos, sin los cuales sería inconcebible la noche para la crème de la crème argentina de esos tiempos, de no hace tanto, casi de ahora mismo. Encima, en medio de todo, un incendio, como para purgar un poco las almas, si es que esos cuerpos danzantes portan alma alguna.

Santiago Loza, guionista y director de cine (La Paz, 2013, entre otras películas), dramaturgo y director de teatro (Nada del amor me produce envidia, entre otras piezas), regala bajo la excelente puesta de Juan Parodi y las cautivadoras actuaciones de Eugenia Alonso y Gaby Ferrero un artefacto teatral que funciona como una bomba. Mau Mau explota y deja esquirlas hasta varios días después de verla, mientras nosotros, todos nosotros, eternos espectadores, creemos pasarla bomba en la disco.