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Una casa hecha de música

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Los tres conjuntos edificaron, la noche del jueves pasado y sobre el porteño Teatro Orlando Goñi, un sólido y primaveral hogar de experimentos melódicos y lumínicos.  Fotografía: Magalí Salinas

Por Facundo Desimone
facumdesimone@yahoo.com.ar

Si alguien quisiese armarse una casa hecha sólo de música, bastaría con que pusiese un poco de Argamasa, algunos (Los) Árboles del Mundo y un poco de López. ¡Voilà! Y que vengan las tormentas y el lobo feroz de los tres chanchitos a intentar derribarla. Eso es lo que produce la conjunción de estas tres bandas de rock alternativo y música experimental en el Teatro Orlando Goñi un jueves, el pasado, después de la hora de la cena.

“López somos Sancho ‘el Negro’ González en batería y yo en guitarra y voz”, aclara Miguel López desde el escenario. “Vine de Mendoza y con el Negro nos conocimos acá”, agrega. “La historia más pedorra del mundo.” Las composiciones del dúo oscilan entre el tango y una suerte de rock progresivo viejo, como de la década de 1970. Por momentos se perciben también algunos elementos azules (de blues). Mientras la banda toca un tema llamado “Aguacero” —con algunos yeites de guitarra medio surfers que hacen pensar en Hawái— y las luces del escenario, que parecen chalas o copos de nieve, bañan todo de un verde fantasmagórico, una pantalla que ocupa todo el escenario proyecta imágenes psicodélicas por detrás de los músicos.

“El guitarrista es el bandoneonista del Cuarteto Cedrón”, susurra Julia Arbós, compositora y gestadora del proyecto Los Árboles del Mundo, desde una de las mesas, sin despegar los ojos del espectáculo, y ahí se acomodan algunas fichas. Después del último tema, un blues muy rockero, al estilo “Nena boba”, López y González se abrazan como San Martín y O’Higgins, o como integrantes de esa vieja publicidad de la fiesta García-González.

“Es muy probable que el árbol esté al revés”, canta Julian Saud, guitarra y voz principal de Argamasa, mientras su guitarra y la de Luciano Amessa, por momentos rockeras, por momentos algo glam, se animan también a coquetear con el jazz, creando un clima sonoro de tardes primaverales. Mientras, el bajista Luciano Galasso camina hacia Julio Fernández, encargado de la batería, que es devorado por una bola de humo. “Ya me lo dijo mi profesor: ‘Estudiá con metrónomo’”, dice antes de arremeter con el tema “El tiempo no existe”. Después viene una cumbia y un blues llamado “Perder un bondi por un peso”, con el cual los chicos de Argamasa cierran el recital. Aparecen imágenes de fuego en la pantalla y el escenario se llena otra vez de humo y luces naranjas.

Pero cuando salen los chicos de Los Árboles del Mundo todo se vuelve verde de repente. El nombre de la banda se lo deben al disco homónimo de Arbós. “Hace referencia a una frase de uno de los temas que está incluido ahí, que se refiere a lo más esencial y primitivo que existe; sin árboles no hay mundo posible”, explica la guitarrista y voz cantante del proyecto.

“Oí tu brazo partirse de lástima y dolor”, canta y sonríe. El hombre encargado del bajo, Juan Pereyra, un joven muy flaco y muy alto, baila como si estuviese en su casa tocando para amigos. Mientras, Lola Paula Tuero, que también participó de la grabación del disco de Arbós, esgrime desde un piano de madera muy parecido a los de las escuelas primarias un loop medio frenético que va creciendo hasta que Ian Greiner, un joven muy parecido a Nicolás Pauls pero mucho menos careta, hace explotar todo desde su batería, casi sin mover sus músculos.

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Argamasa tiene cintura: su paso del rock al jazz crea climas sonoros de tardes primaverales. Fotografía: Magalí Salinas

Mientras Pereyra canta un tema llamado “Deben oírse”, Greiner —quien confiesa que una de sus aspiraciones es “tocar en Japón” y reconoce como influencia “todo lo que suene”— pasa el arco de un violín sobre el borde de los agujeros de un instrumento de percusión en u, en una línea parecida a lo que podría hacer Santiago Vázquez en la batería de Puente Celeste. Luego, con unas baquetas que podrían servir para tocar el gong, le arranca a los platos sonidos entre apagados y acuosos.

Arbós, que en esta canción loopea arpegios, es un poco más precisa en cuanto a sus influencias. “Creo que hay restos de Björk, Can, Pink Floyd, Bowie, Nirvana, Portishead, Os Mutantes, Eduardo Mateo, Spinetta, Juana Molina, el Cuchi Leguizamon y Tom Zé, entre otros”, puntualiza. “Ah, y fundamentalmente el motor de mi heladera cuando empieza de golpe, o una gotera que se activa de repente, o los sonidos que hace mi gata en el silencio”, completa.

“Grabar es como hacer una foto de un momento de tu trabajo y tocar en vivo es… como mostrarla”, profundizará más adelante la pianista, que ahora abandona las teclas en horizontal para pasar al bandoneón e interpretar “Yenga”. Al finalizar la pieza, Tuero deja el bandoneón para tomar una especie de flauta dulce gigante, y bajista y guitarrista intercambian sus instrumentos.

A Pereyra la guitarra le queda chica. Tiene que contorsionarse para tocar. En cambio, a Arbós el bajo le queda como pintado. “Ya no llores, niña, ya no llores más”, dice “Niña en sol”. Luego todo se llena de luz verde, que sólo las ilumina a Tuero, que volvió al piano, y a Arbós, que regresó a la guitarra para el tema “Desarme”. “La banda se va armando a partir de la música y no al revés”, se expresará Tuero, que empuña nuevamente el bandoneón, atrapado por el humo y azulado por una luz que le llega desde atrás. Pereyra disfruta su baile hiperfrenético sin que por eso mengüe su performance en el bajo. Para el tema de cierre, la banda elige “Viejas costumbres”.

La música se va como achicando, se concentra más que nada en el piano, que se empieza a poner algo críptico, estilo Nine Inch Nails en sus piezas instrumentales. En las mesas, la gente acompaña el ritmo con palmas. En la pantalla del escenario aparece una luna llena, gigante, y es como si los chicos estuvieran tocando para ella. “Los árboles se agitan, bendito sea este viento.”

La música termina y todo vuelve a ser rojo. El lugar, el momento, la noche. Todo se vuelve carmesí, escarlata como la sangre, como la tierra en su estadío más primitivo, fría y destemplada. Absurdamente real. Pero el hogar, el hábitat, la casa hecha de música y edificada por estas tres bandas, quedará por siempre en las almas. Como se dijo anteriormente: que venga un lobo feroz e intente derribarla a soplidos.