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Magdalena Yomha: “Busco resignificar los espacios escénicos”.-

Interesada en la literatura que versa sobre el mar, la dramaturga y directora notó que no hubo lugar para la mujer entre esas cientos de líneas. Por eso escribió, en compañía de un grupo de actrices que también la interpretan, la obra teatral y poética Pléyades.
Por María Luz Carmona
Fotografía Joaquín Salgueiro
Buenos Aires, junio 29 (Agencia NAN-2012).- Cinco mujeres suben a un barco para emprender una larga travesía. Cinco historias diferentes que se encuentran y se entretejen para formar una sola. Son historias de amor, de búsqueda y desamor. Cada una aportará lo suyo para darle un nuevo rumbo a sus vidas, luego de embarcarse en un viaje de ida, en el que atraviesan tempestades y hasta un naufragio. En esta historia, la que propone Pléyades(sábados a las 21 en Sala Escalada, Remedios de Escalada de San Martin 332) el barco representa mucho más que eso. Magdalena Yomha es la responsable de poner sobre el escenario ésta, una obra teatral poética y literaria que explora las profundidades del universo femenino. “Vivimos la gran experiencia de ensayar en un buque. Y a la par de los ensayos me sumergí en una extensa investigación y lectura de obras marítimas en las que descubrí que no había historias sobre mujeres en el mar. Entonces, decidí que esta historia fuera de esas”, cuenta Yomha.
Antes de llevar Pléyades a una sala convencional, algunas escenas de la obra fueron representadas en la fragata Sarmiento durante la Noche de los Museos, en 2008. Luego de esas presentaciones, la directora y sus actrices, entusiasmadas con el trabajo, quisieron continuar con la obra, aunque ya no contaban con la posibilidad de utilizar el navío como escenario. “Enamoradas del proyecto, todas quisimos seguir a pesar de no contar con la fragata. Sin embargo, lo único de la historia que no sacrificaríamos era el espacio poético elegido: el navío”, explica la joven directora a Agencia NAN. “Entonces convencí a mi elenco que deberíamos hacer creer al público que donde estuviéramos el lugar se convertiría en un barco. Mi búsqueda es resignificar los espacios escénicos. El espacio pasa a ser imprescindible para el relato, obra como un personaje más”, agrega.
En una de las escenas, las cinco mujeres que vestían de rojo cambian de vestuario para pasar al blanco. Este cambio simbólico marca una ruptura en la obra; es una metáfora del cambio en su estado emocional que ellas atraviesan: pasan de ser mujeres sensuales y eróticas a ser seres casi sin alma. “Esa escena tiene que ver con el deseo que cada una tiene y por el cual se suben a ese barco y se animan a emprender la travesía. Con el cambio de vestuario al blanco se da la antítesis: los personajes se vacían de sensualidad y de deseo, pasan a representar algo más asexuado, sin sangre. Cuando están vestidas de rojo están vivas y felices. Pero cuando están de blanco están yendo hacia otra dimensión”, revela la autora de la puesta y directora del colectivo de actrices integrado por Beatriz Balvé, María Eugenia Grillo, Mariela Finkelstein , Tatiana Sandoval, Mariela Verdinelli y María Zubirí.
–¿Investigó sobre la literatura marítima para abordar la obra?
–Fue un trabajo en cooperativa con las actrices, de una larga investigación en cuanto a la literatura marítima. La literatura no tiene historias con personajes femeninos como protagonistas. Me interné leyendo muchísimas obras de mujeres. Me encanta esa parte, vengo de esa rama. Trabajo siempre desde textos literarios y abordo mis obras desde ahí. Entonces, en el proceso de investigación me encontré con esta dificultad de no encontrar historias marítimas con mujeres protagonistas y me dio un poco de bronca. Y descubrí que durante muchos años, la mujer en el barco era símbolo de mala suerte, que no podían viajar, que si la mujer estaba menstruando era peor. Entonces eso me fue disparando la idea de la escena de la sangre. Fui incluyendo todo lo que fui encontrando, como situaciones dramáticas o personajes. Entonces, la obra es como un retaso de historias que fuimos armando a partir de algunas lecturas que conformaron la trama que uno puede ver hoy en Pléyades.
–¿Qué autores le sirvieron como disparadores poéticos?
La Odisea, de Homero, fue el primer referente. De ahí apareció la imagen de las sirenas. También leí a Manuel Mujica Láinez. En la escena que nosotras llamamos “Ojos de buey”, que es donde ellas dejan sus ropas de mujer para transformarse en esas marineras fantasmas. Ahí se ve como una metamorfosis de esas mujeres tan sensuales, femeninas y todas vestidas de rojo que dejan la condición de mujer para trasformarse en otra cosa. Me encanta leer textos de autoras mujeres, entonces, de alguna manera, la obra está atravesada por Marosa di Giorgio y muchas otras. Hay algunas escenas que están atravesadas por su poética erótica. Estábamos empapadas de toda esa literatura y a la hora de improvisar trabajábamos con esos textos.
–¿Las actrices pusieron su impronta en la construcción de los personajes?
–Si, totalmente. Yo trabajo mucho desde la propuesta del actor. Es una construcción que se fue armando entre ellas y yo. Acepté siempre sus propuestas, algunas se coparon y me ayudaron a escribir la obra. Pero yo siempre fui viendo cuál era la funcionalidad de cada escena dentro de la estructura de la totalidad de la obra. Creo que es a partir del encuentro entre las actrices, el espacio y yo donde se empieza a confabular la obra. Los personajes tienen mucho de las actrices.
–¿Cómo fue el pasaje del espacio no convencional como la fragata, a la sala?
–Me parece que en ese pasaje ganamos bastante. A veces extrañábamos la contención del barco que es como si estuvieras en una película, pero también se imponía el barco sobre el hecho teatral, porque pasaba por delante de lo que uno podía producir. Entonces el traspaso para el hecho teatral fue beneficioso, nos sumó muchísimo. Cuando pasamos a la sala había que sostener un montón de cosas, con la actuación y las imágenes, que el barco nos facilitaba. Pasar a un espacio convencional te pone a laburar más. Haber actuado en la fragata nos ayudó mucho en esto de la experiencia de haber estado de alguna manera en el mar. Ensayábamos con los marineros adentro de la fragata y era una convivencia media rara. Pero fue una experiencia muy enriquecedora.
–¿Siempre le interesó contar historias del universo femenino?
–Tengo una sensibilidad muy femenina y abordo generalmente esa temática, pero en esta obra, al ser todas actrices mujeres, se potenció al máximo esa estética. Un tema fundante para que eso suceda es la ausencia del hombre y lo que eso produce en estas mujeres. En esta obra trabajamos con arquetipos de mujeres, cada personaje tiene una fuerza arquetípica de mujer: la puta, la lujuriosa, la que disfruta de la sensualidad y el erotismo, la que siente el amor más platónico. Fuimos casi sin quererlo tocando temas muy femeninos que nos potenció el hecho de ser sólo mujeres y también el entorno del barco. Esta obra también tuvo que ver con el momento que yo personalmente estaba pasando, ese pasaje de la mujer adolescente a la mujer adulta.
–¿A qué espectador está dirigida esta obra?
–No me gusta hacer obras que estén ya digeridas, metabolizadas. Me gusta que el espectador participe activamente de lo que ve, en el sentido de la elaboración poética. Igual la obra recibió público lector y no lector que quizá no tiene idea de toda la simbología que está por detrás, pero le llegó y lo conmovió igual. Entonces me parece que es absurdo pretender que el espectador comprenda cabalmente todo lo que contiene la obra. Ya con el hecho de que se conmueva y que le transmita algo más allá del relato escénico yo me quedo contenta. Así que son bienvenidos todos.
­–¿Cuándo cree que es lograda la función de la obra?
–La obra cumple su función si es disfrutada y gozada por el público. Es una obra bastante hermética, con una carga poética y simbólica muy grande, entonces hay partes en que solo tenés que dejar que te atraviesen y donde cada uno puede elaborar lo que tenga ganas. Y ahí está la riqueza: cuantas más posibilidades de interpretación tenga el hecho teatral es mejor.